El Albucius de Quignard

Detalle de la Villa dei Misteri, siglo I EC, Pompeya.
Detalle de la Villa dei Misteri, siglo I EC, Pompeya.

Acabada la ecpirosis, concluidos los diálogos, Eco hace regresar a su personaje a los desolados terrenos de la abadía ya iniciada su madurez. Con ánimo de incertidumbre rehace en su vasta memoria los muros que ya no se erigirán, y halla, de acuerdo a la ya venerable traducción de Ricardo Pochtar: “jirones de pergamino, caídos del scriptorium y la biblioteca, que habían sobrevivido como tesoros sepultados en la tierra. Y empecé a recogerlos, como si tuviese que reconstruir los folios de un libro. Después descubrí que en uno de los torreones todavía quedaba una escalera de caracol, tambaleante y casi intacta, que conducía al scriptorium, y desde allí, trepando por una montaña de escombros, podía llegarse a la altura de la biblioteca, aunque ésta era sólo una especie de galería pegada a las paredes externas, que por todas partes desembocaba en el vacío.”

Junto a un trozo de pared encontré un armario, por milagro aún en pie, y que, no sé cómo, había sobrevivido al fuego para pudrirse luego por la acción del agua y los insectos. En el interior, quedaban todavía algunos folios. Encontré otros jirones hurgando entre las ruinas de abajo. Pobre cosecha fue la mía, pero pasé todo un día recogiéndola, como si en aquellos disiecta membra de la biblioteca me estuviese esperando algún mensaje. Algunos jirones de pergamino estaban descoloridos, otros dejaban adivinar la sombra de una imagen, y cada tanto el fantasma de una o varias palabras. A veces encontré folios donde podían leerse oraciones enteras; con mayor frecuencia encuadernaciones aún intactas, protegidas por lo que habían sido tachones de metal. Larvas de libros, aparentemente sanas por fuera pero devoradas por dentro; sin embargo, a veces se había salvado medio folio, podía adivinarse un incipit, un título. Recogí todas las reliquias que pude encontrar y las metí en dos sacos de viaje, abandonando cosas que me eran útiles con tal de salvar aquel mísero tesoro.”

Durante el viaje de regreso a Melk pasé muchísimas horas tratando de descifrar aquellos vestigios. A menudo una palabra o una imagen superviviente me permitieron reconocer la obra en cuestión. Cuando, con el tiempo, encontré otras copias de aquellos libros, los estudié con amor, como si el destino me hubiese dejado aquella herencia, como si el hecho de haber localizado la obra destruida hubiese sido un claro signo del cielo cuyo sentido era tolle et lege. Al final de mi paciente reconstrucción, llegué a componer una especie de biblioteca menor, signo de la mayor, que había desaparecido, una biblioteca hecha de fragmentos, citas, períodos incompletos, muñones de libros.”  (El nombre de la rosa, Lumen, Barcelona, 1984, pp. 604-605). Eco obliga a su monje a rastrear huellas, restos, trazas de libros como Winckelmann cuidadosamente separaba el polvo de entre las antigüedades romanas, acto que no era sino tardío desagravio en reparación de la lenta caída de la urbe. Si el mundo existe para que sus hechos accedan a figurar en las páginas de un libro, luego ese volumen será una gastada reliquia en el mundo, una cosa más agregada al mundo (Borges: Una rosa amarilla), de la que el futuro sólo conocerá los mendrugos que el tiempo no consienta en devorar. La fragmentaria literatura del pasado, los retazos que sobreviven de Anaxágoras, los párrafos  del viejo Plinio que subsisten en Tácito, la única línea que aún vive de las múltiples composiciones de Nerón no son sino premoniciones de lo que constituirá la literatura del futuro: quienes hasta ese mañana permanezcan lo harán bajo la forma de centones, de cármenes, de palimpsestos.

La elección de Pascal Quignard es anticiparse a esa desintegración y construir una literatura anecdótica, colecciones de comentarios, curiosidades que perduren tras el desvanecimiento del hábito de la perplejidad. No toda la obra de Quignard se comporta así: Patricia Gauthier lo ha considerado un escritor omnigenérico. La grandeza del Albucius, sin embargo, o aquélla de La barque silencieuse, consiste en abandonar la decimonónica tradición del texto interminable y forzar la conjunción de dramas mayores en palabras secas y concisas, en párrafos pudorosamente desprovistos de extensión, en el impiadoso asesinato de la redundancia. La literatura de Quignard es una apuesta riesgosa: dependerá de la salvación del fragmento de un fragmento, de la conservación de una línea concebida en sus orígenes como ya breve, de la perpetuación de una página que carece de pretensiones de eternidad.

En su versión del Albucius al español, Betina Keizman llama a Quignard el alter ego de Cayo Albucio, cuya olvidada posteridad Quignard, prolijamente, mejoró. Albucio pervive en citas de Quintiliano, de Suetonio, de Séneca el Mayor; su obra confía en que plumas de más apta suerte que la suya sobre lo que ha quedado de él proyecten algo de luz. Es Quignard quien presenta y define a Albucio tangencialmente, como una nota al pie, como la historia de la literatura lo recuerda:

« Il était plus jeune que César. Ce dernier, qui appréciait la manière d’Apollonius de Rhodes, n’aimait pas la façon d’écrire d’Albucius. Cestius a écrit que Caius Albucius Silus est né l’année où Lucullus envahit l’Arménie. C’étaient les derniers jours de -69, à Novare, en Gaule Cisalpine, dans le Piémont, dans une riche famille édilitaire. L’année -69 (l’année 684 de Rome) demeure associée dans l’histoire à trois événements : la prise de Triganocerte par Lucullus, la mère de Virgile couchant avec Maro, les pirates maîtres à Syracuse et à Gaète. »

(« Era más joven que César. Éste último, quien apreciaba el estilo de Apolonio de Rodas, no encontraba de su agrado la manera de escribir de Albucius. Cestio escribió que Cayo Albucio Silo nació en el año en el que Lúculo invadió Armenia. Eran los últimos días del año -69, en Novara, en la Galia Cisalpina, en el Piamonte, en una rica familia de ediles. El año -69 (el año 684 de Roma) permanece asociado en la Historia a tres acontecimientos: la toma de Triganocerta por Lúculo, la madre de Virgilio acostándose con Marón, los piratas dueños de Siracusa y Gaeta.”)

Si Cayo Albucio es el precursor que Quignard escogió para sí, el Albucius reconoce entonces dos prefiguraciones: la Historia universal de la infamia (1935) de Borges y la Vies Imaginaires de Schwob (1896), que no son sino velados espejos la una de la otra que admiten como inspiración, quizás, al espejo de Plutarco. Borges anotó en el prólogo a la obra de Marcel Schwob: “Los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de esta obra está en ese vaivén.”. Quignard selecciona un método diferente: Cayo Albucio es acreedor a una existencia borrosamente verosímil;  sus escritos son pasibles de metamorfosis fabulosas y hasta fantásticas. Tal vez el mayor honor póstumo que corresponda a un autor sea el de ser reinventado, y hasta reescrito, por un lector del porvenir.

H.B.

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Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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