Migajas de amor

Entre los meses de Diciembre de 2008 y Enero de 2009, la revista estadounidense redactada en español “Ambigüedades Sexuales” de Miami, Florida, publicó una extensa polémica entre el escritor Hadrian Bagration y un columnista de tal publicación cuyo nombre, en razón de tratarse algunos de los párrafos que la componen de correspondencia privada, debe permanecer en anónimo recato. El diálogo, en ocasiones ajetreadamente intenso, versó sobre los tópicos de la sexualidad y la  violencia, los hábitos eróticos no convencionales, la razón o sinrazón del  consentimiento y las consecuencias políticas de estos marcos. El debate se reproduce aquí en su totalidad, aunque despojado de ciertas expresiones acres por motivos sencillamente estéticos.

El columnista, 26 de Diciembre de 2008

Nancy Norovsky: Uffizi wrestlers, 1992. Colección privada.

Hay prácticas eróticas y sexuales entre varones que son muy divertidas, excitantes y al mismo tiempo igualitarias, y no requieren de antipáticos roles y estereotipos. Los cuerpos naturales de los varones están llenos de zonas erógenas muy interesantes de explorar y de disfrutar, y se puede practicar una sexualidad erótica sin centrarse exclusivamente ni principalmente en la penetración y con sensaciones corporales y afectivas que van mucho más allá del orgasmo genital. Creo que me gustan los cuerpos de varones porque me encanta mirar mi propio cuerpo desnudo, tocarlo, acariciarme, sentir mi propia fuerza física, palpar mis músculos, acalorarme corriendo o levantando pesas o nadando. El sudor es una poderosa fuente de excitación, también cosa que me atrae siempre de los hombres y de mí mismo, pero nunca o muy rara vez en las mujeres.

En cierta forma, la piel de un hombre es más cálida porque suele ser más gruesa, grasosa y estar mucho más profusamente cubierta de vello, y al mismo tiempo puede resultar deliciosamente suave y dulce. También resulta más caliente el cuerpo de un varón porque en la mayoría de los casos hay más musculatura, y  la sangre bombea muy intensamente. Por eso los abrazos entre hombres son muy excitantes, son al mismo tiempo fuertes y un tanto bruscos, cariñosos y contenedores. No encuentro nada en común entre estas delicias que son puro disfrute mutuo de los cuerpos, y las prácticas sadomasoquistas. En éstas puede haber luchas y golpes alternados con caricias pero siempre hay una lógica de dominio y sumisión, y se juega a conciencia con el dolor y la posibilidad excitante, realizada o simbólica, de ocasionar un daño psicofísico al otro. En las prácticas de las que hablo no hay ganadores ni perdedores, no hay golpes destinados a ocasionar dolor o daño o sumisión, se trata solamente de una modalidad intensa de erotismo de la piel y de los músculos, sin amos ni esclavos, sólo compañeros de sexo intercambiando sus atributos corporales. Aun cuando los abrazos, revolcones, caricias fuertes y demás puedan dar una impresión belicosa, se trata de una especie de excusa para tocarse febrilmente, una caricia calurosa y fuerte que puede ser más intensa que el orgasmo peneano. De hecho, el jugar a la lucha es una importante vía de escape para el homoerotismo más o menos oculto o negado de todos los hombres, supuestamente heterosexuales puros.

Félix Maurice Charpentier: Les lutteurs, ca. 1890. Colección privada.

La verdad es que luchar con mujeres no tiene para mí el menor aliciente erótico, ya que para mí la lucha es algo sumamente homoerótico; tampoco me gusta que sea necesariamente reposada. Es más, me gusta un cierto grado de rudeza sin llegar a la humillación, ni nada por el estilo (soy férreamente anti-sadomasoquismo). Es un combate amistoso y me agrada sobremanera si es cálido e intenso, con una intensidad que a mi parecer no conjuga con el cuerpo de una mujer, convertiría la escena muy fácilmente en una paliza sobre la mujer, cuya erotización a mi entender sería perversa y nociva. Claro que tal vez sea posible realizar una lucha de algún modo igualitaria, no opresiva y cariñosa entre hombres y mujeres, pero si lo pienso no me motiva eróticamente para nada, a pesar de que me atraen estética y sexualmente las mujeres, pero digamos que en cierta manera me atraen de diferente modo los cuerpos según su sexuación, y no estoy dispuesto a hacer las mismas cosas con hombres que con mujeres. Me resulta más atractiva la sexualidad concreta con varones ya que nuestros cuerpos son mas similares entre sí que los cuerpos de las mujeres, y las relaciones entre nosotros pueden ser igualitarias, horizontales y basadas en la cooperación y no el dominio y la sumisión que cuando nos relacionamos con mujeres, si es que dejamos a un lado el modelo de imitación de la heterosexualidad en nuestras relaciones, claro está.

Por otra parte la relación erótica afectiva y sexual entre hombres, y más aun si se basa en la ternura y la amistad sentimental y el igualitarismo, tiene un valor subversivo frente a la sociedad heteropatriarcal masculinista y competitiva, y a sus modelos de virilidad torcida, exigidos muchas veces por las mismas mujeres y que nos convierten en caricaturas de hombres. En cierta forma entonces, y a pesar de ser bisexual y no homosexual y mucho menos gay, soy partidario de un cierto grado de separatismo de hombres, entre otras cosas para crear nuestra propio erotismo no atado a estereotipos heterosexuales ni estereotipos gay y menos aun a prácticas perversas como el sadismo-masoquismo.

Los luchadores, copia romana en mármol de un original griego del siglo III AEC, Galleria degli Uffizi, Florencia.

