Génesis 18, 20-33

Peter Paul Rubens: Lot huyendo de Sodoma, 1625. Musée du Louvre.
Peter Paul Rubens: Lot huyendo de Sodoma, 1625. Musée du Louvre.

En contrario a la sabiduría popular, el pecado de Sodoma no consistió en la vejación anal, sino en la crueldad. Los extranjeros que deambulaban extramuros no eran recibidos, los mendigos que pululaban en las calles eran vilipendiados y objeto de burla, los viajeros eran escarnecidos, el sagrado deber de la hospitalidad mesoriental no era respetado; en una región hostil como el desierto que abrazaba a las ciudades de la llanura del Jordán, en el área meridional de Canaán, ese desaire equivalía a una condena a muerte.

Sabida es la historia: el clamor de los dolientes, aplastados por la indiferencia de sodomitas y  gomorreos, llega a oídos de Jehová, quien promete a Abraham constatar la veracidad de los ayes: Descenderé ahora y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí, asegura la grave voz de la deidad. Abraham, que secretamente aspira a que su sobrino Lot escape de la ira divina, pregunta a Jehová si su misericordia permitirá que el justo sea destruido junto con el impío. Si hallare en Sodoma- responde Dios- cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo este lugar por amor de ellos. Abraham, en un arranque de humildad y soberbia a la vez, replica cabizbajo: He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza; y arguye: Quizá faltarán de cincuenta justos cinco: ¿destruirás por aquellos cinco toda la ciudad? Jehová responde que no. Abraham redobla su apuesta y pregunta si Dios hará sentir su dura justicia si en Sodoma se hallasen sólo cuarenta justos. No, es la respuesta de Dios. Abraham regatea con la divinidad hasta alcanzar la magra cifra de diez hombres rectos: si Dios hallara una decena de justos en Sodoma, la ciudad podrá continuar perpetrando sus iniquidades porque Jehová se abstendrá de exigir tributo a su ley. No los halló; sólo Lot, su mujer y sus hijas sobrevivieron huyendo a la ciudad de Zoar, mas la mujer de Lot, contra toda advertencia,  miró hacia atrás cuando la furia de Dios se consumaba y ya no habló ni se movió, porque su cuerpo se tornó estatua de sal.

Siglos y generaciones han pasado y sin embargo, Sodoma y Gomorra se multiplicaron por el orbe; con ellas, la crueldad, el escarnio y la burla. Tal vez Argentina sea un remedo, austral y presuntuoso, de esas ciudades hundidas en el azufre. ¿Habrá, me pregunto, diez hombres o mujeres justos (yo no lo soy) en este extraño país que concedan la salvación general ante la cíclica catástrofe que puntualmente se avecina? Quizás no.

Hadrian Bagration

Categories: Ferocidades

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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