Libros

Los símbolos secretos

Los símbolos secretos. Diseño de tapa: Fabián Luzi.
Los símbolos secretos. Diseño de tapa: Fabián Luzi.

“Los Wiederman, antes ocupantes de una austera pero espaciosa casa de campo en Wernberg, se resignaban ahora a una suerte de sótano en donde Hannah amamantaba a Lemuel en la oscuridad, porque el dueño de la casa apagaba las luces y echaba candado a la puerta del sótano, para no correr el riesgo de que la familia judía huyera por la noche alzándose con parte del mobiliario. Cuando descubrió que el ligero resplandor que asomaba bajo la puerta del sótano era una tímida fogata que Hannah encendía para que su hijo no creciera en la lobreguez, amenazó con arrojarlos a la calle. Les permitió quedarse porque Elías accedió a doblar el precio de la renta, y porque Hannah accedió a obedecer a Elías cuando éste le indicó subir, sólo algunas noches al mes, a dormir con el dueño de casa. Como le aterraba que de esa unión, que lo eximía de convertirse en un vagabundo, naciese otro bastardo, Elías sugirió que Hannah y su locador sólo se abocasen al coito contra natura. Antes era preciso que lavase sus manos, porque al dueño de casa le repugnaba el barato olor a comida que permanecía entre sus dedos después de preparar la cena para su esposo. Un día después de que se sellara el pacto, el rabino a cargo la sinagoga de la Oranienburger Straße debió despedir a Elías Wiederman, puesto que no podía pagar por su trabajo. Por la tarde, Hannah buscó y consiguió una plaza de niñera en una escuela para hijos de diplomáticos extranjeros instalada suntuosamente en el Schloß Charlottenburg. Una madura mujer, aquejada por una algo precaria salud, le cedió su puesto. Las rigurosas reglamentaciones de la escuela exigían que Hannah proveyera una fotografía de su rostro y un certificado de buena conducta proporcionado por la policía de Berlín, además de demandar que Hannah no se hubiese visto jamás involucrada en la violenta locura del anarquismo, las huelgas, el Partido Socialista o la prostitución. El pasado de Hannah era coherentemente tedioso; nada debía temer en lo que tocaba a su reputación, mas le era imposible pagar los servicios de un fotógrafo. La madura nana le explicó que había hecho de su otrora enorme casa una pensión, que ella habitaba en la planta baja, y que en los altos vivía y trabajaba un fotógrafo, y que ella descontaría el precio de la fotografía del pago del alquiler. Como todos los demás cuartos estaban ocupados, lamentaba no poder ofrecer a Hannah más que ese favor. Para la extenuada madre judía, bastó.”

Hadrian Bagration: Los símbolos secretos. Ediciones de  la Universidad Nacional del Sur (EdiUNS). Buenos Aires, 2011. 230 páginas.

El libro de las minucias

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito.

Borges: El libro de arena

El_libro_de_las_minu_Cover_for_Kindle“A comienzos del otoño de 1680, en Roma, se postra en presencia del jesuita Athanasius Kircher un hombre que asevera haber sido discípulo del grande Olaus Wormius; afirma haber compuesto el catálogo del Museum Wormianum y guardado celosamente los pocos tesoros que el saqueo al que fuera sometido luego de la muerte de su maestro dejara. Como prueba, muestra una carta que lleva la rúbrica de Thomas Fincke, amigo y suegro de Wormius, en la que se proclama al hombre un buen y honesto servidor y se asegura que los artículos que ofrece son auténticos y que no los ha robado. Kircher dice saber del trabajo de Wormius y desconfiar de él; pregunta al hombre qué supuestas maravillas pretende ofrecer. Sólo dos: flores del jardín de las Hespérides, que borran el castigo a la blasfemia de Babel y permiten que un hombre domine todas las lenguas con tan sólo devorarlas, y el Liber de literatura antiquissima et minutiae universalis. Kircher pide verlos de cerca: las flores se le antojan vulgares y el libro es una colección de anotaciones hechas por cualquier amanuense. Incrédulo, Kircher pregunta dónde está el prodigio.”

Las flores harán aún más asombroso tu dominio de las lenguas, señor. El libro no contiene ningún libro; el libro contiene todo lo que no ha llegado a ser un libro.”

Hadrian Bagration: El libro de las minucias.  CSpace, Scotts Valley, California. 85 páginas.

Edición electrónica: El libro de las minucias. ADS, Seattle, 2014.

