Sontag sobre Borges: el devenir del libro y el temor

Borges-altar-genio-Latinoamerica_CLAIMA20110614_0209_8Maria Popova rememora que en Octubre de 1982 Borges, de paso por una ciudad que nunca sintió demasiado suya, New York, ofreció una comida a la que asistió una breve multitud de unas sesenta personas; estaba entre ellas Susan Sontag. Consultada acerca de su cercanía a Borges, Sontag declaró que no era posible hallar, para otro escritor (ella lo era), un autor de la valía de Borges (There is no writer living today who matters more to other writers than Borges). Sontag no olvidaría ese encuentro, que quizás para la ceguera de Borges fuera fugaz, y en el décimo aniversario de su muerte le dirigiría, no sin afecto, una pública carta, que figura en su volumen de 2001, Where the Stress Falls: Essays. Al original inglés sigue la temerosa traducción, siempre imperfecta.

“You were very much the product of your time, your culture, and yet you knew how to transcend your time, your culture, in ways that seem quite magical. This had something to do with the openness and generosity of your attention. You were the least egocentric, the most transparent of writers, as well as the most artful. It also had something to do with a natural purity of spirit.”

“You had a sense of time that was different from other people’s. The ordinary ideas of past, present, and future seemed banal under your gaze. You liked to say that every moment of time contains the past and the future, quoting (as I remember) the poet Browning, who wrote something like “the present is the instant in which the future crumbles into the past.” That, of course, was part of your modesty: your taste for finding your ideas in the ideas of other writers.”

“The serenity and the transcendence of self that you found are to me exemplary. You showed that it is not necessary to be unhappy, even while one is clear-eyed and undeluded about how terrible everything is. Somewhere you said that a writer — delicately you added: all persons — must think that whatever happens to him or her is a resource. (You were speaking of your blindness.)”

“Books are not only the arbitrary sum of our dreams, and our memory. They also give us the model of self-transcendence. Some people think of reading only as a kind of escape: an escape from the “real” everyday world to an imaginary world, the world of books. Books are much more. They are a way of being fully human.”

“I’m sorry to have to tell you that books are now considered an endangered species. By books, I also mean the conditions of reading that make possible literature and its soul effects. Soon, we are told, we will call up on “bookscreens” any “text” on demand, and will be able to change its appearance, ask questions of it, “interact” with it. When books become “texts” that we “interact” with according to criteria of utility, the written word will have become simply another aspect of our advertising-driven televisual reality. This is the glorious future being created, and promised to us, as something more “democratic.” Of course, it means nothing less than the death of inwardness — and of the book.”

“Dear Borges, please understand that it gives me no satisfaction to complain. But to whom could such complaints about the fate of books— of reading itself— be better addressed than to you? (Borges, it’s been ten years!) All I mean to say is that we miss you. I miss you. You continue to make a difference. The era we are entering now, this twenty-first century, will test the soul in new ways. But, you can be sure, some of us are not going to abandon the Great Library. And you will continue to be our patron and our hero.”

Susan Sontag, 14 de Junio de 1996.

“Usted fue ciertamente un producto de su época y su cultura, y aun así fue capaz de trascenderlas en formas que parecen en verdad mágicas. Ello tiene que ver con la amplitud y generosidad de su cortesía. Usted fue el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores,  y también el más ingenioso. También esto tiene que ver con una natural pureza de espíritu.”

“Usted poseyó un sentido del tiempo que era diferente al de otras personas. Las ideas comunes de lo pasado, presente y futuro parecían banales según su mirada. A Usted le agradaba decir que cada instante del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, quien escribió: “el presente es el instante en el que el futuro se derrumba en el pasado”. Eso era, por supuesto, parte de su modestia: su gusto por hallar sus ideas en las ideas de otros escritores.”

“La serenidad y la trascendencia de sí que Usted representó han sido para mí ejemplares. Usted demostró que no es necesario caer en la infelicidad, aun cuando le sea a uno evidente e ineludible la naturaleza terrible de todo lo que nos rodea.  En alguna parte Usted dijo que un escritor –delicadamente Usted agregó: la gente- debe pensar que todo lo que le sucede es un recurso. (Hablaba Usted de su ceguera).”

“Los libros no sólo son la arbitraria suma de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos prodigan un modelo para nuestra propia trascendencia. Hay personas que piensan en la lectura sólo como una suerte de evasión: un escape de un mundo cotidiano a un mundo imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más que eso. Son un modo de lograr ser completamente humanos.”

