Jack el Islamizador

Walter Sickert: The rose shoe, ca. 1904-1905. Colección privada.
Walter Sickert: The rose shoe, ca. 1904-1905. Colección privada.

De seguir la teoría del experto investigador del FBI Robert Ressler, el fracaso conjunto de Scotland Yard y la policía londinense en atrapar al Destripador debe achacarse a la equivocada elección del perfil criminológico que los llevaría hasta el homicida. Ressler asegura en uno de sus libros sobre crímenes y serialidad que el escurridizo Jack, quien se alzara con al menos cinco víctimas antes de retirarse misteriosamente de la escena pública, no era un miembro de la familia real ni un prestigioso médico afectado por las manías del señor Hyde; mucho menos un matarife judío o un hechicero, esto último según sugiriera el reidero ocultista Aleister Crowley. En opinión de Ressler, se trataba de un varón que contaba con no más de cuarenta años, heterosexual (cada asesino mata al género que es objeto de su deseo), habitante del sórdido distrito de Whitechapel, escenario de los ataques (pues es sabido que conocía bien los vericuetos de huida que ofrecían sus callejones), perteneciente a la clase baja o media baja (un aristócrata o tan sólo un caballero de atuendo elegante paseándose por la zona del bajo mundo hubiera hecho sonar la alarma para los cientos de agentes y patrullas de vecinos que vigilaban cada esquina; también un aristócrata que fútilmente ansiare hacerse pasar por pordiosero). En suma, un individuo capaz de esconderse entre la multitud de harapientos que el Londres victoriano toleraba merced a las dádivas otorgadas por las asociaciones de damas de caridad y los dones concedidos por la buena de Dios.

Una frenética mitología reemplaza, casi siempre, a la aburrida realidad de los hechos. Jack era muy probablemente un hombre común, de inteligencia algo menos que moderada, cuyas fáciles presas eran mujeres arrojadas al riesgo de la prostitución callejera por obra de la desesperación y de la indiferencia con que las décadas tardías del siglo XIX observaban la inequidad social. Cierta imaginación no exenta de respetuoso asombro lo convirtió en un asesino genial, quizás un artista del cuchillo. Es válida la aseveración del criminólogo Steven Egger: si un ser humano ha estado menos vivo –es decir, ha sido  invisible y hasta indeseable para la sociedad circundante, como lo son las prostitutas, los homosexuales, los adictos a las drogas, los sin techo y los ancianos, entre otros- estará menos muerto una vez que algún émulo de Jack haya consumado su trabajo. Ese desprecio apenas velado hace del caso un reporte olvidado, estrecha la implícita alianza entre las despreocupadas autoridades y el matador, y amplía para éste la permanencia en depredadora libertad en su  coto de caza.

Entre la miríada de cosas que ignoro se halla el hecho de saber si en alguna otra parte del planeta, además de en la República Islámica de Irán, existe en la múltiple mente de la población (la casi exclusivamente masculina) gloriosa aquiescencia para con los crímenes de un asesino serial, en tanto su cosecha se limite a los campos habitados por las castas de parias detalladas más arriba. Fue durante la sequía del árido año 2000 que en los baldíos de Mashhad, una ciudad en el noreste de Irán, comenzaron a verse los cadáveres de empobrecidas mujeres envueltos de pies a cabeza en el obligatorio chador. En Julio del año siguiente fue arrestado Said Hanaei, un albañil, habitante de uno de los vecindarios menos favorecidos de Mashhad, veterano de la guerra que enfrentara a su país con Iraq durante la mayor parte de la década de los ochenta. Ese conflicto causó en el bando iraní la friolera de más de medio millón de muertos. Dado que la maternidad en el islamismo concebido por Irán es una función, la mayoría de las viudas son a su vez madres, muy jóvenes. No es sencillo encontrar trabajo en una economía que discrimina malamente al sexo femenino y cuyos recursos están dirigidos a fabricar los medios para aplastar a Israel en lugar de producir infraestructura y bienes de consumo. Hanaei  prometía  una  magra pero alentadora  compensación en metálico o en alimentos y atraía a las desdichadas mujeres a su casa, en donde  morían  estranguladas  luego de la  violación. Esta metodología envolvente la valió el mote de la araña de Mashhad.

Hanaei asesinó con éxito en dieciséis ocasiones. La décimo séptima vez, quizás en razón de su satisfecha soberbia, un descuido permitió escapar a la mujer, quien lo denunció a la policía, la que hasta entonces poco había hecho para dar con él. Hanaei fue juzgado y condenado a muerte a fines de 2001. La sentencia causó desmayo en los círculos clericales de Irán. En la docta opinión de los mullahs, Hanaei había llevado a cabo una cruzada contra el vicio, deshaciéndose de los elementos más dañinos para el delicado sentido de la moral islámica. La particular perspectiva del código penal iraní llama a los pecadores desperdicio de sangre y se alegra con su eliminación. Esta visión era compartida por vastos sectores del mundo varonil de Irán, y por el propio Hanaei, el que aseguraba contar con la aprobación de su dios en la comisión de los asesinatos, a los que denominaba, en su sencillo vocabulario, limpieza. Su hijo Alí, de catorce años, juró continuar la obra de su padre en cuanto le fuera posible. Los grupos paramilitares más duros (todos lo son en Irán), como Ansar-e Hizbollah (literalmente, los ayudantes del Partido de Dios), amenazaron con amotinarse si Hanaei era ejecutado. El periódico ultraconservador Jomhuri-e Islami (órgano oficioso del Estado islámico) protestó en un editorial que no era Said Hanaei quien debía afrontar el patíbulo, sino “las propiciadoras de la corrupción”, y clamó por manifestaciones populares en favor del nuevo héroe de la república, las que no se hicieron esperar. Aun así, gobernaba en esos días a Irán el relativamente moderado Mohammad Khatami. Ansioso por mejorar las relaciones diplomáticas y comerciales con Occidente, y a despecho de las autoridades religiosas, presionó para que la sentencia se cumpliese y de ese modo evitar que Irán consolidase su imagen de país salvaje. No es  inimaginable que esta señal de acercamiento a los valores occidentales acelerara su caída. Un gesto similar difícilmente hubiera lugar en tiempos del obtuso Ahmadinejad.

Said Hanaei fue ahorcado el 8 de Abril de 2002 en presencia de los familiares de sus víctimas. Alguien, bendecido desde el poder que se cree bendito por Alá, perseverará.

Hadrian Bagration

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Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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