Soy barbarie

Johann Eckstein: Rioters Burning Dr. Priestley's House at Birmingham, 14 July 1791, (1791). Susan Lowndes Marques Collection.
Johann Eckstein: Rioters Burning Dr. Priestley’s House at Birmingham, 14 July 1791, (1791). Susan Lowndes Marques Collection.

El viernes 9 de Septiembre de 1988, en otra de las huelgas desplomadas sobre el gobierno radical por la pomposamente autodenominada Confederación General del Trabajo (el brazo laboral, en ocasiones armado, del peronismo), la esquina de la calle Perú y Avenida de Mayo fue reducida a escombros por el sempiterno vandalismo argentino; un tradicional comercio de ropa masculina de Buenos Aires sufrió solemne saqueo. Las imágenes causaron breve estupor, y quienes las presenciaban estaban lejos de imaginar que la escena, como las muertes en las tragedias de Shakespeare, se multiplicaría: Argentina es tierra fértil para la concepción y exitosa evolución de lo perverso. La letanía que intentó justificar el fenómeno explicó que en la fiesta popular habíanse infiltrado grupos de revoltosos rentados; nada debía el pueblo temer, puesto que sólo se trataba de células minúsculas, incapaces de dañar la anatomía de la gran familia argentina.

Un cuarto de siglo más tarde, la célula ha devenido cáncer; la enfermedad ha arrastrado al enfermo a la impotencia y a la postración; la cura, si es que existe, luce lejana. En la Argentina, inseguridad, miedo, crimen, narcotráfico, precarización, pobreza, miseria, muerte, de constituir episodios, se han convertido en una pavorosa continuidad cuyo comienzo y dilatado desarrollo surgen en cualquier oportunidad, en cualquier sitio, bajo cualquier pretexto y sin excepción de víctimas; bastará que éstas sean más tarde culpadas de tentar o provocar al ofensor, y que los verdugos conozcan sus innumerables derechos a contribuir, desde sitios cada vez más destacados, al latrocinio. La vejación, en la sociedad argentina, es una vieja costumbre (recuérdense los crudos párrafos de El Matadero), sólo que ahora es alentada desde la ausencia de castigo y desde la necesidad política de contar con soldadesca fiel con la que amenazar a la tímida oposición y al votante tibio. El peronismo solía creer en la obligación de cooptar líderes de provincia y de municipio; ahora sabe que la boga es lidiar, con tacto y diplomacia, con organizaciones delictivas; donde no existan, las creará.

¿Qué ha sucedido en los estamentos social y político para que este país circunde la desintegración que cada cuatro años se intenta desandar mediante la apelación al tedio del fútbol, y que suele acabar en fracaso? Muchas cosas, pero podemos permitirnos sufrir santo horror por una: la elevación a sitiales de poder, de toma de crasas decisiones a personas de nula calificación, de flagrante deshonestidad y de manifiesta incapacidad. Un caso servirá para ilustrar a todos: escribió Juan Cabandié, diputado nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, encumbrado miembro de la tenebrosa hermandad que rinde culto a la memoria de un orate servil, La Cámpora, las siguientes ominosas palabras: “Soy peronista, maradoniano, populista, negrero (sic; ignora que ese término define al tratante de esclavos de color). Ante la disyuntiva planteada por Domingo Faustino Sarmiento, yo estoy con la barbarie.” Sarmiento, que te sacó del Egipto del desierto iletrado y del planificado atraso de Rosas. Barbarie, aquello contra lo que combatieron miles de fusiles en El Alamein y Normandía. Desde la autoridad, Argentina engendra estos candidatos; desde la ciudadanía, los elige; desde el poder, los perpetúa con puntillosa puntualidad. Como Odiseo ante la sombra de Aquiles en el Hades, sólo resta refugiarnos tras la toga viril y ceder al llanto.

Hadrian Bagration

Categories: Ferocidades

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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