Los por qué de la rosa

Die Rose ist ohne Warum (La rosa es sin por qué)

Angelus Silesius

Duffy Sheridan: Marieke with rose, 2009. Wyland Kauai Gallery, Kapaa, Hawaii.

La razón por la cual muchos individuos combaten aquello que denominan el sistema, una suerte de injusticia social, política y económica de la cual millones de veces no pueden dar razón ni nombre, es una acabada y amarga conciencia de su fealdad personal. De haber nacido dotados de la capacidad de ostentar al menos un ápice de atractivo, el destino de sus camaradas o compañeros de ruta en el arduo camino de y hacia la revolución les importaría un bledo. Entre todas aquellas cosas que el dinero puede comprar sobresale, primordialmente, la belleza. Quizás las clases sociales debieran definirse no excesivamente en relación a la apropiación de los medios de producción o del prestigio, sino en tanto la abundancia o la carencia del poseedor respecto de esa moneda que es también llave de tantas puertas y que conocemos como hermosura.

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La mayoría de quienes orgullosamente se califican aún de marxistas son a la vez cultores de Nietzsche, lo que equivale a afirmar que un vegetariano es asimismo un voraz degustador de chuletas de cerdo. Sé que aquéllos que gozan del oprobio de conocerme no han leído las obras de ninguno de ellos, o lo han hecho en pésimas traducciones y fragmentaria y desordenadamente. Cuando se ven arrinconados durante un debate, recurren al grito que asevera que toda filosofía es literatura, que toda literatura es poesía y que toda poesía es una forma esencial y excelsa de arte. Dado que la holgazanería de los críticos de hoy considera que el arte contempóraneo es una rama de la filosofía (a lo que puede agregarse, en el más lato estilo escolar, que es ésta la madre de todas las ciencias), de tal modo queda rizado el rizo contra el cual nada puede argüirse excepto la silenciosa contemplación y la más humilde perplejidad para con ese fenómeno de masas ilustradas que llamamos absurdo.

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Nadie puede sinceramente asegurar que trabaja para el interés común; toda creación es un ejercicio, en ocasiones noble, de egoísmo. Existen quienes aborrecen el dinero; también quienes nada quieren saber del poder. Ni un solo ser humano en este mundo puede prescindir de la admiración. Personajes como la Madre Teresa, Gandhi o cualquier otro santón mendicante sufren de una vanidad que haría sonrojar a un Wilde, un Francis Bacon o una Marlene Dietrich; persiguen nuestra admiración, pero en las tareas que llevan a cabo pueden ser sustituidos, sin variaciones y sin desmedro, por cualquier otro.

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La única porción de la realidad de la que jamás podremos escapar es la necesidad; ésta es, de hecho, la más cruda y más auténtica de las realidades. Innumerables han sido los credos económicos, políticos y religiosos que han querido reemplazar la necesidad por el conformismo o la resignación; fracasaron, y así seguirá siendo, porque si algo existe que convierte nuestro polvo en carne ávida es la urgencia. Logros son los nombres que damos a nuestro pasado; necesidad es lo que determina nuestro futuro.

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Uno de los acontecimientos más espantosos que pueden arruinar una vida es el amor. Las iglesias persiguen a herejes e incrédulos por amor a la incorruptibilidad de nuestra fe; las empresas y los gobiernos realizan ajustes devastadores para que la carestía que nos corroe no se agrave; las élites dirigentes arrasan naciones para protegernos de los atentados demenciales del terrorismo, mientras que el demencial terrorismo quiere hacer volar por los aires a las élites dirigentes y así escudarnos de sus maquinaciones. Quizás en el mundo debiera haber menos amor y más goce erótico; tal vez no sería un mundo mejor, pero indudablemente lo sentiríamos más placentero.

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Sólo es posible amar aquello que de lo que arrancamos placer o poder; toda otra forma de afecto es compasión. Preferimos sentir por nuestros prójimos compasión antes que amor, porque la primera implica del otro una jerarquía inferior, y por lo tanto es el otro un adversario menos en nuestro afán por hallar a alguien a quien ofrecer la posibilidad de que nos despoje de nuestras ofrendas de placer y de poder.

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A quienes los dioses aman, conceden la venganza. A quienes desprecian, todo menos ésta.

Hadrian Bagration

Categories: Menudencias

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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