Historia del esplendor

ἀλλὰ νόμος μὲν φονίας σταγόνας

χυμένας ἐς πέδον ἄλλο προσαιτεῖν

αἷμα.

Esquilo: Las coéforas, 400-402

John Collier: Clitemnestra, 1862. Guildhall Art Gallery, Londres.
John Collier: Clitemnestra, 1862. Guildhall Art Gallery, Londres.

Fue durante los primeros fríos del otoño de 1945 que el padre de Cándida escuchó por boca de su propia hija que estaba encinta. Era su parecer que el niño podía ser vástago de un soldado alemán, pero de tal cosa Cándida guardaba sólo sospechas. Su padre disipó su desazón durante algunos minutos, cabizbajo en su silla; luego rompió la nariz de Cándida de un puñetazo, la arrastró hasta la puerta y la echó a la calle. Sobre el cuerpo sangrante de su única hija derramó algunas ropas y unas cuantas monedas. Cerró la puerta, que Cándida ya no volvería a traspasar. Esa noche y las siguientes la muchacha durmió bajo los aleros y bebió el agua de la lluvia y las alcantarillas. Para la gente de su pueblo, de algún modo tácito, se había vuelto invisible. Su nariz sanó cuando, hambrienta y cargada de la suciedad de semanas, encontró refugio en el campo.

Quizás Elio tuviera unos cuarenta años. A poco de nacer,  su madre, que también había sido abandonada, se arrojó al paso de un carro y murió; Elio perdió una pierna. Esa herida constante lo había salvado de conocer la guerra. Había casado muy joven, pero había sido incapaz de engendrar. Su familia culpaba a la mujer, pero él la absolvía alegando que sin dudas su mala pierna se interponía entre ellos y la descendencia. Todavía joven, su mujer enfermó y murió. En la vasta soledad de la campiña de algún lugar de Italia la puerta de Elio se abrió para dar paso a la frágil figura de Cándida apenas días antes de los dolores del parto. Exhausta y casi desangrada, con la sola ayuda de Elio dio a luz a una niña. Cuando el hombre le preguntó por el nombre que deseaba para su hija, Cándida se arremolinó en la cama y pidió ser dejada en paz. Elio recordó las vagas historias que se habían contado de su madre y la llamó Febbia.  El acta de bautismo mentiría que la niña era suya. Cándida, por ruego del sacerdote que presidiera la entrada de Febbia en la Iglesia, se resignó al matrimonio. Para que nada faltara en la casa, Elio recurrió a sus ahorros y compró un molino. Durante el día molía el grano ayudado por una mula vieja; pasaba las tardes instruyendo a Febbia en lo que poco que podía enseñarle; por las noches dormía junto a la niña, hasta que asomaba el alba. Salvo por un par de ocasiones al año, Cándida y Elio no compartían lecho. Ella decía, sin embargo, guardarle gratitud. Apenas Febbia pudo comprender, su madre le obsequió la revelación: Elio no era su padre, pero era su destino de varón el servirle, al igual que ella era ahora servida por quien era su marido sólo en el amarillento papel.

No lograrían olvidar cierto día de Diciembre: la vieja mula había muerto, Febbia conoció la regla, Cándida descubrió que se hallaba nuevamente grávida. Con unas tijeras intentó abrirse las venas. Elio se arrodilló ante ella y le suplicó por su vida. Ella no comprendió. Si mueres, yo también muero, dijo él. Cándida buscó sostén en el único sillón de esa casa austera y mantuvo silencio por varios minutos, tal como su padre había hecho antes de repudiarla. Cuando habló, dijo que elegiría vivir y sobrellevar el embarazo, pero que Elio arrostraría la crianza del hijo por venir, al igual que había sucedido con Febbia, y que los dineros del molino se depositarían, cada mes, en un cofre del cual ella poseería la sola llave. Elio agradeció su largueza, colocó los dineros en el cofre y marchó a su cuarto, llevando de la mano a Febbia, quien en medio del miedo y del temblor esperó a que aquel hombre lavara su sexo sangrante sin heridas y la consolara.  Elio acostó a su hijastra en su catre y se echó en su cama, feliz de prolongar, por quién sabía cuánto tiempo, el desprecio de Cándida.