Mi interés por la lucha erótica con hombres no pasa por el lado de la competitividad, sino sólo del afecto y del disfrute estético y erótico. Considero que la competitividad es un rasgo negativo que hay que trabajar duramente para erradicar de nuestras relaciones interpersonales y sociales, y en este sentido el erotismo y la sexualidad no son una excepción. La sociedad patriarcal educa a los hombres para competir ferozmente entre nosotros y someter a las mujeres: ese es el rol del macho con el cual se nos deforma y nos arruina la vida. Y es así desde hace milenios, y así le va a la humanidad, o sea muy mal. Como es algo tan arraigado culturalmente que se nos impone casi desde la cuna, no es posible desterrar de un solo golpe todos los aspectos competitivos e insolidarios de nuestras vidas. Por lo tanto la lucha puede ser un buen ámbito para pasar desde la belicosidad machista a la empatía, la ternura y la contención entre varones, lejos de toda jerarquía, de todo dominio y de toda sumisión. Para mí una lucha amistosa no es una medición de fuerzas sino un retozo, una caricia fuerte donde no busco abatir al oponente sino sumar nuestras fuerzas en un abrazo donde ambas fuerzas se potencien: no veo al otro como un competidor, solamente como un compañero. Nada más lejos de mi intención que erotizar la competencia, ya que esta es una forma de violencia y mi propuesta es la creación de un erotismo totalmente despojado de violencia: un erotismo de lo bueno y constructivo de los seres humanos, un erotismo de la libertad totalmente contrapuesto al erotismo machista y sadomasoquista que predomina en esta sociedad injusta y decadente. Sé que hay mujeres que se excitan contemplando cómo dos hombres se enfrentan cual bestias en celo por poseerla; considero a esa mujer como una persona que tiene un problema tal vez patológico con su sexualidad, sin duda vinculado a la aberración sadomasoquista, contra la cual sí que combato, ya que es dañina y deforma a la sexualidad y a las personas. Lo mismo valdría para los hombres que se prestaran a la erotización de algo tan sórdido. Si se pueden hacer este tipo de caricias intensas y cálidas con aspecto de lucha entre hombres y mujeres sin que se transforme en una situación de dominio y sumisión, me parece excelente, aunque a mí en lo personal no me excita este tipo de actividades con mujeres, sino solo con hombres. Repito: no lo vivo como un enfrentamiento sino como una forma intensa de pasión donde se suman las fuerzas de dos cuerpos similares. Que se entienda: no propongo la creación de una cultura bisexual exclusiva de hombres; propongo que continuemos creando una cultura de los y las bisexuales, varones, mujeres y trans, pero dentro de este gran ámbito de la bisexualidad. Los varones bisexuales podemos contar con ámbitos propios, y también relacionarnos con varones no bisexuales para reflexionar sobre nuestra vida como varones y cuestionar la masculinidad que la sociedad machista busca siempre imponernos. Obviamente no estoy hablando sólo del erotismo y las relaciones sexuales, sino de todos los aspectos de nuestra vida, ya que los hombres bisexuales y los hombres en general no solamente somos quienes somos en la cama, sino en todas partes.

El columnista

Hadrian Bagration, 9 de Enero de 2009


Estimado columnista:

Ferdinando Tacca: Due donne che si battono, ca. 1650-1690, The Walters Art Museum, Maryland.

Concuerdo con usted  acerca de que resulta dificultoso entablar un combate erótico y a la vez competitivo con una mujer, ya que en la mayoría de los casos (no en todos; es posible toparse con agradables sorpresas) las diferencias de tamaño y peso juegan demasiado en favor del varón. Sus reflexiones sobre los modelos de masculinidad son muy acertadas: es fácil hallar exigencias de sumisión para con las mujeres en los hombres y reclamos de virilidad machista para con los hombres en las mujeres. Sin ir más lejos que los límites marcados por mis propias experiencias, la mera mención de la posibilidad de medir fuerzas amistosamente con otro hombre en una situación sexual que incluya la participación de una mujer (las más de las veces como espectadora) conlleva miradas que suponen incómodas sospechas. Ahora bien, es titánica la tarea de convencer a propios y a ajenos de convertir esos sueños lúbricos en realidades gratas. En cuanto a la creación de una cultura erótica bisexual exclusivamente masculina, admito que debo detenerme a pensar acerca de las ventajas y desventajas de la propuesta.

Es posible que usted y yo demos una significación distinta (pero en ambos casos válida) al concepto de competitividad. Resulta claro que ninguno de los participantes debe buscar la aniquilación del otro.  En lo que respecta a la mirada de la mujer sobre la lucha, es cierta su aseveración: así como entre varones poco amables existen aquéllos que se inclinan por ver riñas desaforadas entre mujeres como corolario de su erótica diversión, deben de existir damas que sienten atracción por peleas violentas entre hombres (un hecho socialmente aceptado y hasta valorado, del mismo modo que es más censurada una mujer alcohólica que un hombre que comparte la misma enfermedad). De idéntica manera, doy fe que tanto varones cuanto mujeres encuentran excitante el presenciar un encuentro de lucha erótica, encuadrado dentro de los límites mencionados más arriba, sin que ello suponga, en opinión de quien suscribe, demora alguna en el desarrollo de su salud psicosexual. Me resulta de lo más desagradable el dolor, recibirlo quizás menos que ejercerlo, pero no me arrogo el derecho de descalificar a aquéllos que dan su consentimiento para entregarse a él desde cualesquiera de esos puntos de vista. Sostener lo contrario (que la reprobación proviene de la calidad opinable de la práctica y no del consenso de quienes se someten a ella) implica crear una jerarquía de fetiches en la que relegaremos a los últimos puestos a aquéllos que nos resulten antipáticos o ridículos, cosa que seguramente no pocas personas desinformadas hacen con la lucha erótica.

Edgar Degas: Muchachas espartanas provocando a un grupo de jóvenes, ca. 1862, National Gallery, Londres.

