Hadriana: Idle Things Bagration

James McNeill Whistler: Nocturne in Grey and Gold, Chelsea Snow, 1876. Freer Gallery, Washington.
James McNeill Whistler: Nocturne in Grey and Gold, Chelsea Snow, 1876. Freer Gallery, Washington.

Es extraño, a la vez descortés, hablar de sí mismo. Me referiré, entonces, al idioma. Del francés sabemos que es profuso en sonidos gratos; el italiano es considerado vivaz; el alemán, marcial. Hay quienes sienten fervor por lenguas eslavas u orientales; en ocasiones, un idioma se aprende por razones equivocadas: no para gozar de su literatura (debiera ser ésta la causa principal) sino para entablar cópula comercial o para compartir la tristeza de un odio: conozco, aunque suene a fantasía, anglófobos que estudian alguna lengua, cualquiera sea, contra el inglés. La austeridad intelectual es también una forma de la pobreza.

He escrito demasiado en español. El adverbio no quiere denotar hartazgo sino abuso; nada de lo que he redactado merece permanecer. Borges sentía que su destino era la lengua castellana, el bronce de Francisco de Quevedo. De los padres de Kafka se arguye que hablaban una variante occidental del yiddish; burlonamente se lo conocía como  Mauscheldeutsch, el alemán de Moisés. Con prudencia urgieron a sus hijos a dedicarse al alemán de la tradición germana. Józef Korzeniowski, cuando no era Joseph Conrad, un polaco nacido en la actual Ucrania bajo dominio de Varsovia, dialogó en media docena de lenguas antes de establecerse con incierta comodidad en Londres y en el inglés.

Hasta Shakespeare, el inglés fue un idioma que habitaba la oscuridad; los cuentos de Chaucer apenas habían logrado sacudir el letargo. Prevalecían las afrancesadas cortes, el imperio español, la supervivencia del deformado latín como lingua franca. El lento ascenso de Inglaterra nos obsequió no sólo a Hamlet sino también un rey que muere suplicando una montura, la meticulosa labor de Gibbon (the awful revolution), la bíblica emulación de los profetas que fue Lincoln en Gettysburg, la feroz promesa de Churchill; Wilde recitando ese injustamente olvidado poema que mereció todos los elogios, Ravenna, pensado a la usanza de Pope (Byron, thy crowns are ever fresh and green); la línea de Byron que es feliz y rigurosamente intraducible: She walks in beauty, like the night. Lo explicó Robert Frost: Poetry is that which is lost out of both prose and verse in translation.

Cervantes aconsejaba a los historiadores ser “… puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les haga torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.” Cabe a los escritores la admonición; la de hablar, sea una o múltiple la lengua en la que se expresen, en un común idioma, el de la nostalgia.

H.B.

Hadriana: Idle Things Bagration

 

 

 

 

 

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Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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