Berlín 1936: Los laureles del nazismo triunfante

Luc-Olivier Merson: Le soldat du Marathon, 1869. Colección privada.
Luc-Olivier Merson: Le soldat de Marathon, 1869. Colección privada.

Se lee en Megaevents and Modernity: Olympics and Expos in the Growth of Global Culture, del sociólogo Maurice Roche, que la disputa por la sede de los Juegos Olímpicos de 1936 fue corta. Sólo dos ciudades se presentaron a la elección: Barcelona y Berlín. Los integrantes del Comité Olímpico Internacional se inclinaron con claridad por la última por cuarenta y tres votos contra dieciséis. Es verdad que en el año de la concesión, 1931, el nazismo aún no había llegado al poder, pero también que dos políticos aspectos de la realidad eran a su vez ciertos: el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes, cuyo líder era Hitler, se había alzado con el 18% de los votos en los comicios del 14 de Septiembre de 1930, cinco veces la cantidad que había obtenido en 1928, y había logrado arrebatar ya no doce humildes asientos en el Reichstag sino unos altivos ciento siete. El Comité Olímpico fue agudo previsor de los cambios que afectarían al mapa político alemán y se postró ante las circunstancias; al mismo tiempo, desairó a la República Española, destinada a perecer bajo el franquismo.

Ya Führer y Canciller del Reich, Hitler no dejaría escapar la oportunidad de congraciarse con sus simpatizantes en todo el mundo, la Argentina incluida, a través de la magnificencia de la Olimpíadas. No fue así desde un principio: Hitler temía que el hasta el hartazgo mentado espíritu de confraternidad universal de las Olimpíadas, fructíferamente comercializado por el impulsor de éstas, el furiosamente antisemita Pierre Frédy, barón de Coubertin, se inmiscuyera en su proyecto de redimir a Alemania de las aberraciones de los extranjeros sin sangre nórdica. Fue Goebbels, Ministro de Propaganda y maestro involuntario del más insignificante Raúl Alejandro Apold, detentador de la misma función durante el primer peronismo desde la Subsecretaría de Informaciones y Prensa de la Nación, quien convenció a Hitler de aprovechar esa vidriera al mundo. Un curioso ensayo que pretende ejercer la defensa de Apold en virtud de su apoyo pecuniario a la cinematografía argentina, minimizando su ofidio trabajo de censor será objeto de análisis en otras páginas.

Hitler y el barón de Coubertin compartían credos y objetivos similares, aun cuando sus métodos divergiesen. En uno de sus soporíferos libros, Coubertin se declara admirador de la educación inglesa y su énfasis en el deporte como método de supresión de los impulsos eróticos, perversión que fue denominada cristianismo muscular. Debe admitirse que los británicos, si bien culpables de la mayoría de las irrelevancias con cabeza de deporte que saturan al universo, no elevaron a esta tontería al nivel de una forma consistente de la ideología política. Coubertin hace explícita su fe en el racismo y la eliminación de los débiles que más tarde sus discípulos alemanes pondrían en práctica:  « Il y a deux races distinctes : celles au regard franc, aux muscles forts, à la démarche assurée et celle des maladifs, à la mine résignée et humble, à l’air vaincu. Hé bien ! C’est dans les collèges comme dans le monde : les faibles sont écartés, le bénéfice de cette éducation n’est appréciable qu’aux forts. » (Hay dos razas distintas: aquélla de mirada franca, músculos fuertes, andar orgulloso, y la de los enfermos, con el rostro resignado y humilde, de aspecto derrotado. ¡Pues bien! Sucede en los colegios como en el mundo: los débiles son descartados, el beneficio de esta educación no es valioso sino para los fuertes). La ausencia del desprecio a las mujeres sería un crimen en los vericuetos del pensamiento de Coubertin : « Une olympiade femelle serait impratique, inintéressante, inesthétique et incorrecte. Le véritable héros olympique est à mes yeux, l’adulte mâle individuel. Les Jeux Olympiques doivent être réservés aux hommes, le rôle des femmes devrait être avant tout de couronner les vainqueurs. » (Una olimpíada femenina sería impráctica, nada interesante, nada estética e incorrecta. El verdadero héroe olímpico es, a mis ojos, el individuo varón adulto. Los Juegos Olímpicos deben estar reservados a los hombres, el rol de las mujeres debiera ser ante todo coronar a los vencedores). Es una pena que Pierre de Coubertin no haya vivido lo suficiente para contemplar la impúdica semidesnudez de las competidoras femeninas. Su muerte, acaecida en 1937, tampoco le obsequió la visión de la destrucción de la raza maldita: « La haute finance israélite a pris, à Paris, une influence beaucoup trop forte pour ne pas être dangereuse et qu’elle a amené, par l’absence de scrupule qui la caractérise, un abaissement du sens moral et une diffusion de pratiques corrompues. » (La alta finanza israelita ha tomado, en París, una influencia demasiado fuerte como para no tornarse peligrosa, y ha dado lugar, gracias a la ausencia de escrúpulos que la caracteriza, a una caída del sentido de la moral y a una difusión de prácticas corruptas). Tal el fundador de uno de los pasatiempos con mayor prestigio del planeta.

