La conjura de los médicos

Jan Steen: La visita del médico, 1662. Colección privada.
Jan Steen: La visita del médico, 1662. Colección privada.

La violencia del avance de la medicina supuso un deseable incremento en el número de buenas gentes dedicadas al arte de curar. Así, se juzgó conveniente que en cada calle de cada ciudad o pueblo residiera, al menos, un médico. Pronto se hizo evidente que el constante aumento del óptimo estado de salud de la población exigía multiplicar la cantidad de profesionales: cada esquina, de poseer su propio médico, mutó a ofrecer una media docena. Los pacientes ya no competían por los profesionales; más bien éstos recelaban unos de otros y prescribían tratamientos heterodoxos buscando aventajarse. El gobierno, para disminuir las rencillas, decretó que cada casa poseyera su médico, a quien le era obligatorio residir entre sus pacientes, como un miembro de la familia. Por lo general permanecían célibes, dedicados a enderezar la salud de quienes los alojaban. Los de mayor experiencia solicitaban aprendices a quienes legar conocimiento. Pronto cada hogar albergó más de un doctor, hasta que fue ley que toda persona estuviera acompañada de su médico, que era casi una mandante propiedad, casi una omnipotente cosa, que autorizaba o prohibía conductas. Estaban presentes en cada acto, sin obviar el momento del furibundo o desganado amor, en el cual recomendaban o desaconsejaban comportamientos.

Fue inevitable la rebelión. Los médicos, tan numerosos como los esclavos de la Antigüedad, vilipendiados y necesarios, se alzaron contra sus amos y los mataron. Asesinada gran parte de la población, sólo subsistieron los médicos, deseosos de no revelar sus secretos, aislados, curándose precariamente a sí mismos con métodos contradictorios, espiándose desde lejos tras ventanas a medio cerrar y puertas entreabiertas, procurándose alimento en las noches, en calles sin pisadas, sin mirarse ni hablarse, ni siquiera a un paso de la muerte.

H.B.

Categories: Lentitudes

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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