Terror sagrado III: El polvoriento rastro del secreto

Dios con nosotros: hebilla de cinturón del uniforme de combate de la Wehrmacht, 1937.

El papa Ratti fue un prolífico, si bien irregular, escritor: su actividad literaria se iniciaría con una encíclica que data del año 1922, la tenebrosa Ubi Arcano Dei Consilio, que sentara las bases para la creación de la Acción Católica con la excusa de combatir al comunismo; la verdadera intención era derrumbar todo aspecto secular de la sociedad que no inclinara su cabeza ante el pulgar de la Iglesia. Un presunto intelectual y cómodo burócrata del aparato eclesiástico vaticano, Tarsicio Bertoli, se refiere vagamente, en un artículo de nada sorprendente ausencia de rigor histórico acerca del olor a santidad del papa Pacelli (Pío XII) en L’Osservatore Romano, a las negociaciones que éste encarara como nuncio con enviados soviéticos en 1924; el diálogo se prolongaría por tres años, al cabo de los cuales quedaba claro que el gobierno comunista emprendería una campaña de erradicación dirigida sólo contra la Iglesia Ortodoxa Rusa. Stalin era ya el sucesor inevitable de Lenin y su decisión de consolidar su posición en el interior de la Unión Soviética era del agrado de un mundo que temía la exportación forzosa del modelo de Moscú. La vasta mayoría de los católicos que habitaba el Estado soviético se concentraba en las Repúblicas Bálticas, especialmente en Lituania, y en Bielorrusia; los tratados de Rapallo de 1922 y de Berlín de 1926 entre Alemania y la Unión Soviética forjaron una alianza formal entre ambas naciones, por la que renunciaban a combatirse, se avenían a cooperar entre sí incluso en asuntos de índole militar e inauguraban una era de provechoso intercambio económico; lejos estaba en el ánimo de la Unión Soviética la invasión de Europa: Stalin se contentaba con extender su zona de influencia, por el momento, a expensas de fineses, polacos y rumanos.  Cuando la coalición entre Hitler y Stalin hizo caer las mandíbulas del planeta al firmarse el pacto Molotov-Ribbentrop en 1939 (el que, entre otras cláusulas, establecía la división de Polonia luego de la invasión alemana desde el occidente y la soviética desde el oriente y la anexión, por parte de los soviéticos, de los Estados bálticos), la Iglesia Católica ya llevaba doce años de entendimiento con la URSS, diez con la Italia fascista y seis con la Alemania nazi; no hay mejor ejemplo de la pérfida y veleidosa habilidad de la diplomacia vaticana.

La imagen más extraña: Hitler firma un autógrafo a una religiosa, por Heinrich Hoffmann, fotógrafo oficial del Führer, 24 de Septiembre de 1935.

Ratti prohijó además, en consonancia con la doctrina de la supremacía papal por sobre las limitaciones de las jerarquías terrenales, Mortalis Animos en 1928, en la que condena al ecumenismo religioso y ensalza la superioridad de la Iglesia Católica, romana, santa, apostólica y una, gobernada por él y por sus obispos; Non Abbiamo Bisogno, de 1931, es un recordatorio a Mussolini de las obligaciones a las que los tratados de Letrán lo engrillaban y repudiaba su intento de arrancar a la Iglesia la exclusividad de la manipulación ideológica de la juventud al tratar de sustituir a las organizaciones juveniles católicas en Italia por la Opera Nazionale Balilla, más tarde inspiración de la Hitlerjugend en Alemania y, parcialmente, de la Unión Estudiantil Secundaria, regalo del Ministro de Educación argentino, Armando Méndez San Martín, a Perón en 1953. Curiosamente, Ratti hace cargar la culpa, en la encíclica, de la creación de esa organización fascista para niños a la masonería y el liberalismo; no fuera que Il Duce se sintiese ofendido con el contenido de la misiva que no constituía más que una oficiosa protesta en tono de boutade.

