Cosas de mono

Rogier van der Weyden: Los siete sacramentos (detalle), 1450-1455. Museo Nacional de Bellas Artes, Antwerp.

“Es necesario distinguir en la historia del catolicismo dos instancias en sus respuestas adaptativas a la modernidad, que han sido claves para vincular religión y política en nuestro pasado. El primer momento estuvo constituido por lo que podemos sintetizar –siguiendo los trabajos de Émile Poulat y, en nuestro medio, de Fortunato Mallimaci, bajo el concepto de catolicismo integral. Se puede utilizar este concepto descriptivo para comprender un fenómeno que se desenvuelve en Europa desde la segunda mitad del siglo XIX con el Syllabus (1864) de Pío IX y la Rerum Novarum de papa León XIII (1891). Su caracterización más clara se dio a partir de la creación de una serie de instituciones y grupos cuya finalidad era la confrontación en la arena pública frente al liberalismo. El pasaje de una coyuntura defensiva luego del largo ciclo de revoluciones de 1789-1848, a una actitud ofensiva.”

“En la Argentina, la génesis de ese fenómeno puede encontrarse en la creación de los Círculos Obreros Católicos en 1892. Sin embargo, su desarrollo y su diferenciación se hacen palpables a partir de la década de 1920. Su última ratio pasaba por una recristianización de la sociedad. La presencia pública del catolicismo en oposición a su relegamiento a la sacristía. Esto es posible a partir de un conjunto de experiencias, entre las que podemos mencionar los Cursos de Cultura Católica (gestados en 1922), la Acción Católica Argentina (fundada en 1931) y la revista Criterio (creada en 1928). Sin que hubiera una coordinación centralizada, y sin que podamos hablar de una racionalidad unívoca, el eje común a este entramado apuntaba no a una concentración de fuerzas, sino a una penetración en todas las instancias de la sociedad y el Estado. No a la creación de sindicatos, partidos y educación católicos, sino a católicos dirigiendo los sindicatos, los partidos políticos y la educación.”

Luis Miguel Donatello: Catolicismo y Montoneros: Religión, política y desencanto. Cuadernos Argentinos Manantial, Buenos Aires, 2010, páginas 34 y 35.

“La relativa autonomía del aparato de Estado, frente a las clases sociales en pugna, es alcanzada por los bonapartismos apoyándose en tres instituciones básicas: la Iglesia, el Ejército y la Policía. El apoyo de la Iglesia en el ascenso de Napoleón III fue decisivo. En carta abierta a Veuillot, de 1851, Montalembert aconsejaba a los católicos la conveniencia de votar por Napoleón III para “proteger a nuestra Iglesia, nuestras mujeres y nuestras familias frente a los delincuentes rojos” y “a favor de nuestra sociedad frente al socialismo y del catolicismo frente a la revolución.

Horacio March: Fábricas o El Mitín, 1933. Colección privada.

“Del mismo modo, la Iglesia argentina veía en el peronismo un medio de aislar a la clase obrera de los peligros del socialismo y del comunismo. En gran medida, la doctrina peronista se basaba en las envejecidas encíclicas papales Rerum Novarum (1891) de León XIII y Quadragesimo Anno (1931) de Pio XI, que proponían, antes que Perón, la conciliación de patrones y obreros. El propio Perón reconoció esta deuda hablando desde los balcones de la sede del Partido Laborista el 15 de Diciembre de 1945: “Nuestra política ha salido en gran parte de las encíclicas papales y nuestra doctrina es la doctrina social cristiana”. Más tarde, dirigiéndose a los obispos, afirmó: “He procurado poner en marcha muchos de los principios contenidos en las encíclicas papales.” [El Pueblo, 11 de Abril de 1948]. Y aun después de su ruptura con la Iglesia siguió admitiendo: “Afirmé que mi política social estaría inspirada en las encíclicas papales y mantuve hasta el final esa promesa.” [Juan Perón: Del poder al exilio: cómo y quiénes me derrocaron, Ediciones Argentinas, Buenos Aires, 1973].

Juan José Sebreli: Los deseos imaginarios del peronismo. Editorial Sudamericana (2da. edición), Buenos Aires, 2000, páginas 32 y 33.

“En su último período católico, Lugones escribió poesía de inspiración religiosa en la que extremó su gusto por llevar la estética hasta sus límites. Escribió, por ejemplo, un poema sobre los pañales del niño Jesús y un cuento sobre una campana milagrosa que salvó a un niño. Estos relatos, tomados en conjunto con los últimos escritos políticos de Lugones, muestran todo el espectro de su mirada sobre la política nacionalista en tanto católica. Para Lugones la “realidad” de esta política católica evidenciaba que constituía una elección religiosa y estética que trascendía las consideraciones éticas. Dios, concluía, estaba detrás de toda belleza y, por lo tanto, la belleza era esencial para la naturaleza armónica de la política que planteaba Lugones. La “síntesis medieval” de catolicismo y clasicismo le brindó un modelo para el Estado autoritario contemporáneo que propugnaba. La estética, para Lugones, no sólo estaba vinculada con la política, sino que, a veces, parecía conformarla. “

Alexandre-Gabriel Decamps: Mono tocando el laúd, ca. 1837. Bowes Museum, Durham.

(…) “Como la mayor parte de los nacionalistas, Lugones identificaba al enemigo secular y racionalista con una lubricidad sin frenos y una excesiva sexualidad, que envenenaban a la política y al Estado. Pero, aún peor, estos rasgos contaminaban la cultura argentina, que conformaba e influía al ser nacional: “la materialización del arte progresaba hacia el mismo fin, que ahora tocamos en el mamarracho sistemático –vale decir, la fealdad impúdica-, el jazz de los negros, la infame lubricidad del tango y del fox, el nudismo precursor del amor libre: todas cosas de mono, como según bien se echa de ver.” “

Federico Finchelstein: Fascismo transatlántico: Ideología, violencia y sacralidad en Argentina y en Italia, 1919-1945. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010, páginas 284 y 286.

Hadrian Bagration

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Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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