Toda creación es, tal vez, un regreso. La Antigüedad Clásica bendijo a la bisexualidad masculina como norma más que recomendable para las capas distinguidas de la sociedad, al precio de caer, en muchas ocasiones, en la misoginia. El atroz trabajo de los siglos hundidos en los monoteísmos cambió ese equilibrio grato a los árbitros de la elegancia de antaño y santificó en su lugar a la tajante división de roles y orientaciones. Me inclino por un camino que propugne la aceptación de la bisexualidad como una preferencia ajena a la sospecha, la burla o la imposibilidad intelectual. Se me antoja que el o la bisexual de hoy debe afrontar prejuicios parecidos a los que azotaban a las personas exclusivamente homosexuales hace no demasiado tiempo. En ocasiones se asemeja a una suerte de carencia imaginativa, de falta de confianza sexual o de maniqueísmo erótico por parte de escasamente avisados detractores; simplemente no se cree que un individuo pueda sentirse sexualmente gozoso con pares de todo género, como si de unicornios, grifos o lobizones se tratara.

Cierta mala forma de liberación sexual pensó que la respuesta ante la discriminación de las conductas carnales consideradas anormales era la asimilación, de allí ha surgido la odiosa costumbre de emular, en los ámbitos lésbicos, gay y transexuales -ignoro si existe un espacio verdadera y felizmente bisexual, y me atrevo a ponerlo sombríamente en duda- la mirada heterosexual y henchidamente machista de los acontecimientos, situación a la que usted hace referencia en sus párrafos, observación con la que coincido calurosamente.

Agradezco la oportunidad que me otorga de intercambiar opiniones, y sus más que valiosos y continuos aportes a este periódico.

Hadrian Bagration


El Columnista, 11 de Enero de 2009

Hadrian:

Eugène Delacroix: Lutte de Jacob avec l’ange (detalle), 1861, fresco de la iglesia de San Sulpicio, París.

Parece que las cosas en las que estamos de acuerdo son más que en las que diferimos; aun así hay puntos importantes que sería largo tratar. Intentaré ser sintético. Tal vez parte de los desacuerdos sean aparentes y tengan que ver con que usamos las mismas palabras para diferentes cosas. En mi opinión vivimos en una sado-sociedad, en la cual se nos entrena para imponernos a los demás, o bien para obedecer y someternos, o  para saber combinar ambas actitudes, así funciona este sistema que por otra parte está destruyendo todo. El orden establecido se basa en la competencia, en la violencia y en la manipulación y esto se da en todos los planos: desde el dormitorio matrimonial hasta la política internacional. Crear un nuevo erotismo es importante para tratar de incidir en la cultura, para tratar de que haya más libertad e igualdad reales entre las personas. El erotismo pornográfico y sadomasoquista, basado siempre en el dominio y en la sumisión, es el que impera en esta sociedad, aun cuando no se muestren siempre genitales en primer plano ni se use la típica parafernalia de las perversiones BDSM (cuero negro, instrumentos de tortura, etc.). La lucha erótica puede ser algo totalmente contrapuesto a esto, y lo he vivido personalmente. Si bien en su práctica en cierta forma son ineludibles los elementos competitivos, éstos pueden superarse totalmente sin que por ello la relación pierda sensualidad ni intensidad. Para quienes la miren de afuera y sin haberlo vivido, tal vez parezca una lucha competitiva, pero no lo es, al margen de que así lo parezca, ya que no hay ganadores ni perdedores, sino que se busca el intercambio de fuerzas, sumar las fuerzas y no imponer una fuerza sobre la otra. Creo que comprender esto es una clave importante para avanzar hacia formas más humanas de relación en el plano erótico. También hay que recordar que la sexualidad no es una esfera pura situada más allá de toda crítica: es una dimensión de nuestra condición humana, y como tal se puede vivir en modalidades sanas o en modalidades patológicas e incluso destructivas. No todo lo que produzca placer contribuirá al bienestar espiritual, psíquico y físico de la persona, el placer no justifica cualquier tipo de actividad por sí solo. La sexualidad puede enfermarse, y mucho, y no solo por la excesiva represión sino también por la ausencia de parámetros y la inexistencia de límites, por la reducción de la misma a una mera búsqueda de placer a toda costa. En tal sentido mi oposición total al sadomasoquismo es clara: erotizar la crueldad y el sufrimiento en cualquiera de sus formas es indicio de una seria perturbación en la persona y constituye una forma perversa y nociva de sexualidad enferma. Nada más alejado del sadomasoquismo que la lucha erótica entendida como un abrazo dinámico, una caricia sumamente intensa donde entra en juego la fuerza muscular, pero no para vencer al otro ni ocasionarle dolor. No es muy fácil entenderlo y sacar el concepto de lucha de una connotación bélica, de enfrentamiento, y llevarlo a una dimensión de simple amistad y expresión de afectos que, como te decía antes, no tiene por qué ser reposada, sino que puede ser de gran intensidad. No es sólo que me guste y me excite la lucha así entendida, sino que la considero sana y beneficiosa, absolutamente diferente de cualquier actividad de dominio, castigo o enfrentamiento. Es necesario poner en crisis todos los mecanismos que llevan a la erotización de lo destructivo en el ser humano, y éso es lo que intento.

El columnista

Hadrian Bagration, 12 de Enero de 2009

Estimado columnista:

Francis Bacon: Two figures, 1953. Colección privada.

Sin vacilaciones debo dar a usted la razón en lo que respecta a nuestras coincidencias y a lo engorroso en que puede convertir la terminología al acto de la comunicación. Su definición de este tipo de sociedad (en términos más estrictos de la predominancia de la Kultur sobre la Zivilisation) es tétricamente acertada; desde la entronización de los fascismos de distinto signo en los años veinte y treinta la apelación al sometimiento se ha hecho insolentemente desembozada. Aun cuando a largo plazo soy optimista, es casi un deber ser lo contrario en lo que concierne a lo más inmediato.