Es universalmente sabido el hecho de que la Iglesia Católica no se halla ligada a ésta o aquélla forma de gobierno, en tanto los divinos derechos del Señor y de las conciencias cristianas se encuentren a salvo.” Esta descarada declaración del papa Ratti, contenida en la encíclica Dilectissima Nobis de 1933, un nada velado vituperio de la República Española, es una confesión, a la vez, de la arrogancia y de la indiferencia de la Iglesia Católica para todo aquello que no afecte su realidad material: Ratti equipara los derechos de su dios con los de la institución que presidió (no hay dudas de que ésa era su intención, puesto que la carta papal tronaba contra las expropiaciones en contra de las nada indigentes propiedades y activos de la Iglesia en España), acto de idolatría que ninguno de sus sucesores enmendó. Como se explicara más arriba, la única condición que la Iglesia Católica impone a sus interlocutores es la inviolabilidad de sus prebendas; de cumplirse ésta, da lo mismo negociar con republicanos, monárquicos, liberales, fascistas, comunistas, vegetarianos, demócratas, ácratas, nestorianos, pelagianos o monofisitas. Dado que todo lo que la Iglesia venera, en el campo teológico, es puro espíritu, y por lo tanto, invisible, vale más sufrir pesada angustia por la suerte de las conciencias de los fieles en peligro que por su integridad física; de todos modos, a quien se haya comportado como manda la ubicua institución, le corresponderá en caso de muerte el consuelo del paraíso.

Ilustración del libro para niños Der Giftpilz (El hongo venenoso): "Cuando veas una cruz, recuerda su horrible asesinato por los judíos en el Gólgota".

Desde mediados de la cuarta década del siglo pasado Europa se preparaba para una nueva guerra. La militarización en el totalitarismo alemán era absoluta; en la Unión Soviética, la paranoia de Stalin montaba, con trágico histrionismo, una sucesión de juicios en los que la Vieja Guardia Bolchevique, que había contemplado con satisfacción la elevación del máximo jefe a la cima del Kremlin, era obligada a confesarse culpable de ficticias traiciones, atentados y conspiraciones: hombres con sus narices rotas y dentaduras hechas pedazos balbuceaban falsas admisiones de crímenes inenarrables contra el Estado y pueblo soviéticos para que la piedad de un disparo en la nuca pusiera fin a los tormentos. La Iglesia Católica creyó conveniente hacer ostensible su calidad omnipresente y el papa Ratti emitió dos encíclicas con una diferencia de apenas cinco días: Mit brennender Sorge (Con apremiante angustia) se distribuyó secretamente en muchas diócesis del Reich con el mandato de ser leída durante la celebración del Domingo de Ramos de 1937. Por el contrario, Divini Redemptoris, una manifestación de frontal oposición al comunismo, se dio a conocer en medio del protocolo más barroco reservado para estas ocasiones faustas. La nota de color de esta obra de género incierto es la definición del rol de la mujer, de acuerdo a Ratti bajo amenaza de prevaricación por causa de las doctrinas de Marx: “El comunismo se caracteriza en particular por el rechazo de cualquier ligadura que ate la mujer a la familia y el hogar, y su emancipación es proclamada como un principio básico. Se la retira del cuidado de su familia y sus hijos, para ser enviada a la vida pública y la producción colectiva en las mismas condiciones que un hombre.”

La razón de esta inequidad de conductas (el papa Ratti se lamentó, en un comunicado oficial, de que las potencias occidentales no hubieran prestado la debida atención a su denuncia de la Alemania nacionalsocialista: sus gemidos eran una hipócrita negación de la satisfacción que en él causaba que su maniobra hubiera logrado no irritar a los jerarcas del nazismo) radica en la popularidad de un hoy oscuro y abstruso libro: en 1930, aún bajo la República de Weimar, el arquitecto Alfred Rosenberg publicó su Der Mythus des zwanzigsten Jahrhunderts (El mito del siglo XX), un festival de pseudociencia histórica en la que argüía una creación separada en estamentos rígidamente distanciados: a la cabeza, y productores de toda generosidad para con el universo y la humanidad se halla la raza aria; progresivamente se desciende hasta tocar la degeneración y animalidad de los judíos. Rosenberg empleaba la palabra mito con signo positivo: la sangre, la hermandad de los pueblos arios y la destrucción del judaísmo eran la mitología que devolvería la Kultur germánica a un siglo herido por los abusos de la judería.

Hitler saluda al obispo protestante Ludwig Müller y al abad Schachleitner.

