Palimpsestos I: La brava de Toledo

Doña Luisa Isabel y Liliana María Dahlmann

Cervantes hace decir a aquél de sus personajes que pervive en la agradecida memoria de hasta el más ineficaz de los lectores que la Historia es “émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. La aguda sentencia halla su antecedente en la definición obsequiada por Cicerón en De Oratore, II, IX, 36: “Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis”. Una buena parte de la memoria de la humanidad, la biblioteca del palacio de Sanlúcar de Barrameda, descansa luego de la vehemente tarea a la que Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura la sometiera casi hasta la jornada en la que brilló la majestad de su muerte. Yace a medias respondida la insolente misiva que le envié, en años curiosos, inquiriendo acerca de la dudosa existencia de Abdul Yasar ibn al Yamani, llamado también al Mizri (el terror), al Simawi (el médico), al Qemti (el egipcio) y al Mashdub (el demente, pero asimismo el ebrio de Dios), celebrado en la perplejidad de sus comentadores actuales como Abdurrabbí o Abdul Hadrat al Hazred, una cohesiva simplificación de sus apelativos que confirman su origen semita y su locura. Sería Abdul Yasar un egipcio de buena familia nacido a finales del siglo VII, de insegura procedencia judía, verosímilmente iniciado en la pureza de los comienzos de la Kabbalah importada de la lejana Babilonia, estrujado entre las exigencias  de la fe de Yahvé, las coloridas tradiciones de los aún potentes dioses egipcios y las astringencias del novísimo Islam.

El medioevo europeo llamó toledanas a las artes mágicas, sobre todo a aquéllas relacionadas con los grimorios y la necronomía. No faltan quienes imputan a Abdul Yasar la autoría del infame Necronomikon, el libro de los nombres de los dioses muertos, exterminados por el ascenso feroz de los monoteísmos; extintos mas no acabados, que no difuntos, sino dormidos, aguardando un despertar a despecho del ridículo y del olvido, prestos a premiar a quienes vuelvan a adorarlos en la forma correcta y secretísima con nimiedades como el imperecedero vigor, la fabulosa seducción y la posibilidad de contemplar los saberes del mundo con la facilidad con la que ellos, las divinidades de grotescos motes, bostezan sobre lo incomprensible. Desde su adoptiva Toledo, Abdul Yasar predijo para algún futuro distante e inalcanzable para sí mismo la resurrección de los auténticos poderes del universo en un dominio que, para aquellas épocas borrosas, era imaginado por la lucidez de pocos: el Occidente, allende el mar, mucho más allá de las columnas de Hércules; un suelo nunca visto que era denominado en susurros la tierra de la noche, el misterioso lugar en el que tenía fin la cabalgata por el cielo de Ra.

Quizás la conclusión al enigma de Abdul Yasar emerja antes de la eternidad de entre alguno de los copiosos códices, manuscritos y relaciones que apabullan la vista en el refugio de libros más grande de España y uno de los mayores del mundo. Es cierto el original más antiguo que consiente en ser hallado en esos estupendos anaqueles no retrocede más allá de 1228, pero es sabido que bien entrado el siglo XVIII pueden leerse obras inspiradas en la usanza  de aquél al que llamaron el árabe loco: la Imitación Festiva del Moro Belaçar, del escritor farsesco Illán Magaz (éste, su nombre, a ciencia cierta un anagrama) finge reír de las supersticiones de una pobre alma a la que se le negó la salvación por la cruz, mas entre tanta jarana a expensas de un expulsado del Edén, Magaz se las arregla para perpetuar la comunicación de las técnicas más básicas de convocación de las irritables deidades sin sufrir el arder al que lo sometería la Santa Inquisición.  Imploro a las omnipotencias supervivientes que al menos una difusa copia de esos pergaminos haya anidado en la potestad de la biblioteca a cargo de la diligente duquesa.

Sin temor a equivocarnos, podremos esquivar la inclusión en tan magno catálogo de los papeluchos que componen el libelo llamado El Caso Medina-Sidonia, una trasnochada oda en homenaje al franquismo encargada por uno de los hijos de Doña Luisa, el cual ni siquiera merece la mención de su nombre. Consuelo, una joven amiga de años españoles, hizo advertir a mi distracción la superflua existencia de ese panfleto. El impagable estoicismo de esa amistad envió a un esforzado vecino a una librería española y minutos más tarde a la tediosa e ilegal tarea de convertir las páginas del volumen en documentos aptos para ser enviados desafiando al Atlántico hasta mi ordenador personal.  El esfuerzo es digno de mejor causa; costará encontrar producto menos sutil de la torpeza intelectual.