El historiador Richard Mandell (The Nazi Olympics) asegura que Goebbels fue asimismo seducido por las profecías de valederos dividendos que había oído de la boca de Carl Diem, secretario general de la Deutscher Reichsausschuss für Leibesübungen (DRL), la Liga del Reich Alemán para los Ejercicios Físicos, a quien se promovió al mismo puesto en el Comité Organizador de los Juegos de 1936. Vale la pena relatar esbozos de las historias secreta y pública de las gestiones de Diem: éste se había librado de su amigo y superior en la DRL, Theodor Lewald, merced a una denuncia que revelaba un imperdonable defecto en la genealogía de este hombre: una abuela paterna judía. La victoria de Diem fue corta: poco después debía reconocer que su esposa era de origen hebreo. El desastre que se cernía sobre las vidas de ambos burócratas pudo ser conjurado gracias a la interferencia de un personaje que dejaría tras sí un enorme legado de imbecilidad.  Hans von Tschammer und Osten  ha de ser considerado el segundo ideólogo moderno de la sádica fusión entre política y deporte y promotor de la enseñanza de la educación física en las escuelas como forma de control del pensamiento y la sexualidad de la infancia y la adolescencia; nos ocuparemos en breve del primero. A von Tschammer und Osten no podía imputársele más que límpidos antecedentes arios; fue así que se le confió la dirección de la DRL luego de que Lewald y Diem fueran ahuyentados de sus cargos. Éstos hallaron los medios para mover su clemencia, una muestra más de la doble moral que habitaba en las esferas menos llanas del nazismo: en Julio de 1933 von Tschammer und Osten es designado Reichssportführer; desde esa omnipotencia reintroduce, en complicidad con Goebbels, tanto a Diem cuanto a Lewald en la organización de los Juegos Olímpicos. Como propagador de la alianza entre el deporte y lo más reaccionario de la política, ordena la publicación de una obra en cuatro volúmenes cuyo título, Sport und Staat, es indicio de su contenido; el trabajo es prohijado por el antiguo campeón de remo Arno Breitmeyer y el fotógrafo personal de Hitler, Heinrich Hoffmann. Sólo dos de los tomos vieron la luz, pero son suficientes para clasificar al estudio como repugnante: además de los ya insoportables libelos contra los judíos y la exaltación de la germanidad, Sport und Staat abunda en la equivalencia entre un cuerpo poderoso aunque comedido y la pureza de los pensamientos. Ya transcurrida la infamia de esas Olimpíadas, en las que von Tschammer und Osten apartó a los atletas judíos de la posibilidad de formar parte de la delegación alemana, la DRL cambió su nombre por  el de Nationalsozialistischer Reichsbund für Leibesübungen (Liga Nacional Socialista del Reich para los Ejercicios Físicos); su espíritu marcial y su filosofía deportiva que apuntaba a la preparación para la guerra continuaron, sin embargo, intactos.

La inspiración que moviera a von Tschammer und Osten a perseguir esos ideales ascéticos y sudorosos tenía raíz en una exótica figura del romanticismo histórico alemán: el pedagogo y nacionalista Friedrich Ludwig Jahn, precursor de von Tschammer und Osten, acérrimo opositor a la Francia revolucionaria, propagador de la actividad física como ideología sostenedora de la tradición. A pesar de todos los intentos por reivindicar su persona que periódicamente lleva a cabo el revisionismo de varias índoles, Jahn es tan asimilable al pensamiento del nacional socialismo que el esfuerzo que debe hacerse para enlazar sus doctrinas con las de Hitler es mínimo: Jahn bregaba por una Alemania libre de la influencias externas, como la intromisión francesa,  la subhumanidad de los polacos y, huelga escribirlo, de los judíos. Como se manifestaba en contra del dominio absoluto de la nobleza, sus defensores tratan de ubicarlo en el conjunto de pensadores que hacen apología de la modernidad; en rigor de verdad, Jahn era un völkisch, un partidario del conservadurismo populista que descree de la capacidad de la aristocracia de someter a las masas y es por lo tanto sostén de la creación de nuevas formas políticas que integren a las despreciadas muchedumbres, ilusoriamente, a la administración del Estado. No son otros los puntos de partida del fascismo, ni es otro el camino que conduciría a la entonces Confederación Alemana a Hitler. Jahn es citado con admiración por Breitmeyer en Sport und Staat y es objeto de culto por parte de uno de los más conspicuos apologistas del nazismo, Alfred Baeumler, quien lo enaltece en una monografía de 1940 como el gestor de un proyecto político de cultura física que dará a Alemania millones de atletas-soldados.