Creo recordar un ensayo de dos notables escritores franceses, cuya edición en español se titula El Nuevo Desorden Amoroso, y en el cual arguyen, corrigiendo los aspectos más utópicos de Fourier, que la liberación sexual, aun cuando transcurre necesariamente por la política, pasa igualmente por la cama, hecho a veces olvidado por quienes se ufanan de estar a la proa de los cambios sociales y sexuales acaecidos en la segunda mitad del siglo pasado. Sin más, sistemas tan distintos como la China de Mao, la Unión Soviética, Cuba (paraíso de la homofobia, o pregúntesele a los espíritus de Reinaldo Arenas y Lezama Lima), Vietnam o la grotescamente singular Corea del Norte, tienen nada que envidiarle a las diatribas medievales del republicanismo más cerril o a los apenas letrados artículos de Díaz Colodrero en revistas de importante tirada de los años más sanguinariamente apacibles de la última dictadura militar argentina. Mi tesis descansa en la necesidad de cualquier régimen con ansias totalitarias de llevar a cabo el más férreo (y a la vez más velado, según las circunstancias) control de la sexualidad, algo que la sociología alemana denominó sexualpolitik, y que el propio Freud estimó imprescindible para sostener las raíces de un patriarcado atroz al que alababa como pilar de la cultura (sus propias palabras, Das Unbehagen in der Kultur, 1929), en oposición al francés y cosmopolita concepto de civilización, como buen filofascista antes de tiempo y acompañando a su tiempo, luego despreciado por el fascismo.

No creo errar por mucho si intuyo que existe una conexión entre su pensamiento y mis líneas anteriores. Es verdad, y lo ha expresado usted muy claramente, que el placer, como cualquier otro concepto absoluto, no se justifica por sí mismo. De ser así, la consecución de ese goce abriría forzosamente las puertas a todo orden de humillaciones que imponer al prójimo. No obstante, y es éste el punto en el que me obstino, sostengo que un concepto absoluto debe echar mano a un concepto relativo para hallar en él su freno, o correrá el riesgo de verse envuelto en un estéril conflicto de extremismos que ha devastado generaciones enteras (lujuria o castidad, liberación o dependencia, capital o trabajo, el apellido de cierto líder carismático y poco proclive a las alternativas sexuales o muerte).

Auguste Rodin: Femmes furieuses, sin datación (atribuido al artista). Museo Rodin, Philadelphia.

En mi opinión, tal concepto relativo no es un aristotélico punto medio, equidistante entre ambos abismos, y demasiado sumido en la materia de lo opinable como para servir de parámetro, sino el consentimiento. Tal término implica una madurez, refrendada por una edad legal, y una responsabilidad personal con la que aventurarse en terrenos a veces inquietantes. ¿Significa esto que pienso que un individuo tiene derecho a la autodestrucción a través de la droga, del alcohol, del dolor o del suicidio, si así lo desea? Respondo que sí. La propiedad última, en el campo de lo tangible, es la propia vida, representada por el cuidado o el abandono del propio cuerpo, el cual no pertenece a la comunidad, al Estado o a una divinidad, sino a uno mismo, y con ello la posibilidad de darle un lento o rápido fin si se cree que las circunstancias así lo aconsejan. Claro que es más que posible para quienes nos sobreviven que una decisión irrevocable siembre desolación entre los más cercanos, mas la opción contraria es el paternalismo vital al que los seres humanos han estado sometidos durante siglos, las más de las veces parcialmente, ya que las autoridades que se arrogan el derecho de recomendarnos mesura y frugalidad difícilmente proveen los medios para gozar de una vida que merezca tal nombre, sino que con displicencia suelen decidir inmolar nuestros cuerpos en rituales de destrucción de masas como son las guerras, la miseria, la explotación o la marginación.

Queda por saber si el camino más directo para alcanzar un apaciblemente orgásmico fluir de la Historia es la deserotización de lo destructivo o, sólo quizás, la destrucción de lo deserotizante. La respuesta es por este entonces una incógnita, pero me atrevo a opinar que sus aportes a este periódico y a mis torpes reflexiones sobre estos temas son invalorables. Agradezco, por lo tanto, esta posibilidad que usted me otorga de refinar la tosquedad de mis ideas.

Hadrian Bagration

El columnista, 14 de Enero de 2009

Hadrian:

Guido Reni: Hércules lucha con Aqueloo, 1622, Museo del Louvre.

La ideología del consentimiento hoy es esgrimida por la derecha liberal que todo lo domina (y a la cual los fascismos que nombras nada tienen que envidiarle en capacidad deshumanizadora y destructiva) para desarticular y poner en ridículo toda aspiración a un cambio social que saque a la libertad y sueños semejantes de la estantería de las bonitas intenciones. Los obreros, por ejemplo, consienten en ser explotados, en que sus vidas sean consumidas por la maquinaria infernal del capitalismo, consienten frente al hambre en lamer el ano podrido de los patrones, ya que de otra manera se ven expulsados del sistema sin el cual no se come, y no parecen existir alternativas reales. Luego, cualquier protesta contra la explotación será desarticulada no sólo mediante la represión sino mediante la apelación a un hipotético consenso en ser explotados. De la misma manera todos y cada uno de nosotros consentimos día a día a una enorme cantidad de atropellos e injusticias. El consentimiento es una mentira, está en la base de esta sociedad perversa, desquiciada y suicida. El consentimiento sirve para justificar todas y cada una de las barbaries que nos impiden salir del callejón sórdido y tenebroso en el cual nos encontramos todos sin excepción, este falso concepto de libertad de la ideología liberal ultraindividualista que agita el cuco de los totalitarismos (¿acaso no estamos viviendo en uno?). Yo digo que sí: vivimos en el totalitarismo del consumo, de la mercancía, del placer a toda costa, de la ceguera conformista y mediocre, el totalitarismo de la libertad, del consenso…) que se esgrime para justificar nuestro atroz suicidio colectivo, del cual pareciera que no nos atrevemos a hacernos cargo: mirar de frente lo que estamos haciendo con nuestro planeta causa demasiado pavor. Por mi parte, y sin ánimo de entrar en discusiones estériles (ya nos hemos alejado bastante del motivo de esta charla) estoy dispuesto a (defecar) en esta ideología del consentimiento que se nos impone, para beneficio de los mismos poderosos de siempre. Si veo a mi hermano despedazar su propia vida y según él lo hace libremente, ya que es dueño de su cuerpo, y permanezco de brazos cruzados sin intentar al menos disuadirlo, soy cómplice de su autodestrucción con la cómoda excusa del consentimiento. Esta noción pérfida y atroz (que parte sin duda de algo cierto, pero se desvirtúa totalmente) se utiliza para indiferenciarlo todo: da igual si quieres llevar una vida sana que si quieres hacerte (heces) en plena juventud, y nadie tiene derecho a decirte nada, ya que supuestamente eres libre. A algunos sin embargo no nos basta una idea tan escuálida y vacua de la libertad. Me opongo como anarquista que soy a toda autoridad, me opongo a toda jerarquía: el capital, el género, el Estado, ya que todas estas instancias se apoyan en el dominio y la sumisión, en la fuerza bruta en definitiva, y atentan contra la libertad de las personas. Ser libre para ser esclavo, ser libre para someterse, es una total contradicción y una evidente perversión del sentido de la libertad. Ésta es la enfermedad que nos corroe y que acabará llevándonos a un abismo inimaginablemente horroroso (ya lo hace con cientos de millones, puede hacerlo con todos y de manera definitiva…) si no se da una toma de conciencia. Apelamos al consentimiento porque no tenemos agallas para hacernos cargo del horror que nos rodea, de la masacre que transcurre delante de nuestras narices.