Rosenberg era uno de los escasos nazis de cierto renombre en rechazar de plano la religión católica. No dejaba nunca de referirse al dios cristiano, pero lo hacía en términos eminentemente protestantes, y de la figura de Jesús aseveraba que se había tratado de un santo ario (Rosenberg le atribuía un probable origen amorita, ignorando que este pueblo era de irrefutable raíz semita, excepto para el antropólogo Felix von Luschan, creador de una escala cromática para clasificar el color de la piel humana de acuerdo a treinta y seis categorías, desde la pureza de la nieve hasta la abyección del carbón) asesinado por una conspiración judía, y de cuyo mensaje los judíos se habían apropiado en un principio y la Iglesia Católica más tarde. Su obra no era del agrado de Hitler ni de la de su círculo más íntimo: nunca fue publicada por la editorial del partido nazi, ni a Rosenberg se le otorgaron cargos más que secundarios; Goebbels, quien era un devoto católico, lo despreciaba públicamente, con el beneplácito del Führer. Aun así, la teoría racial y el flagrante antisemitismo que sus páginas defendían lo hicieron popular en amplias capas del pueblo alemán, y útil al clero protestante, embarcado en una guerra de privilegios que disputar frente al trono de Hitler. La encíclica de Ratti se refería explícitamente al culto de la sangre y la raza, tan burdamente expresado en el volumen de Rosenberg cuanto en Mein Kampf; éste era de posesión y lectura obligatoria, en tanto aquél pasaba de mano en mano en ediciones abreviadas y copias baratas. El protestantismo alemán había aventajado a la Iglesia de Roma en más de una concesión de prebendas a través de la potestad conferida al Estado nazi de legislar según su conveniencia en materias de administración religiosa sin atender a la necesidad de consultar un sínodo, facultad que el catolicismo no estaba dispuesto a delegar. Las veintiocho denominaciones regionales protestantes de Alemania confirmaron el nombramiento del obispo Friedrich von Bodelschwingh en Abril de 1933 como Reichsbischof de la Deutsche Evangelische Kirche, la Iglesia Evangélica Alemana; Hitler no aceptó la exaltación de un moderado y en su lugar impuso al antisemita visceral y antiguo capellán Ludwig Müller. Desde el sínodo de Dahlem de 1934 surgió un movimiento de resistencia conocido como la Bekennende Kirche, la Iglesia Protestante de la Confesión, que agrupaba a los miembros cuyas ideas se oponían al nazismo. Perseguida y hostigada, jamás poseyó el favor del que gozó el cuerpo principal bajo la dirección del obispo Müller. Mit brennender Sorge, la encíclica papal que revocaba cualquier opinión a favor de la preponderancia de la raza sin hacer mención alguna al antisemitismo, simplemente hacía llegar de modo cortés a Hitler un recordatorio de que la Iglesia Católica también era acreedora de la parte del león, aun cuando no estuviese dispuesta a la genuflexión política del protestantismo oficialista, en tanto que Estado soberano cuyos intereses nacionales se encontraban por encima hasta de su propio dogma.

Tres son las encíclas de importancia que resta mencionar del papa Ratti: Quadragesimo Anno, de 1931, es alabada como el perfecto equilibrio en el esfuerzo de regular las relaciones entre capital y trabajo, expuesta cuarenta años después de la sosa Rerum Novarum del papa Pecci (León XIII), carta fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia. La carta de Ratti es un extenso colofón a la misiva del papa Pecci: de esos polvos corporativistas se engendrarían los lodos de la comunidad organizada mussoliniana, rexista y peronista. Más que una confirmación del carácter sacro de la propiedad privada, Quadragesimo Anno es el epítome de la gatopardista habilidad eclesiástica de revolucionarlo todo para luego retornarlo a su manso lugar original.

Tumba del papa Ratti en las Grutas Vaticanas.