La dama del armiño

THUMBNAIL_IMAGE“Eran años barrocos. De entre los cuarenta millones de volúmenes que cobija la Bibliothèque Nationale de France se me había negado el acceso a la correspondencia entre Avidio Casio, Galeria Faustina y Herodes Ático; insistí y se me proveyó de un facsímil. En Avidio se adivinaba, mayor al deseo de poder, la urgencia en complacer a Faustina; en Ático, más que la lealtad al emperador (el trono amenazado era el de Marco Aurelio, contra el que Faustina, su esposa, conspiró, y el César fingió no estar al tanto), trasuntaba la fidelidad al amigo. Herodes Ático era parco en sus párrafos, pero a modo de advertencia contra el usurpador, relata la historia de una mujer que practica con las imágenes las artes de la magia. No es imposible que esa anécdota, una vez ejecutado Avidio, silenciosa Faustina, meditabundo Herodes y doliente Marco, haya sido olvidada. Los agrios destinos intuyen que equivalen a argumentos flacos para el paciente revisor de manuscritos.”

“París, escribió Hemingway, era una fiesta que nos sigue, y a la que, a excepción de algún que otro grande del mundo y de Francia, al igual que cuando ejercemos la escritura, decepcionamos.”

Hadrian Bagration: La dama del armiño. CSpace, Scotts Valley, California, 2014. 24 páginas.

Edición electrónica: La dama del armiño. ADS, Seattle.

 

Navidad

4110vIzS8tL“Hallado en el vacío cuarto que Hiram Prado legó para extraños luego de su muerte, el manuscrito, leído hoy, resulta profético. No hay consenso sobre su autor: hay quienes sindican a Prado como aquél que compuso las dolorosas líneas; otros afirman que las dictó; no faltan quienes aseveran que se trató de un plagio o de un robo. Prado, nos recuerdan sus detractores, había ejercido un oficio despreciable pero cercano a la literatura: esa sombría familiaridad le habría enseñado, aun involuntariamente, ciertas astucias. La fecha (la que corresponde a la redacción), si bien se supone reciente, es incierta. Quizás le llevara una noche, la anterior; quizás fuera una labor paciente y secreta.”

“Hiram Prado menciona escasos datos firmes: unas cuantas dataciones, una ciudad, nombres sin demasiada precisión. El hábito del secreto y el hábito del disimulo lo habitaron hasta el final. Es posible que creyera que ciertas revelaciones incómodas pudieran perjudicar a los nombrados, pero quiere la coincidencia que ninguno de ellos, al menos según el relato de Prado, more ya entre los vivos. Los párrafos de Prado son un diálogo de muertos, un coloquio detallado y hasta cruel con quienes lo esperan (la sentencia es de Borges) del otro lado del mármol. La metáfora sonará risible a oídos de quienes conozcan vida, muerte y destino de Hiram Prado: no acabó, ni en memoria ni en cuerpo, en tumba digna.”

“Hiram Prado, hacia el fin de sus horas, padeció una insana pasión por la confección de desordenadas listas de libros. Los títulos figuran, no así los autores, que probablemente Prado ignoraba o aun quería ocultar; hemos resaltado su propensión a la sombra. Por accidente o designio del destino, esas listas ya no existen: un descuido de investigadores o forenses, o quizás la inclemencia del azar, ha borrado su acalorado trabajo. El lector curioso hallará satisfacción: en varios párrafos Prado confiesa, aun acudiendo al arte de la máscara y al de la justificación, el origen de la locura. No dejó de advertirlo un comentador: pesaba en la conciencia de Prado la irreparable ofensa a esos volúmenes; a excepción de una o dos víctimas (su padre no es una de ellas), su remordimiento por el sino de las gentes es tan frío como en lo que respecta a su propia suerte. Tienen razón quienes afirman que a la hora de escribir su testamento (según la grata expresión de García Jurado) Hiram Prado ya no creía pertenecer a este mundo.”

“La versión presentada aquí no contiene omisiones; nada hay ya entre las líneas de Hiram Prado que solicite discreción. Hemos preferido omitir las notas al pie de las ediciones anteriores, ya que las conjeturas sobre nombres y personalidades se han mostrado contradictorias y aun falaces (los razonamientos etimológicos han sido particularmente baladís). Como posfacio (bella palabra que la Academia se rehúsa, quizás fundamentadamente, a habilitar) se incluye una brevísima relación del texto que indujera a Hiram Prado a decretar tantas caídas en desgracia, aun la suya propia.”

