Hartarse

Alexandre Benois: Ilustración para "El jinte de bronce", de Alexander Pushkin, 1905.
Alexandre Benois: Ilustración para “El jinete de bronce”, de Alexander Pushkin, 1905.

Por estas horas, suenan en Argentina ecos de la tragedia de Diciembre de 2001, con sus macabros ingredientes de rapiña, muertes, desórdenes y descomposición social. Al parecer, el último mes del calendario se muestra hostil para con este país, como si de algún modo buscara, inútilmente, iniciar una chispa de sensatez en una sociedad que se regodea en la histeria colectiva. Nada puede anticipar las acciones que tendrán lugar a partir de ahora, y es posible que en términos generales no suceda nada, pero el cuadro al que asistimos es de rutinaria gravedad. Los saqueos no son justificables; el clientelismo, que cobija, oculta y a la vez desprecia a la pobreza, lo es menos aún. El peronismo, en todas sus variopintas versiones, ha gozado del supremo poder en este espacio de América del Sur por largas décadas; su herencia es la concentración de la pobreza en muchas manos, los vaivenes despilfarradores de dineros públicos en proyectos suntuarios o personales y la represión de los descontentos cuando el acre sabor de fin de fiesta despierta. A pesar de que politólogos y sociólogos esquiven dar una aplomada definición del peronismo, tal cosa es tarea sencilla: el peronismo es el movimiento político que no acepta ser parte de una sociedad sino que exige que esa sociedad se reconozca peronista, sin reservas ni ambages.  Es cierto que el peronismo, con fines de mera perpetuación, contribuyó a crear un Estado a medias social, a medias clientelista, y es igualmente cierto que contribuyó en mayor medida a destruirlo: el menemismo fue, al fin y al cabo, una continuación del desguazamiento económico puesto en marcha por las juntas militares. El kirchnerismo no es sino la continuación, a un tiempo eufórica y depresiva, de la Alianza frepasista, etapa superior y ligeramente menos vulgar del menemismo. Pese a sus diferencias, desavenencias y aun tiroteos, los distintos peronismos (al fin, en una parodia del cristianismo, al que en su concepción holista de la sociedad intenta emular a la manera mussoliniana, uno y múltiple) coinciden en reemplazar al Estado por el partido y al partido por el líder providencial, hoy vitoreado y mañana denostado y vituperado, escarnecido en espera de la aparición, asimismo providencial, de un renovado líder y de un renovado peronismo.

La mayor tragedia del peronismo no es la cooptación de las instituciones como dependencias bajo su mando, la degeneración de causas insignes (como la de los Derechos Humanos, al cual el peronismo reinante ha convertido en un negociado crápula) o los desatinos económicos y administrativos, sino la persistencia de la pobreza. No es la miseria funcional al peronismo, sino parte integral e irreemplazable de éste: sin empobrecimiento, el peronismo no tendría razón de ser. En lugar de una revolución permanente, el peronismo propone, y cumple, una pauperización continua. Se argüirá que el gasto social es elevado durante las extensas épocas peronistas; es falso: no es el gasto social lo que se encumbra, sino la dádiva, que es otorgada y quitada según el antojo del gobernante, y permitida siempre y cuando el gobernado consienta convertirse en súbdito. La dádiva implica que los dineros públicos son invertidos en la captación de voluntades, algunas de ellas harto costosas, mientras generosas porciones de la población, que se cuentan por millones, no poseen acceso a las más mínimas comodidades. Esa supervivencia en estado feral es crónica enfermedad peronista que el peronismo jura que curará apelando a la dadivosa medicina peronista.

A grandes rasgos, el peronismo divide a la sociedad en dos grupos: aquéllos que no necesitan de las recetas peronistas (entre los que se encuentran los acaudalados miembros del partido peronista) y aquéllos sufridos desgraciados que no pueden sino malvivir bajo la égida de la dádiva peronista. A medida que el peronismo se encarama en el poder con más suficiencia y audacia, los obsequios se hacen menos frecuentes y más magros,  en ocasiones hasta desaparecer. Cuando el peronismo sufre uno de sus recurrentes descalabros, recuerda a esa desheredada parte de la población y arremete con renovado brío con la letanía de la dádiva. La desesperación de la catástrofe, que el propio peronismo ha causado, llevará una vez más al peronismo a la victoria electoral, desde donde ejercerá su mayor arte: la depredación. Para llevarlo a cabo, cuenta con su brazo armado, presente en el núcleo de la cambiante ideología peronista: la corrupción. Como bien lo saben los familiares de las víctimas de todas las tragedias causadas por la malicia o desidia peronista, la corrupción mata.

La sociedad argentina debe comprender que el peronismo es, en inmejorables palabras de Borges, una asociación ilícita. Es la enfermedad, y no la cura. Es verdugo, y no víctima, de los millones de argentinos que padecen la humillación de subsistir en condiciones que avergonzarían a un animal mientras sus líderes habitan en el lujo. Es asesino, y no asesinado. Para que la Argentina sobreviva, debe morir el peronismo. Para que la Argentina prospere, la sociedad debe hartarse de él.

Hadrian Bagration

Categories: Ferocidades

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

1 Comment

  1. Análisis certero de una realidad que estremece. Cuántas veces vimos esta

    película de terror?. No hay que apelar aquí a máscaras grotescas o efectos

    especiales. Tampoco se avizoran héroes milagrosos que nos salven del

    desastre. Excelente “as usual”, HADRIAN!

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