El libro de las minucias

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito.

Borges: El libro de arena

 

El_libro_de_las_minu_Cover_for_Kindle“A comienzos del otoño de 1680, en Roma, se postra en presencia del jesuita Athanasius Kircher un hombre que asevera haber sido discípulo del grande Olaus Wormius; afirma haber compuesto el catálogo del Museum Wormianum y guardado celosamente los pocos tesoros que el saqueo al que fuera sometido luego de la muerte de su maestro dejara. Como prueba, muestra una carta que lleva la rúbrica de Thomas Fincke, amigo y suegro de Wormius, en la que se proclama al hombre un buen y honesto servidor y se asegura que los artículos que ofrece son auténticos y que no los ha robado. Kircher dice saber del trabajo de Wormius y desconfiar de él; pregunta al hombre qué supuestas maravillas pretende ofrecer. Sólo dos: flores del jardín de las Hespérides, que borran el castigo a la blasfemia de Babel y permiten que un hombre domine todas las lenguas con tan sólo devorarlas, y el Liber de literatura antiquissima et minutiae universalis. Kircher pide verlos de cerca: las flores se le antojan vulgares y el libro es una colección de anotaciones hechas por cualquier amanuense. Incrédulo, Kircher pregunta dónde está el prodigio.”

“Las flores harán aún más asombroso tu dominio de las lenguas, señor. El libro no contiene ningún libro; el libro contiene todo lo que no ha llegado a ser un libro.”

Hadrian Bagration: El libro de las minucias.  CSpace, Scotts Valley, California. 85 páginas.

Edición electrónica: El libro de las minucias. ADS, Seattle, 2014.

Categories: Lentitudes

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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