Finales de libro

Rembrandt van Rijn: Retrato de su madre leyendo (1629). Wilton House, Wiltshire.
Rembrandt van Rijn: Retrato de su madre leyendo (1629). Wilton House, Wiltshire.

“Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a tus juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos esas riberas familiares, los objetos que sin dudas no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos.”

Marguerite Yourcenar: Memorias de Adriano (1951). Traducción de Julio Cortázar.

 

“Y Thomas Browne, que, como hijo de un comerciante de seda, debía de entender especialmente de esta cuestión, apunta en algún lugar de su escrito Pseudodoxia Epidemica , que me ha sido imposible encontrar, que en la Holanda de su tiempo era costumbre que en la casa de un difunto se tapasen con crespón de seda de luto todos los espejos y todos los cuadros en los que se podían contemplar paisajes, seres humanos o los frutos de los campos, para que el alma que está abandonando el cuerpo no se distraiga en su último viaje, ya sea por su propia mirada, ya sea por su tierra natal, pronto perdida para siempre.”

Winfried Georg Sebald: Los anillos de Saturno (2000). Traducción de Carmen Gómez y Georg Pilcher.

 

“Hundirás tu cabeza, tus ojos abiertos, en el pelo plateado de Consuelo, la mujer que volverá a abrazarte cuando la luna pase, tea tapada por las nubes, los oculte a ambos, se lleve en el aire, por algún tiempo, la memoria de la juventud, la memoria encarnada.”

Carlos Fuentes: Aura (1962).

 

“Cuando Truman era un niño de cinco o seis años, en Monroeville, alguien le regaló un aeroplano en miniatura sobre el que podía pedalear por el patio como en un triciclo. Era de un verde fuerte, con una hélice rojo brillante, y un día Truman anunció a sus envidiosos amigos que echaría a volar, que iría a despegar en esa calle polvorienta frente a la casa de Jennie, volaría por sobre los árboles y sobre el océano hasta la China, esa tierra serena y misteriosa con la que tantas veces había soñado. Había convencido a todos, incluso a sí mismo, y así pedaleaba más y más rápido, con furia… Pero no fue a ninguna parte. Ahora, sentado en su dormitorio en casa de Joanne, sabiéndose terriblemente enfermo, cumpliría su deseo.”

“Truman, creo que no te sientes bien- Joanne repitió-. Déjame llamar a un médico. Te llevaremos al hospital.”

“No -dijo él-. No quiero pasar por todo aquello otra vez. No más hospitales. Querida, estoy tan cansado. Si de verdad te intereso, no hagas nada. Sólo déjame ir. Sé exactamente lo que hago. He decidido irme a la China, donde no hay teléfonos ni correo-.” Siguió hablando, más que nada sobre su madre, pero también sobre su escritura y sobre Plegarias atendidas. Como hojas cayendo suavemente de un árbol, como había prometido que sería su final, así acabaron sus últimas horas, mientras la vida se le escapaba. A medida que su pulso se debilitaba, su conversación se reducía a frases breves: Beautiful Babe fue una. Mama, mama, otra. Finalmente: Soy yo, soy Buddy (Buddy era el apodo que Sook usaba para él). Tengo frío, fueron sus últimas palabras. Minutos antes del mediodía dejó de respirar  y Joanne llamó al hospital. Los médicos lo declararon muerto  a las 12:21 PM.”

“Y así, instante tras instante, había regresado a su comienzo. “

Gerald Clarke: Capote, a Biography (1988). Traducción de H.B.

 

“Borges murió en una casa alquilada, cerca de la Grande Rue (tal vez la cruza). Estaba muy contento en esa casa y dijo que le hubiera gustado vivir allí cuando era joven y vivía cerca de la iglesia rusa. La casa no tiene número; la calle no tiene nombre, pero tiene llave, que es también la de la casa.”

“Bernès grabó a Borges cantando La morocha y otros tangos. Dice que en esa grabación Borges ríe con la risa de siempre.”

Adolfo Bioy Casares: Borges (2006). Edición de Daniel Martino.

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Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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