Hombres luchando, mosaico del siglo III EC, Museo Bardo, Túnez.

El consentimiento es la trampa del nihilismo posmoderno y del estómago ahíto de los poderosos para aniquilar toda solidaridad humana. A quienes osamos insinuar que hay valores por encima del egoísmo, que no todo empieza y termina en el capricho individualista, se nos tacha de extremistas y de favorecer el totalitarismo, o sencillamente se nos anula, ignorándonos. Es más divertido, tal vez, dedicarse a inventar nuevos placeres como pedía el sadomasoquista y prostituyente Foucault, que plantear cambios radicales; estamos tan acostumbrados a consentir, a resignarnos a la podredumbre, que la tentación de disfrutar de la podredumbre es muy fuerte, es más cómodo, pero nos destruye igual. Sé muy bien que no tengo derecho a hacer lo que me venga en gana con mi cuerpo, entre otras cosas porque no soy el centro del universo y lo que yo haga o no haga con mi cuerpo repercute en vida o en muerte a mi alrededor, influye en mis semejantes, siempre. La ideología del consentimiento sirve para encubrir y perpetuar las peores atrocidades inhumanas y no tiene nada que ver con la verdadera libertad, que no es libertad para cualquier cosa; libertad sin contenido y sin responsabilidad es pseudolibertad, es una nueva forma de esclavitud. Y no soy autoritario ni totalitario, ya que no propongo ir a obligar a punta de pistola a los perversos autodestructivos a abandonar sus nefastas prácticas consentidas, propongo la toma de conciencia y la acción cultural, propongo la participación, la educación sexual para la libertad, el compromiso en iniciativas solidarias. Por supuesto que en ocasiones la fuerza deberá emplearse contra los que someten a sus semejantes e incluso las manipulan e inducen a exhibir un torcido consentimiento, como ocurre tan a menudo con las víctimas de trata y explotación sexual. El derecho del masoquista a comer (heces), termina donde empieza el derecho de los demás a destinar los recursos sociales a la promoción de la vida y la libertad. Ante la cada vez más abyecta destrucción y envilecimiento de la libertad humana no cabe ni el recurso a la represión ni el cruzarse de brazos indolentemente: hay que buscar canales de acción cultural, hay que intentar hacer algo. Por más libre que yo pueda sentirme, mi vida y mi salud no me las debo pura y exclusivamente a mi autonomía personal, sino a una compleja red de interacciones sociales que la hacen posible; no soy el ombligo del mundo y por lo tanto no tengo legítimo derecho a hacer lo que se me venga en gana, tampoco con mi cuerpo y mi sexualidad. Lejos de proponer cualquier forma de control autoritario o paternalista, lo que propongo es la toma de conciencia y la lucha contra toda forma de opresión, incluso la opresión sexual sadomasoquista que se camufla bajo la forma de liberación sexual: lo que se entiende por ésta no ha sido en realidad mucho más que un aflojamiento parcial de las restricciones a fin de que los dominantes puedan disponer con menos trabas de vaginas y anos, sin siquiera las viejas restricciones de la moralidad puritana. La liberación sexual masculinista del siglo XX es la liberación de los proxenetas, pornógrafos y pedófilos y su hazaña libertaria ha consistido más que nada en construir una cada vez más sólida y redituable red mundial de tráfico, corrupción y esclavitud sexual de decenas de millones de mujeres, niñas y niños cuyas vidas pisoteadas todos contribuimos a denigrar en la medida en que consentimos seguir viviendo de esta manera. El sexo debiera ser una manera de celebrar la vida, la libertad y el amor entre las personas. Lo hemos convertido libremente en una cloaca.

El columnista

Hadrian Bagration, 15 de Enero de 2009

Estimado columnista:

Lamento haberle hecho perder la paciencia, no así el habernos desviado un tanto del tema original, ya que el debate es una de las formas más amenas de gastar las tardes de lo que es para mí un verano levemente tórrido. Trataré, en la medida en la que mi capacidad lo haga posible, de responder a sus acertadas objeciones en orden cronológico.

