Periplo de Manfred Bauer

Carl Heinrich Bloch: Sansón y los filisteos, 1863. Statens Museum for Kunst, Copenhagen.
Carl Heinrich Bloch: Sansón y los filisteos, 1863. Statens Museum for Kunst, Copenhagen.

El 8 de Mayo de 1945 el Unterseeboot 862 se refugia en el puerto de la bahía de Singapur, ocupado por los japoneses, y su tripulación, ya formalizada la capitulación del Reich, se desbanda. La mayoría permanece en tierra; no ignoran que el Japón caerá en cuestión de meses y que cualquier sitio en el mundo es preferible a rendirse ante el Ejército Rojo; ya llegarán los americanos. Manfred Bauer, tentado por la promesa de un edén de comida y mujeres al otro lado del Pacífico, se embarca hacia California. Tiene dieciséis años. Alguien le entrega papeles falsos con su nueva y borrosa fotografía y un nuevo nombre; allí figuran un mendaz lugar de nacimiento  y se le agregan, para eludir interrogatorios, un par de años. El viaje toma un mes; junto a él se amontonan hombres de varias naciones. Nadie habla su idioma. Los días son largos y mudos.

El arribo es nocturno y violento: es descargado como mercancía y uncido a cadenas. Su juventud lo empuja a la timidez y ésta a la obediencia; ve cómo hombres que se rebelan son reducidos a golpes de vara; algunos mueren. Es arrastrado hasta una máquina torpe, que debe empujar, como una res terca y moribunda. A la sorpresa y el oscuro azoramiento suceden el hábito y la resignación: es alimentado un par de veces al día, duerme según el humor de sus captores. La máquina se niega a proseguir tras un cierto y dilatado lapso; es trasladado a campo abierto, en donde se lo instruye a recoger cosecha. Deduce que esos movimientos implican transacciones en las que es vendido y comprado, como las bestias. Empieza a perder la cuenta del tiempo.

Han transcurrido varios oficios; es hábil y ha sabido aprenderlos todos. De sus antiguos compañeros nadie ha sobrevivido. Ha hecho amistades nuevas y ha ejercido fragmentos de otras lenguas: es, de modo rudimentario, un erudito. Sabe que ha envejecido. Sólo echa de menos no haber conocido mujer.

La tarde del estrépito Manfred Bauer se ocupa de la confección de atuendos. Es la policía. Observa cómo sus carceleros, que han cambiado nombres y rostros tantas veces, son capturados. Bauer, luego de tantos años, es lanzado al afuera libre de cadenas. Pregunta la cifra del año que corre: 1980. Es sólo un número. En el hospital, se enfrenta luego de mucho tiempo a un espejo. Ve a un anciano.

Un oficial se encarga de las declaraciones. Cuando oye el nombre de Bauer, pregunta por su padre. Bauer confiesa desde su cama que desciende de un algo encumbrado jefe alemán. El oficial le revela con tristeza que el hombre, el padre de Bauer, fue Gasmeister del campo de exterminio de Sobibór, que fue juzgado y sentenciado a una vida en prisión por los Aliados, y que ha fallecido ayer, el 4 de Febrero de 1980, el día de la liberación de Manfred. Y agrega: “Mi padre tenía dieciséis años cuando fue enviado a Sobibór. Era su turno de pisar la cámara de gas, cuando por alguna razón su padre de usted, que supervisaba todo el sendero del mecanismo de aniquilación, se apiadó de él. Era casi un niño, tal vez le recordara a usted, su propio hijo. Lo destinó a un campo de trabajo en Buchenwald. El 11de Abril de 1945 llegaron los americanos. Ignoro por qué mi padre no fue evacuado hasta principios de Mayo. No quiso quedarse en Europa. Lamento la muerte de su padre, que no cesó de preguntar por usted, lamento su desgracia, lamento que nuestro encuentro sea en estas circunstancias. Por favor, acepte mis condolencias. De algún modo, mi padre y yo estamos en silenciosa deuda con usted y el suyo.” 

H.B.

 

 

Categories: Lentitudes

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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