Sobre lo inmencionable

Charles Jalabert: Edipo y Antígona, 1842. Musée de Beaux-Arts, Rouen.

Para que su Edipo Rey no significase el fin de la gloria mundana que su trágica (en el sentido de su profesión) prosperidad le había procurado, Sófocles excusó a los (supuestos) crímenes de su personaje gracias al pretexto de la ignorancia: Edipo desconoce que el hombre al que ha matado es su padre y la mujer de la que se ha prendado es su madre; la revelación lo impulsará a causarse ceguera por su propia mano, incapaz de soportar la visión de la ciudad sobre la que gobernó, ni la de sus hijas nacidas de la prohibición, ni la de sus progenitores en la tristeza del Hades. Edipo Rey es una obra que casi prefigura el oprobio que hará sufrir a la bienaventuranza de los afortunados el cristianismo triunfante, del que aún distaban siglos y que trataría a Sófocles con cuidadoso desdén: el coro anuncia a los espectadores que aquéllos que gozan del favor de los dioses (recuérdese que la Trinidad es una deidad plural) se arriesgan, sin que medie conjuro posible, ni ruego, ni fingida o sincera exaltación, a la caída. La Medea de Eurípides, en cambio, destruye a la prole que ha engendrado en el lecho de Jasón con vindicativa delectación; el esposo clama a los dioses, pero éstos responden enviando al carro de Helios para elevar a Medea a los cielos: para la olímpica jerarquía de lo moral, las transgresiones de Jasón, ingrato y traidor, son harto más horrorosas que el filicidio; el juicio de Zeus es favorable a Medea. Está claro que Medea es muy superior a Edipo Rey; también, que los griegos no se atrevieron a ensalzar a Eurípides por encima de Sófocles, iniciando, quizás, la añeja tradición que calla que las más amargas conspiraciones se cometen en el ámbito de la propia sangre.

Johann Heinrich Füssli: Macbeth consulta la visión de la cabeza con el yelmo, 1812. Tate Gallery, Londres.

Quiere la coincidencia que sea precisamente la contemplación, acto al cual el castigo al que se condena a sí mismo Edipo borra de sus potestades, el sujeto de la dilatada reflexión de Susan Sontag en su colección de ensayos de 1977, On Photography, aunado al receloso examen de la piedra angular del cuerpo social: “La fotografía se transforma en rito de la vida familiar en el preciso instante en que la institución misma de la familia, en los países industrializados de Europa y América, empieza a someterse a una operación quirúrgica radical. A medida que esa unidad claustrofóbica, el núcleo familiar, se distanciaba de un grupo familiar mucho más vasto, la fotografía acudía para conmemorar y restablecer simbólicamente la continuidad amenazada y la borrosa extensión de la vida familiar. Esos rastros fantasmales, las fotografías, constituyen la presencia vicaria de los parientes dispersos. El álbum fotográfico familiar se compone generalmente de la familia en su sentido más amplio, y con frecuencia es lo único que ha quedado de ella.” Shakespeare soslayó (de seguro no se le ocurriría realzar la importancia de temas cuya explicación sería recibida con gestos de tedio), a la vez tierno y terrible, la superstición de la devoción filial: en King Lear, Shakespeare hace de Cordelia (cuya muerte sobre el papel perturbó tanto a Alexander Pope que se abstuvo de reiterar la lectura de esos versos por años) la hija más distante, y por ello la más piadosa; Gonerila y Regania obran con pulcro fervor y con gigantesca hipocresía. En Macbeth (acto IV, escena III), Macduff y Malcolm meditan la venganza que precipitarán sobre el impío rey de Escocia. Macduff recalca que Macbeth no posee hijos: esa observación lamenta que la ansiada retribución no será jamás total, puesto que no sufrirá el usurpador ante sus desesperados ojos la aniquilación de su descendencia. No han faltado críticos que, embaucados por las versiones con las que la era de Victoria desdibujó a Shakespeare, opinen que la acotación de Macduff  juzga que la procreación opera en los hombres como una rienda para la iniquidad.

Batalla silenciosa entre madre e hija, de Jorge Fernández Díaz, fue publicada en el diario La Nación el 16 de Enero de 2011. De su autor, mi rudeza me ha permitido estar al corriente de poco más que lo que sus distinguidos antecedentes revelan; la irresponsabilidad de no haber sabido recorrer textos de su autoría, de mayor vastedad o de mayor profusión, me pertenece. En esas líneas sabias quizás asome alguna contradicción, que no me es dado corregir, pero sí tengo para mí que cierto carácter inconsciente de varias de las acciones que componen la lid son una silenciosa concesión a la parquedad moral de los lectores: no pocos se muestran, en los mensajes que han hecho llegar en calidad de comentarios, indignados ante la sospecha que recae sobre una unidad considerada en perfecta correlación con la santidad de los apóstoles.

Una frase infeliz, puesta por Fernández Díaz en boca de la madre, nos devuelve, serena y dolorosamente, como tantas cosas gozadas y perdidas, a Grecia: de esas palabras se deduce que la mujer advierte a su hija y al cónyuge de ésta, con una alarma teñida de anhelo, que la dicha que los envuelve, como hicieran los coreutas con viejo rey Edipo, desaparecerá. Sobrecogida por la fuerza de la parábola o por el íntimo empuje de una confesión que no llegará a escribir, una lectora solloza que esa realidad se le antoja cruel. Como todas las realidades, como todas las historias, como todos los hombres, lo es.

Hadrian Bagration

Enlace al texto Batalla silenciosa entre madre e hija, de Jorge Fernández Díaz, en el diario La Nación:

http://www.lanacion.com.ar/1341935-batalla-silenciosa-entre-madre-e-hija

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Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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