La majestad del error

Francisco de Goya y Lucientes: Saturno devorando a un hijo, 1819-1823. Museo del Prado, Madrid.

Cada país padece sus obsesiones, que son, invariablemente, crasas. En los Estados Unidos se piensa en un destino manifiesto, una propensión singular de la fatalidad a conceder esplendor como una suerte de dádiva inevitable. Los franceses gustan imaginar que el tiempo retrocede a épocas de intensa grandeur, como bajo los Luises o cierto corso. En Rusia se cree, como sucedía en la Alemania de entreguerras, que una suerte de divinidad ampara e incita a la obligatoria coalición a todos los pueblos que hablan la misma lengua, como si ese lazo común, que en Suiza no significa más que un producto del azar geográfico, compeliera a la amistad y a la alianza. En la superstición de que la simple vejez deviene sinónimo de honor, naciones del Levante se disputan la preeminencia en los albores de la humanidad. Existen desorientados y briosos individuos que en el Medio Oriente consienten en hacerse matar por las páginas de un libro que consideran sagrado.  Los ejemplos podrían extenderse, pero tal imprudencia incurriría en el tedio del lector. Los muchos siglos de Historia transcurridos no parecen haber predispuesto a la especie humana a la sensatez.

En Argentina, las obsesiones, aun cuando fácilmente desacreditables, son trivialidades de extraordinario carácter duradero: el fútbol, el agotador nacionalismo, las mujerzuelas de Perón, la inexplicable animosidad contra Gran Bretaña (el socio comercial más ventajoso para la Argentina hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial), la mofa ante cualquier costumbre, voz o tradición foránea, la inclinación a la pequeña estafa cuya consecución supone una secreta y celebrada superioridad sobre el perjudicado.

Por arbitrio de la decadencia general provocada por una era sumida en las limitaciones del sonido y la imagen (a tale told by an idiot, según expresión de Shakespeare), esas dolencias, en la actual naturaleza del país, se han acrecentado. Hemos asistido, no sin entristecido estupor, a la exaltación de Rosas; quienes así han obrado son, a un tiempo, furiosos devotos de la execración de los británicos. Han olvidado, o han elegido ignorar, no sólo a la Mazorca, a las cabezas de los opositores deshaciéndose en las picas, a la tortura, a la vejación, a la impuesta institucionalización en loqueros de aquéllos que caían en su desgracia, a las guerras de exterminio contra el indígena (más tarde achacadas y contempladas con horror en Roca, por el solo hecho de reputarlo como liberal), sino a su privilegiada relación con Gran Bretaña, país con el que comerciara con efusión, y en el cual se refugiara tras su oprobiosa deposición, luego de haber declinado la distinción de caer en batalla o del suicidio. Murió en Southampton, en tierras que son la bête noire de los nacionalistas, acogido y olvidado por sus antiguos patrocinadores, en una granja en la que se quejaba de no poder dar órdenes más que a un puñado de peones. Indigno final para quien se ufanara de haber hecho temblar al Río de la Plata. De esto se concluye que el ardor nacional es óbice para la lectura de volúmenes que tratan, precisamente, de la Historia nacional.

Francisco de Goya y Lucientes: Cabezas en un paisaje, 1819-1823. Colección Stanley Moss, Nueva York