Niego que el consentimiento sea una ideología. Es, más bien, un duramente conquistado derecho social, legal y personal que tomó siglos colocar entre las libertades concedidas al animal humano. Sobran muestras de los abusos con los que quienes detentaron por tiempo inmemorial el monopolio de los valores establecidos sometieron a los más débiles o a los política y socialmente insignificantes, precisamente debido a que no era necesario contar con su consentimiento. A guisa de ejemplo, en los opacos años del siglo XIX un hombre podía hacer encerrar en un loquero a su molesta esposa sólo contando con el aval de un médico. Oscar Wilde, quien no necesita presentación, fue alojado durante dos años en una nada augusta prisión merced a que nadie se dignó a escuchar que todos sus amantes (no sólo el más famoso de ellos, Alfred Douglas), sin excepción mayores de edad y mentalmente sanos, consintieron en relacionarse sexualmente con él. Podría inferirse de sus encendidas opiniones que, dado que muchos de esos jóvenes eran miembros de clases poco acomodadas y recibían de Wilde una compensación en metálico, el escritor mereció la pena que el puritanismo sexual de la era victoriana le impuso, no en razón de ser homosexual, sino por haber aprovechado su condición de dandy frente a valets y palafreneros. Curiosa situación sería ésta, la de que un defensor de la libertad sexual alejada de toda jerarquía y dominación como es usted estuviese de acuerdo en arrojar a las mazmorras a uno de los artistas homosexuales más grandes desde la invención de la escritura sólo por comprar el consentimiento de sus amantes.

Si se impusiese su forma de pensar y consintiéramos en prescindir del consentimiento… ¿cuál hubiera de ser la alternativa? Mi miope análisis sólo intuye dos: la prohibición, muy afín a regímenes poco amistosos para con el anarquismo que usted defiende, o la reeducación, catastrófico experimento de masas con el que personajes de la calaña de Ernesto Guevara de la Serna o Emilio Eduardo Massera (el primero de ellos, perturbadoramente célebre; el segundo, un factotum de la más mortal dictadura militar argentina) pretendieron hacer cambiar de opinión a sus oponentes políticos echando mano al trabajo forzado, a la tortura y a la eliminación para con los más obstinados. Pensar en la fraternidad universal y el abrazo de la humanidad alrededor del planeta es una bella idea (depende de con quién tengamos que tomarnos de las manos, claro está), pero ni usted ni yo tenemos el poder de llevarlo a cabo, y de suceder así, seríamos tan distintos que dudo que quisiéramos hacerlo. Como de la teoría ha de pasarse necesariamente a la impura praxis (al igual que en el caso de las democracias, imperfectas pero perfectibles, muy superiores a cualquier régimen que las antecedió, aun teniendo en cuenta sus falencias), es el consentimiento, aun con sus lagunas y zonas grises, lo que garantiza el mejor (no he escrito óptimo) equilibrio entre libertad y los límites de ésta. A menos, claro está, que se piense que una dictadura, no esta vez del proletariado sino del placer, sea preferible.

Es curioso que comparta usted mi desagrado por Foucault. Si bien en sus últimos años pasó a sostener opiniones más moderadas que las que lo ponían en ridículo al alabar regímenes que masacran homosexuales, como la cruenta teocracia de los ayatolás en Irán, su abrazo con las filosofías huecas de la posmodernidad, que pregonaban la muerte del hombre como ser individual, deberían resultar atractivas para quien se manifiesta en contra del culto a uno mismo. Nada me acerca al pensamiento de Foucault (ni al de Deleuze, Guattari o Derrida, otros tardíos discípulos de Nietzsche), ni siquiera su vida privada o sus particulares parafilias, a las que no juzgo, más que nada por ausencia de interés. No lo acuso, como el historiador Arthur Herman, de propagar a sabiendas la enfermedad que acabó con su vida entre sus amantes; estoy dispuesto a darle el beneficio de la duda. De todos modos, es el pensamiento de Foucault (salvo algunas pocas páginas honrosas) lo que me ha alejado de él y no su afición a las prácticas sadomasoquistas, lo cual me deja frío. De buscar vulnerabilidades en los maestros del pensamiento en virtud de sus vidas íntimas, sería inexcusable no concordar con un apologista barato del franquismo como Paul Johnson y sus obras, que pasan por reveladoras biografías y no son sino latosas columnas de chismes acerca de la intelectualidad más chic.

Llegamos a un tópico más que interesante para discurrir, el totalitarismo. Me pregunta usted si pienso que estamos viviendo en uno (creo suponer que su inquisición tiene que ver con el sistema político del Occidente capitalista, industrializado y, en la mayor parte de los casos, liberal). No, no lo creo. Sin sucumbir a la tentación de justificar cualquier desviación, injusticia o atropello cometidos en las incompletas democracias, pienso que la peor de éstas es siempre mucho mejor que la más blanda de las dictaduras. El totalitarismo es la captación absoluta de toda institución de la sociedad y su deglución por parte del aparato del Estado, lo cual incluye la posibilidad (y hasta del deber) con que cuentan los sistemas totalitarios de inmiscuirse en la vida privada de los individuos hasta en sus detalles más íntimos, tal vez para impedirles que se aten y se flagelen unos a otros, o para sancionar severamente a aquéllos encontrados envueltos en una lucha cálida y sudorosa. A pesar de sus horrores y de sus imbecilidades, Bush deberá ceder el poder en los próximos días. Por el contrario, personajes de la calaña de Perón (derribado por un golpe de Estado en el momento en que sus relaciones con los Estados Unidos pasaban por un período de galante romance), Hitler, cometiendo suicidio en su guarida, Stalin, asesinado en una oportuna conjura, Mussolini, ejecutado por partisanos, Castro, convertido en celebridad zombie o Kim Il Sung, quien gobierna los destinos de Corea del Norte desde las regiones celestiales como mandatario eterno, sólo se marchan mediante el puñal, el desplazamiento palaciego o la muerte en el poder. Nada puede el pueblo oponer a los designios de esas monstruosidades con forma política, ni siquiera la debilidad infrecuente del voto. Sin ir más lejos que África, un truhán como Mugabe comete latrocinio tras latrocinio contra su propia nación y niega los resultados de las elecciones que impusieron a su rival, Tsvangirai. Sabe bien que la fuente de su poder está en no permitir la democracia bajo circunstancia alguna, o los comicios lo evaporarán. De ser tan inocua y manipulable la democracia, en todos los casos, no veo por qué dictadores, mullahs y generales le temen tanto.

