El imperio de Alejandro

Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.
Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.

Sometido Poro a orillas del Hidaspes, Alejandro ordena avanzar sobre otro río, el Hyphasis, y acometer al próximo reino bárbaro. Los soldados ceden al temor: la tierra es húmeda y oscura, las lluvias constantes los envuelven en un hálito putrefacto; desean el regreso a casa. El ejército coquetea con el motín; Alejandro responde con astucia: se encierra en su tienda y no consiente en ser visto por tres días (la cifra, aplicada a otra leyenda, será profética). Sus generales se inquietan; visitan tímidos la tienda y preguntan al gran rey si algo necesita. Ser obedecido, contesta Alejandro. Las tropas se resignan; miles de mensajes son enviados a Grecia, entre lágrimas: la Hélade será un recuerdo aun para los que en esos suelos cenagosos moren como fantasmas. Alejandro traspasa el Hyphasis y a su encuentro acude el total de la fuerza del imperio nanda: doscientos mil infantes, veinte mil jinetes, dos mil carros, mil elefantes. Los macedonios morirán con honor en medio del cieno y del fragor, pero antes de la embestida de las hordas Alejandro, la cabeza descubierta y sus cabellos rubios flotando sobre el huracán, se lanza a la guerra junto a un puñado de hetairos, casi solo. Tantos siglos después Shakespeare hará que Enrique V emule esa carga en Agincourt. Las falanges murmuran que en la punta de la lanza de Alejandro el brillo que enceguece a las primeras filas de los indios no es sino un destello del rayo, y el rayo es Zeus. Veinte mil hoplitas rugen el nombre del padre de los dioses y avanzan, casi a la carrera. Las flechas de los arqueros enloquecen a los elefantes; los caballos de los indios se derrumban, los carros son aplastados, mueren los infantes, los jinetes ruegan una montura para la huida. Sin perder un solo hombre, Alejandro es señor de la India, desde el océano hasta los Himalayas. Entra en la capital, Pataliputra, en donde la nobleza lo recibe con la prosternación. Tardará cinco años en dominar el sur, desde la meseta del Decán hasta Ceilán. Luego, su historia se pierde.

Dos versiones surgen: una habla de un voluntario regreso a Babilonia, en donde morirá, tras apacible vejez, hacia el año 286 antes de la Era Común. Otra afirma que su sed no se apagó en las aguas de la India y que su tropas, compuestas por hombres de todos los colores, prosiguieron hacia el Este. Murió parcamente. Fue enterrado bajo una sencilla tumba, quizás en las laderas del Hindu Kush, el Caucasus Indicus. Quizás haya querido que su lugar de reposo fuera secreto.

Dos siglos transcurrirán hasta que el imperio de Alejandro bordee las posesiones de los Chu. Cien años tomará la conquista de China. Es una época de rebeliones, revueltas y revoluciones en el imperio más vasto; finalmente todas son aplastadas. Hay paz, y la leyenda asevera que Alejandro reina, imperturbable, en la lejana Babilonia, a la que los habitantes del Este del inmenso reino imaginan como ciudad de magos y de prodigios. En el Occidente, los cortesanos negocian el reparto del mundo con Roma: las tierras al oeste de Grecia corresponden a los latinos; el inconcebible mundo oriental es macedonio, es de Alejandro. El Senado se pregunta si firma tratados con un espectro; Alejandro sólo parlamenta a través de embajadores que jamás lo han visto. Hacia lo que para nuestra cuenta del tiempo es el siglo XVI, los macedonios (sus descendientes, ya asimilados con persas, indios, tibetanos, gentes de la China, gentes de la Corea, mongoles, sármatas, escitas) bañan sus pies en el mar del Jumon, que los pacientes geógrafos denominan Yamato.

