La memoria de Shakespeare

Johann Heinrich Füssli: Macbeth y la visión de la cabeza con el yelmo, 1793. Folger Shakespeare Library, Washington.
Johann Heinrich Füssli: Macbeth y la visión de la cabeza con el yelmo, 1793. Folger Shakespeare Library, Washington.

Explica Harold Bloom en el quizás más exacto de entre los vastos volúmenes dedicados a Shakespeare (Shakespeare, The Invention of the Human) que debemos al escritor no sólo la puntillosa fabricación de treinta y ocho trabajos de genio (veintidós de los cuales, de acuerdo a Bloom, son masterpieces), sino a su vez el comienzo de una larga estirpe cuyo dios tutelar no es el arquetipo, la alegoría o el símbolo, sino la belleza del individuo, solitario en su afán trágico y en su fracaso. Bloom acertaba parcialmente: la invención del personaje, definida en forma más o menos perfecta, se halla ya en Ovidio, Petronio y Apuleyo; más cercanamente, en Boccaccio y Chaucer. Shakespeare deviene así no la mera aparición de un artefacto de la literatura sino su culminación. La pretensión de originalidad palidece frente a la maestría técnica.

Bloom había colocado a Shakespeare en el centro y trono de su Western Canon. Las polémicas arreciaron a causa de inclusiones exageradas o de ausencias injustas, pero nadie disputó a Shakespeare el sitio ni la preeminencia. Acaso muy apropiadamente, Shakespeare, que pudo haber sido apenas un dramaturgo o un versificador, se yergue como el sinónimo más magnífico de la tortuosa ciencia de la escritura.

La vida en parte misteriosa y trivial de Shakespeare ha servido de acicate para la causa del mito. Casi nadie fabula ya acerca de una secreta identidad, de que se trataba en verdad de un noble cuyo nombre no se atrevía a figurar en los carteles del teatro, que Francis Bacon ocupaba sus ratos libres en la redacción de tragedias o que alguna dama de las cortes, temerosa de que su talento fuera descubierto, practicaba la literatura bajo nombre falso. Es segura la existencia de un hombre más bien enjuto y de frente amplia, cabellos raleados y anguloso mentón llamado William Shakespeare. Una de las objeciones a su existencia había sido su notable saber, en razón de orígenes humildes. Si Whistler había declarado que art happens, es sensato deducir que genius befalls.

Otra leyenda, propagada por escuelas literarias solemnes, es el carácter popular de la literatura de Shakespeare; el uso de ese término debe entenderse como labor pergeñada con sencillez para posibilitar su consumo por el pueblo, una suerte de realismo socialista de anticipación. Shakespeare escribió, dirigió y actuó para una reina y un rey (Isabel I y James I), sus héroes y villanos fueron monarcas, condes y duques, su ciclo de obras romanas estaba fuera de la comprensión de personas al margen de la cultura (la enorme mayoría, en ese entonces), el frío castillo de Elsinor podía situarse en Dinamarca o en el Valhalla para el espectador común. Shakespeare no exigía del público educación exquisita, pero sus líneas rebosan de perfección, sutilidades, retruécanos y simbolismos que no las hacían fácilmente accesibles a la muchedumbre iletrada. Sin embargo, The Globe pedía por un sitio en el sector menos favorecido del auditorio sólo una fracción de penique, y eran numerosas las gentes que ansiaban pasar una tarde divertida contemplando una historia amena. En ocasiones, como en Hamlet, una puerta trampa en el piso del escenario se abría y un hombre envuelto en túnicas blancas que fingía ser el fantasma de un rey se alzaba exclamando: I am thy father’s spirit… Honda impresión habría causado este efecto especial en la visión del espectador. El mito del Shakespeare popular cobija una intención endeble: declarar que todo arte es popular en sus inicios y que el tiempo otorga con su pasar la estatura de un clásico. Escasas son las obras que sobreviven al riguroso cambio de las eras.