El que hubiese sido el último de los mensajes pontificios de Ratti quedó,  según el augusto testimonio del muy conservador cardenal Eugène Tisserant, decano del Sacro Colegio Cardenalicio, en el escritorio del obispo romano al momento de su muerte, el 10 de Febrero de 1939. Humani generis unitas condenaba, en esta ocasión sin ambivalencias, el racismo; también, portentosamente, el antisemitismo y la persecución de los judíos. Aunque su autoría se atribuye a los jesuitas LaFarge, Gundlach y Desbuquois, no cabe duda que fue comisionada por el papa Ratti. En Septiembre de 1938 el superior general de la Compañía de Jesús, Vladimir Ledochowski, puso en manos de Ratti el borrador de unas cien páginas. El vaticanólogo George Johnston, quien certifica haber leído el manuscrito desde que el papa Ratzinger pusiera a disposición de los estudiosos los documentos desclasificados del pontificado de Ratti en fecha tan tardía como el año 2006, escribió una reseña en la que se constata que del papa Ratti, si bien patrocina la unidad del género humano y acusa abiertamente al régimen nacionalsocialista de vejaciones contra los judíos alemanes, el típico talante dogmático en contra del pueblo hebreo aflora intacto en todo el transcurso del códice: “Por misteriosa providencia de Dios, estos infelices, destructores de su propia nación, sobre cuyas cabezas sus propios líderes desorientados habían hecho caer la maldición divina, condenados, por lo tanto, a errar eternamente por la faz de la Tierra, no son llamados a perecer jamás, han sido preservados a través de los tiempos hasta nuestra era. No hay una causa natural y evidente que explique esta persistencia milenaria, esta coherencia indestructible del pueblo judío.” A pesar de que al propio Ratti le resultaba imposible argumentar sobre los judíos sin coger la fiebre del antisemitismo, alguna misteriosa sabiduría, quizás de suerte extremadamente terrenal, lo empujó a romper con el silencio eclesiástico acerca del diario suplicio de los judíos en la Alemania nazi. Su sucesor, el papa Pacelli (Pío XII), ordenó archivar el documento en los atestados archivos vaticanos, y lo reemplazó por una versión muy muelle, la encíclica Summi Pontificatus de 1939, en la que la unidad no era ya del género humano, sino de la sociedad; de ella, se entiende, los judíos se hallaban en el gueto, excluidos. El puntilloso cardenal Tisserant, consultado sobre si hubiera cabido el albur de que el papa Ratti hubiese vivido unos meses más para llevar a cabo la promulgación de su última encíclica, nada contestó.

Funerales del papa Pecci, 1903.

A algo menos de un decenio de su muerte, el papa Ratti reiteró párrafos de su antecesor de feliz memoria, como lo son todos los papas que se citan entre sí, Vincenzo Pecci, para resaltar las mortales cualidades del tedio en el matrimonio cristiano. Casti Connnubi, de 1930, es un plagio con licencia eclesiástica de la encíclica Arcanum divinae sapientia del papa Pecci, un tanto más antigua; “El hombre es el señor de la familia, y cabeza de la mujer, pero puesto que es ella carne de su carne y hueso de su hueso, sea ella súbdita y servidora del hombre, no como su sierva sino como su compañera, de modo que nada falte en lo que toca al honor y la dignidad de la obediencia que ella le debe. Sea la divina caridad la guía constante de sus mutuas relaciones, tanto en él, quien ordena, cuanto en ella, quien obedece, ya que cada uno es imagen, de Cristo el esposo, de la Iglesia la esposa.” Cuarenta años distan entre las encíclicas de Pecci y Ratti; esas líneas, que pertenecen a Pecci, son íntegramente reproducidas por el papa Ratti en Casti Connubi: nada ha cambiado un ápice en casi medio siglo; ochenta años más tarde, la Iglesia sigue sosteniendo las mismas sandeces en cuanto a la sumisión de la mujer.

Peter Paul Rubens: Las tres gracias, ca. 1636-1639. Museo del Prado, Madrid.

