Palimpsestos II: Divagaciones sobre Adriano

Busto en mármol de Antinoo, ca. 131 EC. Museo del Prado, Madrid.

A sus ya ilustrados veinte años, Marguerite Yourcenar había visitado la Villa de Adriano en Tívoli y había comenzado su amorosa relación con un emperador del que la separaban dieciocho siglos. Yourcenar declinó en esa extrema juventud, por buenos motivos, abocarse a la escritura de la novela que le depararía fama mundial y el ingreso, a su tiempo, en la prestigiosa Academie Française. Para la Academia Sueca su éxito se tradujo en un nuevo baldón por causa de negar otro bien merecido Nobel de Literatura, sospechamos, en razón de la abierta homosexualidad de la escritora. Se corre la voz de que Yukio Mishima vio derrotadas esas mismas apetencias, más ávidas que en el caso de la belga, por idénticas presiones más que por sus posiciones políticas nada identificadas con la izquierda. En una entrevista concedida al periodista de L’ Express Matthieu Galey en 1980, Yourcenar adujo razonablemente que a tan temprana edad hubiera visto en Adriano al artista, al mecenas, al amante, pero no al hombre de Estado. Esa aguda percepción de sus limitaciones etarias redundó en beneficio de la evolución de su genio.

Yourcenar refiere que a fines de los años cuarenta, de lleno trabajando en su Mémoires, visitó el Museo de Ostia, por esas épocas regido por la arqueóloga Raïsa Calza, primera esposa del pintor Giorgio de Chirico. Yourcenar coleccionaba imágenes de las estatuas de Antinoo a fin de dotar a su relato del retrato perfecto. Calza, quien había formado parte del elenco de varios cuerpos de ballet rusos, le sugirió que el joven tenía un parecido más que notable con Vaslav Nijinsky, tal vez el más grande bailarín de la historia de la danza. Yourcenar decidió fundamentar, partiendo de la acertada impresión de Calza, la relación entre Adriano y Antinoo como las malogradas entre un gran director y su destacado dirigido.

Adriano redactó unas memorias que la descuidada o malévola posteridad extravió. De sus habilidades literarias sólo permanece un poema compuesto poco antes de morir que remata la obra de Yourcenar, y que es sinónimo del nombre del emperador:

Animula, vagula, blandula,                           Petite âme, tendre et flottante,

Hospes comesque corporis,                           Compagne de mon corps, qui fut ton hôte,

Quae nunc abibis in loca                                 Tu vas descendre dans ces lieux

Pallidula, rigida, nudula,                                Pâles, durs et nus,

Nec, ut soles, dabis iocos.                              Où tu devras renoncer aux jeux d’autrefois.

 

Los versos son mencionados como innegablemente de Adriano en la Historia Augusta. Birley concuerda con el notorio erudito de la Universidad de Columbia, Alan Cameron, el que en la entrega número 84 de la Harvard Studies in Classical Philology confirma la autenticidad de la melancólica estrofa. Indudablemente se inspira en uno de sus poetas favoritos, Quinto Ennio, por supuesto un romano que versificaba a la manera de los griegos. La buena interpretación de Julio Cortázar mejora, no es ingrato suponerlo, a la de Grace Frick, compañera de Yourcenar y su traductora al inglés:

Mínima alma mía, tierna y flotante,          Little soul, gentle and drifting,

Huésped y compañera de mi cuerpo,        Guest and companion of my body,

Descenderás a esos parajes                           Now you will dwell below

Pálidos, rígidos y desnudos,                         In pallid places, stark and bare,

Donde habrás de renunciar                          There you will abandon your

a los juegos de antaño.                                                      play of yore.

Yourcenar, quien visitara a Borges en su estancia en Ginebra días antes del fallecimiento de éste, de hecho no ignoraría la frase del argentino que aseveraba que cada escritor crea a sus propios precursores. La novela moderna, lejos de ser una invención medieval, halla su antecesor en el Satyricon de Tito Petronio y en El Asno de Oro de Lucio Apuleyo, y en tantas obras que la avara medianía de los copistas eclesiásticos nos negó.