Étienne Dinet: La lutte des baigneuses, 1909. Colección privada.

Es mi deseo que la mayor parte de la derecha sea liberal. Es posible debatir y hasta llegar a un acuerdo con un conservador con hábitos liberales, no así con un conservador fundamentalista cuya tradición no se basa en la supervivencia del capitalismo sino en la de la religión institucionalizada y en el dominio de la vida privada de los ciudadanos antes que en el carácter prevalente del capital sobre el trabajo. Desafortunadamente, gran parte de la izquierda ha caído en la trampa del nacionalismo y el comunitarismo; lo que alguna vez sostuvieron Rosa Luxemburg o Walter Benjamin quedó en las vulgares manos de un Régis Debray o (peor aún) de un Jorge Abelardo Ramos, teóricos impresentables del izquierdismo socialista nacional, en no pocas oportunidades afín a muchos aspectos del nacional socialismo. El reemplazo del concepto de individuo por el de comunidad, del de comunidad por pueblo como entidad indivisible, y el de éste por el de partido, y finalmente el de partido por el de Estado es el origen del fin de la utopía socialista. Si el único modo de producción de riqueza superviviente es el capitalismo, no se debe tanto a sus aciertos sino a los errores, y muchas veces desatinos, cometidos por sus adversarios. Si han triunfado quienes detentan el capital, ha sido más bien un mérito de quienes no supieron valorar el trabajo, cosificando a quienes lo ejercían en nombre de un interés superior al ser humano mismo, su libertad y su placer. No hay tal interés, pero así como el hombre fue adiestrado alguna vez para colocar sus esperanzas en un reino de igualdad más allá de este mundo, lo fue también para esperar un estado de cosas más allá de las elecciones, de los partidos políticos, de la participación ciudadana y de la libertad individual y la búsqueda personal del placer. Por supuesto, el experimento que prometía ese obediente edén fracasó.

Tres términos de muy distinto valor coronan sus líneas, escritas, indudablemente, con sincero apasionamiento en pos de hallar un camino hacia una vida mejor para todos: proxenetas, pornógrafos y pedófilos. El proxenetismo es privilegio tanto de individuos aislados cuanto de instituciones más acá de toda sospecha. Nada tiene que ver esa forma de explotación sexual con la decisión de una mujer ya llegada a la edad adulta de colocar su cuerpo como mercancía en la vidriera de la prostitución. Los Estados Unidos, entre sus muchas miserias, son casi con seguridad el único país desarrollado de Occidente que penaliza la prostitución, aun la libremente consentida y ejercida sin intermediarios, como un atentado a la moral de ciertas capas sociales dadas a la concurrencia al culto dominical. El feminismo infantil de personas como Andrea Dworkin, ella misma una ex-prostituta que brega por la abolición total de la prostitución por considerarla una forma de violación basada en la pobreza no logra advertir que el nivel de vida de muchas profesionales del sexo es considerablemente más alto que el de homólogas menos agraciadas que trabajan en ocupaciones mucho menos rentables, en geografías mucho menos apacibles. Dworkin podría entonces exponer un flanco menos débil y sostener que la prostitución debería prohibirse en razón de que se trata de una violación basada en la holgazanería de la persona violada.

Es famosa la trampa dialéctica de considerar pornográfico aquéllo que hace sobresalir a la genitalidad. En su discurso,  usted repite numerosas veces que la lucha erótica no es una forma de pornografía ni de violencia, y estoy enteramente de acuerdo. No obstante, no muchas personas ajenas al ámbito de la bi u homosexualidad compartirán nuestros puntos de vista. No es por nada que las cintas que exhiben matches de lucha erótica entre varones, entre mujeres o mixtos se hallan en los anaqueles reservados a la pornografía y sean vendidos como material de esa clase. Creo suponer qué sensación ha de causarle a usted el ver imágenes tan estéticamente logradas en infausta compañía. Así como la belleza está muchas veces en el ojo del espectador, la pornografía habita en el ojo del legislador, y es su ignorancia la que traza el límite de lo tolerable en su permanente búsqueda de sufragios (otro error más que señalar a la democracia).

La igualación capciosa entre homosexualidad y pedofilia es vieja como el cristianismo, y proviene seguramente de su horror ante la contemplación de estadios de la educación griega, como la pederastia (término en absoluto liado con el primero). El ex-senador republicano Richard Santorum llegó a afirmar que es derecho y deber insoslayable del gobierno estadounidense promulgar duras leyes acerca de aquéllo que ocurre en las alcobas de los contribuyentes. Incluyó, por supuesto, en su catálogo de horrores (según su particular parecer), a la zoofilia, el coito anal y la homosexualidad; según él, todas son formas de agresión condenables aunque tengan lugar en espacios ocultos bien delimitados.

No atino, a pesar de agudos exámenes de conciencia, a descubrir en qué y en cuánto estoy yo contribuyendo a la esclavitud de decenas de millones de mujeres, niños y niñas. Nada obtengo de los suculentos dividendos, consistentes en unos treinta mil millones de dólares anuales, que reporta el trabajo infantil, cifra astronómicamente superior a cualquier otra devengada por la trata de blancas o la comercialización de material pornográfico, aunque muy inferior a la obtenida por los turbios negociados que involucran el tráfico de armas (sobre todo el legal), de drogas y el fútbol, gigantesco vehículo de estupidización de masas al que muy pocos parecen oponerse, aun en medio de respetables arranques de solidaridad con los oprimidos.