Hadrian Bagration: Navidad. CSpace Editions, Scotts Valley, California. 42 páginas.

Edición electrónica: Navidad. ADS, Seattle.

 

L’Heure Bleue

81S6Qkxg93L._SL1500_“Los viejos textos que ha olvidado el escritor son fuente, las más de las veces, de solitario arrepentimiento. El origen de esta nouvelle (ese género tan gratamente circunspecto en lo que toca a la extensión) es antiguo y ya confuso: una serie de lecturas de Thomas Mann y Winfried Sebald me había empujado a la torpísima emulación y a la innecesaria prisa.L’heure bleue fue escrita, sus vaivenes retóricos lo confiesan, en algo más de una semana, en un verano bajo un sol que no era el de York, en el año 2007. La redacción, que no es dichosa, se presentó accesible; el más grávido de mis errores fue ensayar un final que revelara un asombro. Fracasé. Parcialmente debo a esa derrota previsible esta versión, de renovada impotencia estética pero menor ambición narrativa. Prodigué indiferencia a ese primer intento hasta la mitad de 2011; fue entonces que cedí a la tentación de publicar. El carácter inofensivo de esa mínima vanidad me absuelve de justificar, en las páginas que siguen, las correcciones y omisiones, las interpolaciones y modificaciones que opté por operar. La literatura es una forma pública de intimidad: carente de propósito valedero, el escritor se empeña en mejorar una creación que será siempre pródiga en imperfecciones. De haber sido el universo obra de una inteligencia inmóvil (no lo es), quizás el oficio de escribir fuese secreta imitación de esa larga, divina contrición.”

“No hay, la comprobación es evidente, paraísos que nos sean fieles, pero contamos con la colaboración de obcecados infiernos. Puede la vida de un hombre ignorar por completo aquello que lo hará feliz (un consuelo será, quizás, imaginarlo), pero el mundo es pletórico en desgracias, algunas de ellas excéntricas. He intentado prefigurar una realidad en la que la dicha poseyera creciente declinación y su antónimo, además de reiteración incremental, omnipresencia. He pensado en una hora hospitalaria pero vacía, la azul; la he poblado, aun sin destreza, de escenas incómodas y de inmensas soledades que se rehúyen. Finalmente, he deseado olvidarlo todo y renunciar para siempre a la redacción de esta obra, si es que esa palabra puede ser usada para estas páginas.”

“En nuestra casa múltiple y común, el pasado, mi hora, la que es más cara a ciertas borrosas nostalgias, es la mitad de la tarde, la quietud de la siesta adornada por la ensoñación, un acto lúbrico o la esperanza de una noche de modesta magnificencia. L’heure bleue pasó por mi vida, jornada tras jornada, casi sin huellas.”

H.B.

Hadrian Bagration: L’heure bleue. CSpace Editions, Scotts Valley, California, 2014. 56 páginas.

Edición electrónica: L’heure bleue. ADS, Seattle, 2014. 48 páginas.

 

Historias breves y violentas

Historias_breves_y_v_Cover_for_Kindle (1)No otra que la holgazanería o la comodidad es la razón de reunir en un solo volumen estas nouvelles. No reconozco ya placer o encanto en estas líneas: la anterior es una manera pudorosa de expresar que he renegado de esta forma de escritura. No, por cierto, de la grata extensión del relato que goza de su brevedad, sino de ese modo de observar el mundo que llamamos estilo y que en mi caso me ha llevado a cierto hartazgo barroco. De apurar una confesión, revelaré que el destino de estas páginas (además del olvido, del justo olvido) es la disgregación en argumentos más exactos, quizás algo mejor logrados, apenas hábiles, seguramente continuadores de la despiadada torpeza literaria en la que abundo.

Mi ignorancia reconoce dos guías en tanto deseable escasez en longitud y la meditada violencia en los relatos: El fin, de Borges (aquél de Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo…) y Patriotismo (de acuerdo a la minuciosa traducción de Geoffrey Sargent), en la que Mishima se deleita en la descripción de dos suicidios rituales (Was this seppuku?– en esa pregunta, realizada en medio de la lenta precisión de la herida, reside el estallido brutal de la conciencia de la propia muerte). No alcanzaré esas metas, no me lo he propuesto. Esperaré, como quien aguarda la vejez, la resignada y serena imitación.

Hadrian Bagration: Historias breves y violentas. CSpace, Octubre, 2014. 128 páginas.

Edición electrónica: Historias breves y violentas. ADS, 99 páginas.

H.B.

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