Un niño nació. Cándida volvió a eludir el privilegio de escoger un nombre. Elio, que recordaba con afecto a un abuelo al que su niñez imaginaba cariñoso, lo bautizó Orestes. Temió, al principio de la infancia, por las piernas de su hijo: no fuera que heredase ese destino tímido que tantas veces lo había tentado a desear ser cualquier otro, un hombre sano y duro, pero la fría Cándida era tan poderosa que esa rebeldía tibia se desvanecía para no cometer la imprudencia de desobedecerla. A los pocos meses Elio sospechó que la salud de su hijo era mala. Un médico lo confirmó: el niño era idiota. Elio lloró; alguna merecida maldición, supuso, envenenaba la sangre de su gente. Cándida reposaba en su sillón y miraba su gemir, casi ciegamente.

Pronto se hizo evidente que Elio no podría enfrentar sin colaboración las labores del campo. En el pueblo buscó y encontró un ayudante que se contentaría con casa y alimento como única paga. Durante la primera cena, el muchacho devoró su comida agradecido. Sólo se hablaba del tiempo, hasta que Cándida se puso de pie y ordenó al joven que durmiera en su cuarto. Elio tomó a Febbia de la mano, la acostó en su catre, colocó a Orestes a su lado y se tendió en su cama. A esas alturas ya lograba dormir, cada noche, al menos un par de horas.

Frederic Leighton: Electra en la tumba de Agamemnón, 1869. Colección privada.
Frederic Leighton: Electra en la tumba de Agamemnón, 1869. Colección privada.

Fue en Septiembre, durante una seguidilla de días cálidos, que Elio despertó de un sueño ligero apenas antes del amanecer; un rumor se había deslizado entre sus sábanas y ahora lo abrazaba. Azorado, sintió los labios de Febbia sobre los suyos y el olvidado contacto de una mujer núbil que lo asediaba. Con gentileza, la rechazó. Estiró su cuello y comprobó que Orestes dormía seguro en el catre. Llevó a Febbia de regreso a su cama y comenzó a vestirse. Febbia acarició la espalda de su padrastro y se desnudó. Elio desvió la mirada y partió hacia la labor. Desde esa madrugada el acecho de Febbia tomó un carácter ritual: pujaba por el abrazo de Elio y rasgaba sus ropas intentando capturar su sexo. Elio se escurría en medio de la silenciosa habitación. Una noche Febbia despertó puntualmente ávida y se encontró amarrada a la cama. Hubo, quizás, una conversación, pero esas palabras no llegarán hasta nosotros. El ritual se acentuó: cada noche Febbia debía consentir en ser atada a su catre antes del sueño para que su padrastro pudiera descansar en paz. Mientras Elio ajustaba delicadamente las cuerdas en los brazos de su hijastra, Febbia declaraba su amor, ofrecía complacerlo con su corto catálogo de bondades y prometía romper el maleficio de la sangre de su padrastro, bendecirlo con docenas de hijos y convertirlo, como mandaba la ley de Dios, en señor del hogar que fundarían luego de la huida. Elio simplemente constataba la firmeza de las cuerdas, besaba a su hijastra en la frente y se echaba a dormir.

Los mayores aseguran que habrían transcurrido unos diez años, no más, cuando Elio, repentinamente, huyó. Abandonó a su Cándida, a aquel muchacho que silenciosamente lo secundaba en la molienda y en el tálamo, a su hijastra y a Orestes. La indignada esposa clamó que había tomado los valores de la familia. Despojados y empobrecidos, fueron auxiliados por los vecinos; el crédito de Cándida en materias de comercio en el pueblo fue ilimitado. El grano le era comprado a precio ventajoso. El joven, que ya pisaba la treintena, ocupó en la mesa el lugar de Elio. Cándida acarició cierto bienestar, hasta que de regreso del pueblo una tarde descubrieron que Febbia había escapado, llevándose a Orestes. Cándida rogó socorro; los jóvenes fueron interceptados y obligados a volver. Es verdad que Orestes sólo cumplía la voluntad de su media hermana; en su mente sencilla extrañaba, es cierto, el afecto de su padre. Cuando estuvieron reunidos, Cándida ordenó a su amante que llevara a Orestes a su cuarto. Febbia sintió la mirada de su madre, y en esos ojos no sólo había dureza sino escarnio.  Lo sabes,  dijo su madre a Febbia. La muchacha asintió: atada a su cama, fingiendo dormir, había oído que por el pasillo que unía los dormitorios alguien arrastraba una pesada pieza de metal, un hacha, y el joven que ocupaba ahora el sitial de su padre en la mesa entraba en la habitación con sigilo y de un golpe partía la cabeza de su padre. Cándida le dio a escoger: o callaba y se convertía en su criada, junto a su hermano idiota, o de lo contrario los haría asesinar por su amante. Por primera vez en su vida Febbia sintió el horror de la muerte y suplicó piedad: serviría a su madre como su padrastro lo había hecho y adiestraría a su medio hermano en las tareas del asno. Cándida aceptó la oferta de su hija; en la cena, ella y su amante gozaron de la temerosa dedicación de sus hijos.