Presenciamos, dolorosamente, la degradación de Argentina y su descomposición en masas confundidas, enfurecidas, apenadas y hasta sanguinolentas. Una mujer denuncia que su hija ha sido obligada a la crueldad del servilismo de la prostitución forzada; toda autoridad, en el lugar en donde se cometió el crimen, está implicada en él: la policía y los poderes político y judicial encubrieron el delito y participaron en su comisión, y quizás, en sus truculentos dividendos. Un grupo de personas desesperadas por la paulatina destrucción de su hábitat es molido a palos y acusado de perpetrar imaginarios actos de terrorismo; desde la cima del Estado se apaña a la represión, en ocasiones con la sorna que transfiere el sentimiento de saberse lejos de las represalias y asimismo de las consecuencias de la catástrofe que se avecinará. Una formación de ferrocarril interurbano se desintegra en un accidente previsible y monstruoso: muere entre los hierros medio centenar de personas (una de ellas, un joven, permanece aplastado por ellos, oculto a los esfuerzos de los rescatistas, y es hallado más de dos días después; se lo culpará de viajar en un lugar vedado). La hecatombe desnuda el ya harto conocido y misérrimo estado del transporte público, que contrasta con la irreflexión de años de consumo suntuario y el despilfarro de las arcas públicas, razones del ahora cada vez más lejano triunfo electoral, obtenido merced a la costumbre inaugurada por los conservadores, preservada por los radicales y elevada a la categoría de castigo divino por los peronistas: el clientelismo, esa oscura cualidad del Estado autoritario que consiste en reducir a la población a receptora obligada de beneficios magros; en otras palabras, millones son embaucados y aun empujados a entregar su sumisión a cambio de su mera subsistencia.  En tanto, voces corrompidas se disputan la alabanza al soberano.

Se argüirá que en ninguna otra época el respeto por los derechos humanos ha sido mayor; es un argumento falaz. La cárcel que merecen los partícipes de la última dictadura militar argentina es tomada como hazaña olímpica cuando en realidad no es sino un deber oficial que llega con demasiada tardanza; al mismo tiempo, el cumplimiento de la obligación de justicia para con el pasado, si bien imprescindible, es pretexto para descuidar la realización de esa misma obra en el presente: entre las más perjudicadas no sólo se encuentran las marginadas comunidades aborígenes cuyas tierras son codiciadas por empresarios de la nueva flor nacional, la soja, sino el tercio de la población argentina que no ha sido llamada a participar de las festividades y prosigue su existencia en la más olvidada de las pobrezas. Quien descrea de estas palabras puede deambular por las zonas más áridas del conurbano y de las provincias y verá que nada ha cambiado, excepto las identidades, en algunos casos, de quienes disponen de las vidas ajenas y los negocios ilícitos.

Una nueva alucinación debería agregarse a la larga lista de enajenaciones argentinas: el lamentable vicio de la repetición; léase también, la ausencia de la facultad de aprender de los errores. Queda pensar, entonces, cuáles serán los nombres de los causantes  de desgracias futuras, a quienes se aplaudirá hasta que el amargo veredicto de la realidad se desplome sobre nosotros. Será el momento de negarlos y de vituperarlos; estaremos listos, casi inmediatamente, para encumbrar en su lugar a la siguiente generación de ídolos.

Hadrian Bagration

Categories: Ferocidades

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

3 Comments

  1. Albert SALUDES CASAS

    Exquisita, la forma como define las diversas situaciones denunciables.
    Una voz (y unas docenas más) así de crítica y mesurada quisiera yo para despertar el plácido letargo de nuestra enquilosada sociedad. Aquí también hay mucho donde limpiar.
    Albert S.C. – TARRAGONA – (Catalunya) – España.

  2. Clientelismo. Me suena. A dos semanas y media de las elecciones en mi región, sólo puedo decirle que el mismo partido lleva gobernando 30 años. En cualquier democracia eso no huele bien. Efectivamente, alienar a los ciudadanos con la subvención indiscriminada, el soma de la nueva política, endulzado como política social. Resultado: una sociedad desmotivada y sin aspiraciones. Como de manera insuperable dice usted: el clientelismo, esa oscura cualidad del Estado autoritario que consiste en reducir a la población a receptora obligada de beneficios magros; en otras palabras, millones son embaucados y aun empujados a entregar su sumisión a cambio de su mera subsistencia.
    Después de estos 30 años, mi región sigue siendo la segunda más pobre de España, la que tiene más parados de Europa y con un nivel de corrupción institucional indigno del supuesto lugar que mi país ocupa.

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