Veinte siglos de monoteísmo en el poder y en las conciencias han bastado para hacer del placer una comodidad reprochable, sacrificable en el altar de la supervivencia del alma, la pureza de las costumbres o la dictadura del proletariado, según se adhiera a una forma de irracionalidad u otra. Llevaré más lejos mi apuesta. No pocos sospecharán que, entre otros defectos,  soy ateo y afortunado (ésto último debido a que he nacido en una época en la que el castigo para las transgresiones indicadas más arriba es una mirada de disgusto o desaprobación, no la hoguera, el asilo de enajenados o el campo de concentración). Mi ateísmo no sólo envuelve las zonas divinas, sino también las sociales; soy ateo en el sentido de descreer de la acción directa, de los cambios sociales provocados por el ardor popular sordo a los mecanismos históricos y económicos, de las revoluciones que pugnan por enterrar un modelo de sociedad sin proponerse reemplazarla por otro, de ser posible, mejor. Las fracasadas rebeliones de esclavos en la Antigüedad y de siervos de la gleba en la Edad Media sugieren que no fue sino hasta que la burguesía acumuló suficiente capital, y con ello oportunidades de disputar el poder, que una revolución (la francesa) tuvo éxito. La rusa, una mala copia de la anterior, acabó por desmoronarse luego de que la facción que había llevado al partido bolchevique al Kremlin (el ejército) sucumbiese como casta privilegiada en razón de sus dispendios a principios de la década de los noventa del siglo XX. La liberación sexual, aun con sus altibajos y errores, surgió incontenible, acompañando procesos de transformación políticos y económicos, en la segunda mitad del siglo pasado. Sus detractores están a la defensiva y huyen dejando día tras día copioso botín para nuestro solaz. Está en nosotros avanzar hacia el reconocimiento total en la medida en que la muerte de las distopías basadas en la desaparición de la individualidad lo haga factible.

Hadrian Bagration

El columnista, 16 de Enero de 2006, correspondencia privada

Oscar Wilde en 1882

Creí que habían leves desacuerdos entre nosotros por el uso de ciertas palabras para nombrar cosas diferentes, pero no es así: la verdad es que estamos en desacuerdo casi en todo, y en este momento de mi vida no tengo ningún interés en seguir dialogando contigo. No soy un teórico ni lo quiero ser, soy un simple activista que seguramente ha leído mucho menos que tú, y te dejo con tus lecturas y con tu refinamiento, con tu democracia y con tu búsqueda de placer. Tu última carta de lector me parece de lo más deprimente, no tengo ganas de seguir deprimiéndome, necesito energía para intentar seguir viviendo en un planeta dominado por este sistema maldito al que apoyas. Todavía la cultura sadomasoquista y denigrante que defiendes no logró quitarme todas las esperanzas de encontrar una que otra migaja de amor (cosa que seguramente para ti es algo muy cursi). Sigue opinando si quieres, el diario no es mío, pero no entiendo porque tienes que hacerlo en este diálogo que yo abrí para hablar de un tema puntual, que se aleja muchísimo ya de las últimas cosas que escribiste. No pienso molestarme en entrar en tus planteos históricos y políticos, ¿quedaré como el iletrado frente al erudito? No importa, hay cosas mucho peores en la vida. Pobrecito Oscar Wilde, me parece muy mal lo que le pasó, la cárcel es una institución opresora más, tanto como el sistema capitalista, pero no dejo de culparlo por la prostitución de la que él hacía uso como abusador prostituyente y que incluso, si no me equivoco, lo llevó al abuso de adolescentes en su país y en el extranjero. Me (defeco) en toda su excelsa literatura (que antes me gustaba bastante) pero todo su remanido ingenio no me va a disuadir de oponerme a la prostitución y al abuso de menores. No me importa en lo más mínimo quedar como el perdedor frente a tu despliegue de citas y argumentos, y si me hiciste perder la paciencia, no está mal, no es algo que considere una virtud ni que me atraiga tener. Quédate como el ganador si quieres, lo que hagas o no hagas, escribas o no escribas me tiene completamente sin cuidado. En mi opinión formas parte de los privilegiados que nos oprimen, y no tengo ganas de gastarme en discutir contigo, puedo intentar resistir y combatir la dictadura del dinero y del placer que tú representas sin ponerme a perder el tiempo hablando contigo. Igual, la gente como tú lleva las de ganar, están en su salsa en un sistema opresor y prostituyente como éste, así que puedes dormir tranquilo, nadie te va a perturbar en tu afán de placeres por ahora. Puedes hacerme quedar como un totalitario frente a la gente del diario, no me interesa rebatirte. No me considero compañero tuyo en nada, al contrario de lo que ocurre con muchas otras personas que participan de este medio, y podría ponerme a contradecir con argumentos todo lo que afirmas y todo lo atroz que defiendes, pero por ahora no me interesa. Estamos completamente en veredas opuestas, no hay nada en lo que coincidamos, y digo esto con dolor, ya que había pensado lo contrario en un momento, pero lamentablemente somos enemigos, estás a favor de todas las cosas que considero aberrantes y de todo lo que hace de este planeta una cárcel. Por mi parte seguiré tratando de sumarme a las personas que luchan contra la violencia sexual en todas sus formas: machismo, discriminación, abuso sexual, violación, pedofilia, prostitución, pornografía y sadomasoquismo, todas características muy placenteras de tu democrática civilización occidental. Hasta nunca.

El columnista

Hadrian Bagration eligió respetar la decisión de su interlocutor y se retiró del debate. El 18 de Enero, el jefe de redacción de Ambigüedades Sexuales, Iván Andrada, publicó la siguiente nota editorial:

“La redacción de Ambigüedades Sexuales lamenta que un diálogo tan interesante y enriquecedor, que daba gusto leer, haya terminado de una manera tan triste y desafortunada por decisión de uno de sus participantes.  Era un lujo, un placer, tener en esta publicación tal nivel de intercambio de opiniones. En nombre del staff de Ambigüedades Sexuales agradecemos la voluntad de ambos aportantes y sus contribuciones, sin dejar de advertir que  todo puede malograrse por un exceso de ideología, lo cual es tan pernicioso como no tenerla o tenerla sólo a un nivel muy rudimentario…”

Iván Andrada

Categories: Ferocidades

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s