Fue a través de una fugaz entrevista al huidizo escritor Daniel Herrendorf (el autor de unas raras Memorias de Antinoo) que tuve noticia de que el jurista argentino Carlos Cossio había escrito un poema dedicado a la relación entre Adriano y su amante, inspirado a la vez en una escultura de Carlos de la Cárcova y en los voluminosos versos de  Fernando Pessoa que se suceden algo artificialmente en su Antinous, incluido en sus English Poems de 1918. La madre de Pessoa había enviudado; de esa soledad nació un nuevo matrimonio con el cónsul portugués en Sudáfrica, por ese entonces conocida como la colonia británica de Natal. Pessoa se educó en inglés en Dunbar y usó ese idioma en buena parte de su obra, no siempre justificada (Harold Bloom, usualmente en lo cierto, lo ubica junto a Pablo Neruda en lo más representativo de la poesía del siglo XX. Ignoramos si ese adjetivo significa para Bloom un honor o un insulto). Pessoa relata el lamento del emperador ante el cuerpo inerte de Antinoo y su promesa de procurarle enclenque inmortalidad merced a un culto que, durante un par de siglos, no diferiría mucho de los sueños del cristianismo. Pessoa pone en labios de Adriano una acusación: ha sido el celoso Zeus el autor de la muerte, ya que Antinoo, más bello que Ganímedes, reemplazó a éste como catámito del dios en el Olimpo:

The clod of female embraces resolve
To dust, o father of the gods, but spare
This boy and his white body and golden hair!
Maybe thy better Ganymede thou feel’st
That he should be, and out of jealous care
From Hadrian’s arms to thine his beauty steal’st.

¡Reduce el cúmulo de abrazos de mujeres
al polvo, oh padre de los dioses, pero deja vivir
a este joven y su blanco cuerpo y a su cabello de oro!
Quizás sientieras que mejor que tu Ganímedes
él fuera a ser, y por celosa ternura
de los brazos de Adriano a los tuyos su belleza hurtaste.

Paul Cézanne: L’avocat (l’oncle Dominic), 1866. Musée d’Orsay, París.

Entre  Enero de 1972 y Agosto de 1973 Carlos Cossio dirigió dos cartas al estudioso barcelonés de la filosofía del derecho Juan Ramón Capella Hernández. El motivo de Cossio era un tanto pedante: deseaba con fervor ser incluido en la nómina de biografías de juristas que en esos días Capella Hernández componía pacientemente. Junto con la carta, Cossio envió una copia de su libro de poemas (he sabido que no es el único, hay por lo menos uno más), explicando que pronto lanzaría una nueva edición, pero que no era su deseo ser conocido como poeta; así, había entregado al fuego cientos de páginas por él escritas al enterarse que Platón había hecho lo propio para ser alabado sólo como pensador. Capella Hernández no llegó a concluir su trabajo y los lauros de Cossio fueron conservados bajo forma epistolar únicamente.

Una anécdota más, cuyo origen he olvidado, cabe agregar sobre Cossio. Se lo considera el perpetrador de una curiosidad bautizada teoría egológica del derecho, fabricada alrededor de 1941 para competir con la Reine Rechtslehre (la teoría pura del derecho) de Hans Kelsen, que precedía a la de Cossio por unos siete años. No he alcanzado a comprender bien qué es lo que ha querido decir Cossio en su análisis de la egología; al parecer tal cosa es la fenomenología del ser jurídico. Sólo repetiré aquí que para Cossio todo acto es un hecho legal en el que dos entes se influyen mutuamente. Quizás sea así; no es impropio pensar que Mario Bunge exageraba al definir a Carlos Cossio como un filósofo de tercera categoría. En el Congreso Nacional de filosofía de 1949, para el cual la sede fue la ciudad de Mendoza, y al que asistieron importancias como las de Gadamer, Hyppolite, Croce y Abbagnano (pero asimismo trivialidades como las de Gabriel Marcel y Carlos Astrada, y monstruosidades como las de Hernán Benítez y Nimio de Anquín), Cossio desafió, en el curso de un debate, a Kelsen a que enunciara un ejemplo de conducta humana en interferencia intersubjetiva (Cossio dotaba a sus teorías de un lenguaje similar al psicoanalítico) que no fuese un acto jurídico. Dado que cada quien desconocía el idioma natal del otro, la lengua común fue el francés. Kelsen meditó su respuesta por unos segundos. “C’est facile, monsieur “-dijo. “Faire l’amour “.


Hadrian Bagration

 




Categories: Palimpsestos

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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