“Lamento tener que decirle que ahora debemos considerar a los libros como especies en peligro. Por libros, me refiero también a las oportunidades de dedicarse a la lectura y así hacer posible la literatura y sus efectos sobre el espíritu. Pronto, se nos dice, podremos disponer en “pantallas” de cualquier “texto” a voluntad, y podremos cambiar su apariencia, hacerle preguntas, “interactuar” con él. Cuando los libros devengan textos con los que interactuemos de acuerdo a criterios utilitarios, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de una realidad, la nuestra, dictada por la publicidad televisiva. Es éste el glorioso futuro que está siendo creado y que nos es prometido como más “democrático”.  Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la introspección – y la del libro.”

“Querido Borges, le ruego entienda que no siento satisfacción alguna en la queja. ¿Pero, si no a Usted, a quién dirigir las quejas acerca del destino de los libros -y de la lectura misma? (¡Borges, han pasado diez años!) Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño.  Usted sigue inspirándonos. La época en la que ahora nos adentramos, el siglo XXI, pondrá a prueba nuestro espíritu de maneras distintas. Pero, puede estar Usted seguro, algunos de nosotros no abandonaremos la Gran Biblioteca. Y Usted seguirá siendo nuestro mentor y nuestro héroe.”

Traducción de H.B.

Susan Sontag murió en Diciembre de 2004. Fue apenas testigo, por lo tanto, de la evolución del libro, de su parcial conversión al formato electrónico y de su difusión y multiplicación bajo apariencias novísimas. Si bien sus palabras resuenan con afecto hacia la figura de Borges (el conocerlo en persona no inspiraba otra cosa), ciertas líneas de la carta rebosan de escandalizado temor hacia la transformación que barruntaba. Fue una reacción común, colectiva, en cierto modo corporativa, de muchos escritores y autores. Esos miedos, hoy, se han desvanecido, aunque no del todo. El espanto hacia el futuro suele revelar una cierta ignorancia del pasado.

Quizás antes que buen autor deba uno tratar de ser un acabado lector, y quizás tal cosa sea empresa más difícil. Malos libros (o textos, como gimen las líneas de Sontag), malos escritores y malos lectores han existido desde Homero hasta ayer y aun hoy, y nada de eso cambiará hasta que el tiempo se fatigue: el talento es escaso, el genio es casi inhallable, la gratitud del público para con el artista suele ser rara y tardía. Las amenazas al libro y a la lectura no se han dado, como sospechaba Sontag, desde el ámbito del libro o la tecnología, sino, como la lógica prescribe, desde las zonas que siempre le han sido hostiles: el culto de la imagen, la oralidad por sobre la redacción, el acto por sobre el pensamiento, la censura, la ideología del control y supervisión de los contenidos. Han diluido más potenciales lectores los intelectuales que han cultivado el irracionalismo y el hábito de la destrucción cultural del Occidente que el best-seller y el folletín. Pensar que los siglos que nos precedieron albergaron sólo a grandes autores y a grandes obras es desconocer que muchos de ellos las escribieron en la pobreza y la soledad, cuando no el rechazo y la ignominia, que autores mediocres y aun pésimos fueron exaltados hasta que el fraude se descubriera (o prosiguiese su perpetración), y que el éxito de un moderado escritor es hoy más alcanzable precisamente gracias a la profusión de los aparatos de reproducción cultural que tantos intelectuales desprecian. Olvidan tal vez escenas en las que Proust, agotado por la redacción de su obra máxima, pagaba con generosidad a unos músicos para escuchar alguna sonata de Schubert en su descanso. Hoy es sencillo escribir en compañía de Schubert por una suma razonable, a cualquier hora del día, en cualquier cuarto de la casa. La Cultura (la mayúscula es deliberada) está allí para casi cualquier persona que desee gozar de ella (al menos en los territorios en donde, al decir de Marx, y contrariamente a lo que opinan los marxistas, afortunadamente ha penetrado el capitalismo). Quien no puede hacerlo, las más de las veces, es porque no lo desea. No es achacable al universo de las invenciones que se prefiera un film de acción a la obertura de Das Rheingold. Lo que fue privilegio de la nobleza y de las clases acomodadas es ahora patrimonio de gran parte de la humanidad. Un simple ordenador casero lo ha hecho posible.

Ignoramos cuál hubiera sido la reacción de Borges ante la irrupción del e-book; no era, de acuerdo a Bioy Casares, un cultor del medio audiovisual o de la novedad; Bioy lo retrata como un detractor de la imprenta. Pero Borges frecuentemente exageraba, bromeaba, instaba a que no se lo tomara demasiado en serio, ni aun un poco. Tal vez desde su ceguera hubiera gustado acariciar, luego de un largo período de amistoso adoctrinamiento (comida tras comida en casa de Bioy), la fría superficie de la Enciclopaedia Britannica de 1911 bajo una pantalla opaca.

Hadrian Bagration

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Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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