El deshonor de escribir este decorativo espécimen de la ineptitud biográfica recayó sobre el escasamente dotado Iñigo Ramírez de Haro, pluma a sueldo, presunto autor teatral que pergeñara joyas de la literatura universal tales como ¡Me cago en Dios! o Tu arma contra la celulitis rebelde. Ramírez de Haro no se contentó con ensuciar una vez más su propia autoría con la confección de una obra pésima y falaz; de igual modo erigió un estólido y enclenque manifiesto antihomosexual plagado de frases más adecuadas para un tratado de mercadotecnia (a guisa de ejemplo, Doña Luisa es definida como una lesbiana vergonzante, en tanto su familia es laureada a punto tal de ser considerada –a excepción hecha de la rebelde duquesa- gente de excelencia). No le basta a Ramírez de Haro con mentir acerca de la cacareada probidad de sus líneas; para dotar de módica publicidad a su libro, se pasea por los corredores de cuanto medio de comunicación se avenga a entrevistarlo en toda España de la mano de quienes han sido los mentores económicos de su creación, es decir, de los hijos de Doña Luisa, abiertamente hostiles a su madre, críticos de su accionar en contra del régimen de Franco e iracundos herederos frustrados, defraudados en el lecho muerte de esta indomable mujer. Será difícil hallar versión menos pretenciosa de la imparcialidad.

En su desprolijo afán por desacreditar a Doña Luisa, Ramírez de Haro le achaca una vida plena de contradicciones. Un detallado examen de sus días no podrá hallar ninguna; sí, en cambio, una lectura aun superficial del armatoste retórico de Ramírez de Haro se aburrirá con el hallazgo de docenas de inexactitudes, omisiones voluntarias, deslices, tergiversaciones y  negligencias a granel, como la de acusar a Doña Luisa de contraer matrimonio con su secretaria tan sólo horas antes de su deceso con el único objetivo de evitar que sus hijos accedan a los derechos de la herencia. No acierta este ensayista a pensar que, de ser así, Doña Luisa podría haberse casado con Liliana Dahlmann con tres años de anticipación, puesto que la ley que autoriza el matrimonio entre personas del mismo género (medida cuyo desagrado Ramírez de Haro se esfuerza por hacer aparecer como evidente en su persona) fue promulgada en España el 3 de Julio de 2005, y de ese modo regodearse en vida con el espectáculo de la angustia de los aristócratas despojados. Tampoco razona Ramírez de Haro que la conversión de las propiedades de la duquesa en la Fundación Medina-Sidonia efectivamente excluyó a los hijos de Doña Luisa de la posibilidad de echar mano al tesoro cultural que consiste en los seis millones de documentos que contiene la biblioteca en fecha tan temprana como 1990. Desconoce Ramírez de Haro que el señorío de Medina-Sidonia no era territorial, sino jurisdiccional (lo que equivale a apuntar que no poseían fincas, sino el usufructo de ellas, y que esto les fue anulado en 1823), por lo que las tan mentadas hectáreas que Doña Isabel habría despilfarrado en la compra de cariños en sus lujuriosos desplazamientos a centros de veraneo sólo existen en la afiebrada ilusión de sus familiares. Omite mencionar Ramírez de Haro que a partir de 1991 los tres hijos de Doña Luisa recibieron, a entera satisfacción, la parte del legado que les correspondía, y que la decepción nace de la magra naturaleza de la herencia. Mucho menos admite Ramírez de Haro que los tres vástagos de la duquesa no son, precisamente, huérfanos abandonados por una Medea cruel, según el apelativo baladí que el propio Ramírez de Haro elige para quien es objeto de sus diatribas. Tras su veloz separación luego de un matrimonio obligado en el alba de su juventud, Doña Luisa perdió la custodia de sus hijos gracias al corrompido estado del Poder Judicial bajo la cerrazón  del franquismo. Es tentador otorgar a esas tres personas el beneficio de la duda y suponer que, de haber sido educados por su distinguida madre, su calidad humana dejaría menos que desear.

La popularidad de Doña Luisa Isabel en España es cuantiosa; no es factible que este aturdido intento de falsificación de su historia personal se tope con demasiados oídos aviesos. Por mi parte, insisto en ignorar la suerte que correrá la curiosa averiguación de la improbable existencia del estudioso de la hechicería, Abdul Yasar. Quiero confirmar, eso es seguro, que el texto de Ramírez de Haro, luego de un exiguo e inicial y mórbido éxito de ventas se apague tristemente, cual la reputación del dramaturgo, y que no haya conjuro ni embrujo ni fascinación que rescaten, al autor o a la obra, del inventario de los nombres muertos.

Hadrian Bagration

Categories: Palimpsestos

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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