Casti Connubi contiene, a pesar de su carácter decimonónico, una revelación indirecta. Remite al venerable texto cuya autoría corresponde al papa Pecci, y que, quizás involuntaria pero gentilmente, guarda uno de los secretos mejor defendidos de ojos extraños por la Iglesia, amén de que es más que probable que muchos miembros del clero no sospechen de su existencia. Reza en su porción undécima la Arcanum divinae sapientia del papa Vincenzo Pecci en 1880: “Ahora bien: estatuir y mandar en materia de sacramentos, por voluntad de Cristo, sólo puede y debe hacerlo la Iglesia, hasta el punto de que es totalmente absurdo querer trasladar aun la más pequeña parte de este poder a los gobernantes civiles. Finalmente, es grande el peso y la fuerza de la historia, que clarísimamente nos enseña que la potestad legislativa y judicial de que venimos hablando fue ejercida libre y constantemente por la Iglesia, aun en aquellos tiempos en que torpe y neciamente se supone que los poderes públicos consentían en ello o transigían. ¡Cuán increíble, cuán absurdo que Cristo Nuestro Señor hubiera condenado la inveterada corruptela de la poligamia y del repudio con una potestad delegada en Él por el procurador de la provincia o por el rey de los judíos! ¡O que el apóstol San Pablo declarara ilícitos el divorcio y los matrimonios incestuosos por cesión o tácito mandato de Tiberio, de Calígula o de Nerón! Jamás se logrará persuadir a un hombre de sano entendimiento que la Iglesia llegara a promulgar tantas leyes sobre la santidad y firmeza del matrimonio, sobre los matrimonios entre esclavos y libres, con una facultad otorgada por los emperadores romanos, enemigos máximos del cristianismo, cuyo supremo anhelo no fue otro que el de aplastar con la violencia y la muerte la naciente religión de Cristo; sobre todo cuando el derecho emanado de la Iglesia se apartaba del derecho civil, hasta el punto de que Ignacio Mártir, Justino, Atenágoras y Tertuliano condenaban públicamente como injustos y adulterinos algunos matrimonios que, por el contrario, amparaban las leyes imperiales. Y cuando la plenitud del poder vino a manos de los emperadores cristianos, los Sumos Pontífices y los obispos reunidos en los concilios prosiguieron, siempre con igual libertad y conciencia de su derecho, mandando y prohibiendo en materia de matrimonios lo que estimaron útil y conveniente según los tiempos, sin preocuparles discrepar de las instituciones civiles.

No falta a la verdad el papa Pecci: la Iglesia Católica, desde las antiguas catacumbas hasta las postrimerías de la Europa premoderna, celebró ritos matrimoniales que contravenían, en todo o en parte, las disposiciones de las instituciones y autoridades que les eran indiferentes e incluso hostiles, ya que muchos de los malditos de la sociedad en unas épocas,  o aquéllos que se atenían a ritos que la Iglesia no consideró abominables hasta siglos más cercanos, buscaron en los legatarios de Pedro el solaz que las astringencias del orden civil les negaba. Entre esas formas del consuelo que la Iglesia no quiso, no hasta hace mucho, rehusar, figura la anuencia para que dos personas del mismo sexo contrajesen enlace ante el imperio del Cristo.

Pesa el alba sobre mis hombros; es hora de ceder, no sin cierto fastidio, al sueño. Las líneas que seguirán a estos capítulos torpes que la vanidad del escándalo del testimonio profundo ha querido dictarme me verán relatar, con las cavilaciones que ya son incuestionable costumbre, la caprichosa tradición de la Iglesia, de perseguida a perseguidora, de compasiva a cruel, de católica, en su sentido de universal, a rociada con la sangre del martirio que narran las vidas ya no de sus santos, sino los instrumentos de sus verdugos. La tradición católica recorre, entonces, el ancho e irreparable camino que conduce de la piedad para con los amantes a algo que éstos sienten como sinónimo de la muerte, y que es la separación.  Hasta mañana.

Hadrian Bagration

Categories: Impurezas

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

2 Comments

  1. Mit Brenender Sorge, la encíclica contra Hitler de Pío XI, escrita con Eugenio Pacelli, futiro Pío XII, nuncio en Berlín, fue copiada ensecreto y leída por sorpresa el mismo Domingo en todas las parroquias católicas, burlando el control del Reich. No entiendo cómo se dice que esta carta no irritó a las aurtoridades nazis, porque su sorpresa, sentido de haber sido burlados y represión fueron enormes. Para entonces, los líderes católicos ya habían sido depurados de los puestos clave de universidades y medios de comunicación, etc. Pero quedaba la educación católica y los Scouts. Con motivo de esa enciclica, Goebbels escribe en su diario: “ahora van a conocer nuestra dureza”. Los líderes del movimiento scout son perseguidos, muchos pasados a cuchillo, y todos los scouts son pasados a la Hitlerjugend (juventudes hitlerianas). Se consuma, a raíz de la carta, el control de los colegios católicos, con una persecución que se irá aunmentando luego en la guerra, cuando la posible oposición católica interna esté debilitada.

    Creo que este artículo que he leído toma retazos de realidad y olvida muchísimos otros, falsea aspectos evidentes como este de la represión tras la carta y su repercusión, y está muy lejos de la realidad histórica, haciendo injusticia a muchos que dieron su vida por enfrentarse a Hitler, también en Alemania.

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