La orden llega con tardanza de Babilonia: al igual que Roma, el dominio de Alejandro será un imperium sine fine.  El 22 de mayo de 1703 ochenta mil hoplitas, diez mil hetairos, quinientos elefantes y cientos de máquinas de guerra desembarcan en lo que hoy hemos bautizado el Japón. La visión de los paquidermos aterroriza a los caballos de los samurái. Orgullosos del coraje individual, ignoran el combate en formación: una arremetida brusca de los hoplitas los desbanda. Se fuerza el suicidio del emperador para evitar su captura y su vergüenza; Kyoto es ocupada. Un contingente al mando de un general de razonable ascendencia macedonia pone sitio a Osaka; la atemorizada ciudad sucumbe. El general, cansado y polvoriento, bebe agua de un manantial. Una pareja se acurruca tras unos arbustos; para darse valor, cada uno empuña una daga con la que matará al otro. El general interrumpe la escena y los conmina a aceptar su presencia. Pregunta sus nombres a través de un intéprete: Tokubei es el varón, ella es Ohatsu. Él sirve a un mercader, ella a un burdel. El día de la invasión griega era el de su ejecución : Tokubei había sido falsamente acusado de robar la dote de la prometida que le había sido destinada, y a quien no ama; es reo de muerte, ella será marcada con el fuego y destinada a la servidumbre. Han resuelto, bajo la oportuna ocupación de los bárbaros más allá del mar, morir juntos.

Es viejo el general. Ha nacido en tierras de China, poco o nada conoce de esa leyenda dentro de la leyenda que es Grecia, y la leyenda de las leyendas, Babilonia y Alejandro. Se dirige con autoridad a los amantes: Vuestra felicidad tiene un precio. Llevaréis este mensaje a Babilonia, la guardia os guiará. Diréis al emperador que el Yamato es suyo, que yo existo y que le deseo, más allá de mi vida, aún más gloria. Comed, bebed, descansad. Mañana partiréis. Antes de despedir a la pareja, manda traer a los falsos acusadores: los hace crucificar. La justicia del Japón bajo gobierno macedonio será áspera. Tokubei y Ohatsu, en la madrugada, inseguros de su destino, hacen por primera y quizás última vez el amor.

Acompañados de un centenar de soldados, la pareja cruza el mar del Jumon hacia tierras coreanas. Desde allí emprenden el viaje que les tomará, casi exactamente, cincuenta años. Al final de la quinta década, solos (todos los soldados han muerto), ya ancianos, Babilonia abre sus puertas y permite que se postren ante el emperador, que no es sino un hombre al que llaman Alejandro; todos han sido llamados Alejandro, todos lo serán. Comunican el mensaje, conocen ahora docenas de lenguas: Yamato es provincia de Macedonia, el viejo general ha servido con eficacia y fidelidad. Alejandro, el que es ahora Alejandro, ofrece agasajarlos. Ellos cortésmente rehúsan: están enfermos y débiles, sólo piden la gracia de morir juntos, como en esa antigua madrugada en la que se unieron con el fervor de sospechar que era el goce último. A la mañana siguiente los hallan abrazados, sonrientes, muertos. Alejandro ordena que sean enterrados en su jardín, que es magnífico, y que un árbol sea plantado sobre su tumba. Cien años después, Alejandro, un otro Alejandro, consagra a los dioses el árbol, del que asoman dos flores que, como el imperio, no tienen fin ni principio, ni jamás se extinguen.

H.B.

 

Categories: Lentitudes

Hadrian Bagration

Hadrian Bagration is a humble and avid reader and perhaps an author. He pleads guilty to a few titles. He is also an enthusiastic but somewhat negligent follower of such intellects as those of the early Sartre, Albert Camus, Harold Bloom, Jorge Luis Borges, the French encyclopaedists, epistemologist Mario Bunge, Richard Dawkins and the insufferable (in today's ludicrous politically correct view) paleontologist Peter Ward. Beyond the above, and besides a vague vital skepticism and abhorrence of the cult of zeal, he is known for being unremarkably collected.

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