Cándida pretendía declarar a su esposo oficialmente muerto. Se reunió con jueces, insinuó la entrega de una suma, se propuso seducir, pero la larga posguerra era pródiga en reapariciones y reencuentros, de modo que sólo logró acortar un poco los tiempos: se fijó en cinco años el plazo tras el cual se la asumiría plenamente casadera. Sentía, de tanto en tanto, que era prohijada por algún extraño poder al que no se preocupaba por indagar; más bien, sencillamente atribuía su buena fortuna a su tesón y a su hierro interno: sabía de la fidelidad de su amante, que no era sino un bello incapaz sin sus órdenes; sabía del sometimiento de su hija, que era su respuesta al terror; sabía de la mansedumbre de Orestes, que era una bestia feliz. Cándida meditaba la compra de tierras aledañas mientras en los vecindarios su nombre se pronunciaba con respeto. Le llegó así noticia de la muerte de su padre. Poco le importó. Y sin embargo, debía tanto a esa involuntaria preñez que la había instruido en las artes de la lástima.

Cuando Elio se convirtió finalmente en un cadáver para la ley y la fecha de la boda se fijó, Orestes había cumplido quince años. La diaria tiniebla intelectual lo hacía invulnerable a la traición; entre soles monótonos servía en la casa y en el campo y no reconocía sino un solo amor: el de Febbia. Noche tras noche, desde hacía, tal vez, años, Febbia, cuyos brazos no habían vuelto a ser sujetos por cuerda alguna, abandonaba su cama y se tendía en el jergón, junto a él, y buscaba y atrapaba su sexo, y ponía una de sus manos en su boca cuando lo sospechaba cercano al esplendor, para que a la escena no faltase el silencio. Sólo Febbia sabe, pero no lo revelará, cuánto fue su esfuerzo en hacer entender a la pobre cosa que era Orestes que aquel hombre afable que ya no estaba había sido su padre y que su sangre se había derramado por oscuro designio de Cándida, y que es ley eterna  que las gotas de sangre derramadas en la tierra clamen por más sangre. A veces Febbia se sumergía en la esperanza de que una ola de entendimiento bañara las costas de la mente de Orestes sólo para comprobar que él aguardaba la llegada de la noche para ejecutar una cópula más. ¿Semanas, meses, años habrán sido los que Febbia tardó en razonar que Orestes quizás no durmiera cuando sobre la cabeza de su padre se desplomó un filo? Solos, bajo un aguacero, su madre y su hombre de visita en el pueblo, Febbia había revuelto la seca tierra junto al molino y había hallado el hacha, aún cubierta con la costra de la sangre de Elio. Con un largo beso la colocó en las toscas manos de Orestes.

A punto de consumarse el alba, Cándida y su amante duermen con placidez y no oyen los cansinos pasos de Orestes, que arrastra una pesada pieza de metal, un hacha, con la que los hará pedazos, porque ese rostro amoroso que en instantes nocturnos le susurra incompresibles palabras de amor le ha prometido que huirán y se ocultarán en las profundidades de la Italia rural para que continúe, por días sin fin, lejos del terror y la servidumbre, el nocturno esplendor, para siempre.

Hadrian Bagration

Categories: Lentitudes

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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