La única persona que ha sido alguna vez expulsada del Comité Olímpico Internacional fue Ernest Janhcke; la razón fue haberse opuesto a la participación de los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Berlín. Fue reemplazado en Julio de 1936, a semanas del inicio de la competencia, por un burócrata que justificaba su flamante puesto gracias a los contactos de su empresa constructora con las altas esferas de los intereses alemanes en los Estados Unidos. Avery Brundage garantizó a Diem la puntual asistencia de su país a los Juegos tras una visita a Alemania luego de la cual concluyó que esa nación prodigaba a sus ciudadanos una trato rebosante de la más paternal normalidad. Brundage eligió desoír los reportes que informaban de la existencia de campos de concentración, como el de Dachau, puesto en funcionamiento en Marzo de 1933, y de las infamemente públicas y notorias Nürnberg Gesetze, las leyes de Nuremberg, promulgadas el 15 de Septiembre de 1935, las que prohibían el matrimonio y las relaciones sexuales entre judíos alemanes y alemanes que no eran judíos (el castigo más severo se reservaba para los primeros) y despojaba a las personas de origen judío de la ciudadanía alemana; a partir de entonces se convertían en meros habitantes y no podían esperar ninguna protección legal desde el poder. Como recompensa por su ceguera, sordera, mudez y venalidad, la compañía constructora de Brundage fue seleccionada para remodelar la embajada de la Alemania nazi en Washington a un año de acabadas las Olimpíadas.

Es preciso, llegados a este punto, realizar una amarga aclaración: a mediados de la década de los treinta, los Estados Unidos no se avergonzaban de empañar su reputación con una política de segregación racial que excluía a la población negra de casi todos los derechos de los que gozaban los estadounidenses cuyo origen se consideraba correcto. Aunque diferentes en su grado y virulencia, la Alemania nazi y los Estados Unidos concordaban en la justificación de la desigualdad inherente a las razas humanas que popularizara el reinado de la eugenesia. Principiando en 1894, la Immigration Restriction League exigió imponer un examen de alfabetismo a todos los aspirantes a residir en los Estados Unidos, sostenido en la creencia de que los índices de alfabetización eran más bajos en las razas inferiores. Entre 1907 y 1963 (es decir, hace unos minutos, en términos históricos) los Estados Unidos llevaron a cabo más de sesenta mil esterilizaciones forzosas en personas consideradas indignas de reproducirse, como sordos, alcohólicos, débiles mentales, individuos de vida disipada y, por supuesto, homosexuales. Al frente de esta campaña del buen nacer se hallaba el agrimensor Paul Popenoe, autor del opúsculo Sterilization for Human Betterment: A Summary of 6,000 Operations in California, 1909-1929, quien fue el impulsor de las clínicas matrimoniales a comienzos de 1930. Por intermedio de éstas, se buscaba proteger la integridad y cohesión de las familias catalogadas como merecedoras de la reproducción, en tanto la esterilización se encargaría de impedir que los subhumanos fornicaran fuera del matrimonio. Para eterna ignominia de los Estados Unidos, los juicios de Nuremberg, acaecidos luego de la derrota del nazismo, revelaron que éste se había basado completamente en las leyes raciales y segregacionistas estadounidenses para llevar adelante su propio programa de exterminio. El volumen de Stefan Kühl The Nazi Connection: Eugenics, American Racism and German National Socialism confirma que, lejos de ser un acto de propaganda castrista o una exageración, esa comunión de ideales entre la reacción radical estadounidense y el régimen nazi fue, tristemente, real hasta la extrema crueldad.

Avery Brundage saltó a la escena pública por un acto que le valió elogios desde casi todo el espectro político. Durante el viaje que la conducía a Europa, la delegación estadounidense celebró una fiesta en la que se bebió moderada o inmoderadamente, no hay acuerdo al respecto. Brundage decidió suspender de la competición a la nadadora Eleanor Holm, aduciendo que su conducta había sido reprochable para lo que era de esperarse del cándido honor de una dama. Holm había alcanzado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Los Angeles en 1932; todos los conocedores esperaban que repitiese su victoria cuatro años después. El estricto rigor moral de Brundage privó a los Estados Unidos de una conquista. No obstante, su rígido concepto de la decencia decaería con los años: en 1951 y 1952, Brundage, que se había desposado en 1927, tuvo dos hijos extramatrimoniales con su amante finesa, a los que se negó a otorgar reconocimiento legal, pero, es justicia señalarlo, no desprotegió económicamente, en tanto aquéllos implicados en su affaire supiesen guardar amable discreción. Días antes de la inauguración de las Olimpíadas de Berlín, la policía arrió con grupos de gitanos de la etnia Sinti y los encerró en un gueto en el barrio de Marzahn.

El final de esta historia es conocido: Alemania arrasó en el medallero olímpico, la nazismo emergió fortalecido de la competencia, el mundo otorgaba a Hitler un salvoconducto para proseguir la represión, la discriminación, la efusión de sangre. Casi una década después, entre las ruinas de Berlín, pocos recordarían (quizás pocos habrían sobrevivido para recordarlo) que la caída, la lenta caída de Alemania en el polvo del horror comenzaba, casi ingenua, de seguro fervientemente, con unos inútiles juegos de niños sudorosos.

Hadrian Bagration

 

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Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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