La mayoría de los amores de Shakespeare fueron varoniles. Como era costumbre en su época, casó y engendró hijos, pero se sabe de dos profundas y probables pasiones: Henry Wriothesley, conde de Southampton, patrono y mecenas de Shakespeare, a quien la crítica identificara como el Fair Youth de los sonetos (Shall I compare thee to a summer’s day?) y William Hughes, actor y quizás prostituto, cuya identidad fue establecida a medias en broma por Oscar Wilde en su historia The Portrait of Mr. W.H. Wilde juraba estar inseguro acerca de la existencia de Hughes y su cercanía con Shakespeare, pero privadamente aseveraba que había sido Hughes, un commoner de reputación desdorosa, y no William Herbert, conde de Pembroke, a quien correspondían las iniciales. La leyenda testifica que Hughes murió en plena juventud tras una relación volátil con Shakespeare, y que esta muerte devastó al poeta. Shakespeare habitó el bien establecido Renacimiento inglés, en el que la tradición clásica de las fervorosas amistades masculinas revivió, y casi no hay obra suya en la que dos amigos no se profesen amor constante, más allá de la muerte, aun cuando fuera ese sentimiento tamizado por el ideal platónico del afecto. En Shakespeare, la philía desplaza al eros pero no lo excluye totalmente: como en el batallón sagrado de Tebas, la vida del amigo, esa alma que habita en dos cuerpos, al decir de Aristóteles, es más valiosa que la resignada paz de los matrimonios.

Mine be thy love and thy love’s use their treasure: la última línea del soneto 20 de Shakespeare insta a esa amistad tras el enigma a imitar su ejemplo: casar, tener descendencia, comercio carnal con mujeres para engendrar, y reservar el amor, lúbrico o sereno, para amante y amado. Estas recomendaciones disgustaban a Borges, quien mantuvo con Shakespeare, desde temprano, una relación ambigua. Intentó una traducción, junto a Adolfo Bioy Casares, de Macbeth. Consideraba a Shakespeare un escritor de talento, pero no de genio: prefería a Dante y lo hacía saber con no poca vehemencia, pero Shakespeare lo seducía al punto de no lograr desdeñarlo del todo: en su poema Mateo,  XXV, 30, casi en el punto final, desata: Has gastado los años, y te han gastado; y esas palabras no son sino un homenaje: I wasted time, and now time doth waste me (The Life and Death of King Richard II, Act V, Scene 5). Hacia el fin de su vida, un cuento espléndido, La memoria de Shakespeare, pareció zanjar la cuestión: un hombre recibe el terrible milagro de poseer la memoria del Shakespeare cotidiano, el que no conocemos, y lenta e irremisiblemente troca ésta por la suya. ¿Quién nos dirá si Shakespeare no pobló, de algún modo, la memoria infinita de Borges; si el relato no es, como casi todos, a medias autobiográfico? El epígrafe de La intrusa (tal vez el mayor cuento de Borges) se revela engañoso: 2 Reyes, I, 26. No hay más que dieciocho versículos en el primer capítulo del Libro Segundo de los Reyes, mas sí existe el versículo 26 en el Segundo Libro de Samuel: “¡Cuánto dolor siento por ti, Jonatán, hermano mío muy querido! Tu amistad era para mí más maravillosa que el amor de las mujeres”. En la primera de las ediciones en inglés de El informe de Brodie (Dutton, 1972), en donde el cuento La intrusa felizmente se incluye en la página 63, el epígrafe se exhibe en esplendor: 2 Samuel I: 26: “…passing the love of women.”  Sabedor de que su causa estaba perdida, Wilde, desde la picota, se despide del mundo citando a Shakespeare y al Libro, sin ser escuchado ni comprendido, y rescata el pasaje de Samuel: “Such a great affection of an elder for a younger man as there was between David and Jonathan, such as Plato made the very basis of his philosophy, and such as you find in the sonnets of Michelangelo and Shakespeare.” (Tan grande afecto entre un hombre mayor por uno más joven como lo hubo entre David y Jonatán, tal como Platón hiciera la base misma de su filosofía, tal como encontramos en los sonetos de Miguel Ángel y Shakespeare).

Delgada, trágica, delicada línea que une a través de interminables siglos a los Testamentos, Shakespeare, Wilde y Borges. No es imposible que esa dinastía, que quizás no pueda sino continuar, haya sonreído a la memoria de Shakespeare.

Hadrian Bagration

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Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

3 Comments

  1. Nidia Burgos

    Maravilloso comentario, lleno de erudita sabiduría, deshilvanada sin presunción, pero con riguroso desarrollo. Esa es la sencillez de la verdadero saber. El que se derrama a los demás como una lluvia vivificante. Felicitaciones y gracias por este delicioso bocado de poderosa inteligencia. Un abrazo.
    Nidia Burgos, tu feliz editora.

    • Hadrian Bagration

      Nidia, qué alegría tu presencia en este espacio, y el gratísimo recuerdo de nuestro común trabajo. Con el afecto de siempre. Hadrian.

  2. HADRIAN nos muestra aspectos para mí desconocidos de la vida de Shakespeare, a través de una investigación medulosa donde se mezclan Borges y Wilde con el vate inglés. Soberbio artículo!.

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