Divagaciones sobre Adriano

Italia ha sido para los hombres de letras británicos, desde Shakespeare hasta Oscar Wilde, fuente de solaz, de refugio y aun de exilio. Hacia fines de las segunda década del siglo XIX, Percy Bysshe Shelley, cuyo talento como el mayor de los poetas románticos ingleses es quizás sólo eclipsado por el de Keats, mencionó en su breve poema Ode to the West Wind a Baia, cierto lugar en la bahía de Nápoles, hoy superado por las aguas, donde casi dos milenios atrás muriera quien fue posiblemente el más ilustre de entre los ilustres romanos.

Adriano en los Museos Capitolinos de Roma

La gloria de Adriano no se forjó en la conquista de nuevas fronteras, ni en la estricta observancia de alguna religión; mucho menos en la grandilocuencia del heroísmo o del martirio. Por el contrario, fueron sus  pasiones artísticas, arquitectónicas, literarias, políticas e incluso eróticas las que condujeron a sí mismo y al Imperio a su apogeo. Su mejor biógrafo, Anthony Birley, lo apodó the restless emperor, el emperador inquieto: visitó  casi todas las provincias, que hasta entonces no habían sido para sus antecesores poco más que mero catálogo impositivo. Para recibirlo, y con su anuencia y patronazgo, se construían necesarias obras públicas, se mejoraban los caminos, se abrían nuevas rutas al comercio y se cultivaba un esteticismo deliciosamente decadente. Suavizó, hasta donde ello era posible, el trato dispensado a los esclavos. Tras su paso, este legado se mantendría hasta mucho después de su muerte. Sus guerras fueron puramente defensivas; con excepción de los zelotas, los bárbaros llegaron a admirarlo y a formular votos por su salud.

A punto de cumplir cincuenta años, Adriano conoció por virtud de la amarga fortuna a un adolescente de ignoto origen, Antinoo. Uno de los más grandes eruditos de la Antigüedad Clásica, Royston Lambert, llamó a la relación entre el emperador y el joven bellísimo the scandal of the centuries; no lo hizo movido por un añejo prejuicio, sino como chanza para con sus melindrosos colegas, muchos de los cuales intentaron disfrazar la naturaleza de ese romance atribuyendo a Antinoo la calidad de hijo o de sobrino de Adriano. La mutua fascinación duraría algo más de un lustro. En mitad de un iniciático viaje a Egipto, turbado por el comienzo de la desaparición de la esplendidez de sus años más tiernos, Antinoo eligió descender a las oscuridades del Nilo. La melancólica prosa de Marguerite Yourcenar describe, en su monumental Mémoires d’Hadrien, cómo ese suicidio convirtió al monarca más poderoso del mundo en un pobre hombre de sienes grises sollozando sobre el borde de una barca. 

Antinoo en su morada del Louvre

Adriano jamás se propuso fundar una dinastía que prolongara el recuerdo de su carne hasta más allá de sus días. Nombró sucesor a un distinguido y maduro senador, Tito Aurelio Antonino, a quien instó a preparar para el cargo al todavía niño Marco Annio  Severo, el que al momento de su entronación cambiaría su nombre por el de Marco Aurelio Antonino. Ambos emperadores, aun con sus diferencias, respetaron las voluntades de su áureo padre adoptivo. De este modo, Adriano extendió la potestad y el estilo de su administración por media centuria.

Del filósofo Claudio Elíano, autor de De Natura Animalium, a quien dedicara un volumen de su biblioteca personal, Jorge Luis Borges escribió que se trataba del óptimo tipo de romano, el romano helenizado; es decir, aquél influenciado por la cultura griega, seguramente la más refinada de las numerosas que abundaban en el atestado Mediterráneo de entonces. Adriano, quien se extinguiera por propio designio lejos de Roma, apartado en su villa de Tívoli poblada de docenas de estatuas que refrescaban en su memoria la perdida magnificencia de Antinoo, representó lo mejor, lo más profundo, lo más amable y lo más amado  de un universo cosmopolita, variopinto y colosal que, nadie lo sospechaba, en escasos siglos se hundiría en los abismos de la Edad Media como un hermoso joven en las profundidades de un río.

Hadrian Bagration

Categories: Impurezas

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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